Una simple consulta a Google Maps permite encontrar el cruce de calles Miguel Ángel Osorio Chong con Jesús Murillo Karam, en una localidad del estado de Hidalgo, entidad de la que ambos políticos, miembros del gabinete de Enrique Peña Nieto, fueron gobernadores y son originarios.

Calles que llevan por nombre Rosario Robles Berlanga, un bulevar José Narro Robles, colonias y vialidades Enrique Martínez y Martínez, lo mismo pero además escuelas que se llaman Emilio Chuayffet…

¿Quién imaginaría –salvo para un cuento surrealista– que en un lugar llamado Puente de los Aguacates hay un salón “Javier Duarte de Ochoa”?

Pues sí, lo hay como también existe un bulevar Guillermo Padrés, en Sonora, y numerosas calles Tomás Yarrington, en Tamaulipas. Tres presos, acusados de delincuencia organizada, lavado de dinero y recursos de procedencia ilícita, que gozan de espacios públicos con sus nombres.

Quizás el asunto no sea nuevo, o para mejor decir, es tan viejo como los héroes y los villanos, y tan sentido que ya León Felipe lo expresaba en aquel memorable poema Qué lástima! en el que “lamentaba” –implícita la crítica—no poder cantar lo que otros poetas cantan a las glorias de la patria:

¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra en el puño de la espada!

Lo que puedo cantar, a diferencia del poeta, es un recuerdo. Cuando era niño, en Saltillo Coahuila, viví en la calle Santiago Rodríguez. Nadie me supo decir con certeza que había hecho ese señor para que una calle llevara su nombre. Se ubicaba entre las calles Mariano Abasolo, Francisco Zarco, Ignacio de la Llave y Jesús Nuncio. Bien, Abasolo, un héroe de la Independencia; Francisco Zarco, un aguerrido liberal decimonónico e importante referente en la historia del periodismo mexicano (bueno, eso lo supe después porque los profesores me habrán dicho que era un señor que anduvo con Juárez, o algo así); de Ignacio de la Llave (¡ah un guerrero! Participó en la guerra México-Estados Unidos, en la Revolución de Ayutla, en la Guerra de Reforma y en la Segunda Intervención Francesa). La misma situación que con Santiago Rodríguez se planteaba con Jesús Nuncio ¿quiénes eran?

Con el paso de los años y las obras del maestro Arturo Berrueto, supe que ambos eran héroes del liberalismo local que habían elegido el bando juarista en 1864, cuando la República itinerante se enfrentó a Santiago Vidaurri, el caudillo caciquil separatista que anexó Coahuila a Nuevo León, se alió a Maximiliano y fue genearca de una oligarquía que hasta hoy manda en el país. Santiago Rodríguez, fue el gobernador de Coahuila que alojó a Juárez en la épica campaña en la que, entre otros episodios relevantes podemos ubicar la salvaguarda del “tesoro”, valioso lote que a diferencia de lo que los contemporáneos anhelaban en oro, se trataba del Archivo General de la Nación oculto en la Cueva del Tabaco. Nuncio, por su parte, era militar y en esa época también se mantuvo leal al juarismo y participó en otras campañas bélicas de aquellos años convulsos.

Así que había una explicación para mantener la memoria de esos hombres que, aun ausentes o apenas mencionados en los libros escolares de historia, se mantenían vivos en la nomenclatura un siglo después de morir, como seguro ocurre en muchos lugares del país con sus respectivos héroes locales. Reconocimiento a la gallardía, a la decisión en un momento que pasa a la historia… al menos, el grado de implicación que esos dos señores pudieran tener en la custodia del archivo y las peripecias de campesinos anónimos por conservarlo, podemos coincidir, es epopeya, inspiración para otras generaciones.

¿Qué encontraría un niño o joven mexicano que dentro de 150 años trate de saber por qué su calle se llama Javier Duarte, Tomás Yarrington o Guillermo Padrés? Sentirá acaso la repulsa que muchos podemos sentir cuando nos topamos con una calle que se llama Gustavo Díaz Ordaz? La desazón de transitar por el bulevar Carlos Salinas de Gortari? O será peor? O acaso, todo sea una tontería y simplemente la mayoría de gente pase por ahí sin reparar en nada más que una dirección, un lugar, desprovistos de significantes?

En los años noventa solía aludirse a la clase política priísta como “la nomenklatura”, una expresión importada de la Unión Soviética que designaba a los políticos que permanecían en la concentración del poder. Nada más adecuado para el caso de México. La curiosidad está en la coincidencia. La nomenclatura de las ciudades mexicanas, es abundante en espacios para la nomenklatura mexicana. Naturalmente, con tantos años en el poder, son más los priístas con nombre de calle (o colonia, escuela, parque, mercado, hospital), pero la proclividad a esa práctica es en todos los partidos: como ejemplo, está el caso ya citado de Guillermo Padrés, o bien, los espacios destinados en la Ciudad de México, a Andrés Manuel López Obrador.

En Proceso nos dimos a la tarea de ubicar en Google Maps, los nombres de algunos políticos activos, exdirigentes nacionales de los tres partidos con mayor presencia electoral y la elite priísta mexiquense. Un aspecto relevante fue encontrar que, en el Estado de México, hay 93 espacios públicos –es decir, calles, avenidas, colonias, clínicas, parques, mercados y escuelas–, que llevan por nombre Alfredo del Mazo.

Naturalmente, puede referirse a tres Del Mazo homónimos: el bisabuelo que fue alcalde de Acambay, el abuelo y el padre que fueron gobernadores. De ganar la elección, es previsible que ampliarán su presencia en la nomenclatura de esa entidad y tal vez en un futuro no muy lejano lleguen a superar la cantidad de espacios llamados Carlos Hank.

Las dinastías son así. Por todas partes, en todo el país, los clanes del poder se mantienen por varias generaciones y su homonimia llega a traspasar los siglos. Hay casos muy conocidos, José López Portillo; Evaristo, Francisco o Gustavo de apellido Madero, son nombres que se repiten en incesantes generaciones de poderosos desde hace 250 años.

En muchos de esos casos, las villanías quedan en el olvido y sólo permanece la nomenclatura que termina perdonando y volviendo a encumbrar los clanes que al estilo feudal bajo mascarada democrática mantiene poder, riqueza y privilegio. Para ellos no existe el tan invocado “ni perdón ni olvido”.

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