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A Enrique Peña Nieto se le atribuye ser ignorante. El episodio de la Feria Internacional de Libro de Guadalajara, en 2011, jamás pudo revertirse y tampoco es que sus estrategas le ayudaran mucho, por más citas que le embarran y maltratan en los discursos.

Hoy se conmemoran 59 años de la muerte de José Pablo Moncayo, autor de la obra de mayor exaltación de mexicanidad, como lo es el célebre Huapango al que generalmente le añadimos su apellido. Naturalmente, no hubo comentario de Peña Nieto al respecto y, muy a pesar de ser una tendencia en redes sociales, sólo María Cristina García Cepeda, ya pasado el mediodía, recordó la efeméride en Twitter a propósito de un programa que transmitirá Canal 22.

Los dos párrafos anteriores, sin relación aparente, me hicieron recordar algo. Alguna vez, en un diplomado de política simbólica, uno de los expositores puso como ejemplo el uso de la música en las políticas nacionalistas, en particular, cómo los nazis hicieron con la obra de Wagner.  El maestro, presentó un fragmento de propaganda que se proyectaba en las salas de cine alemanas antes de la II Guerra Mundial. Mientras la Walkürenritt, es decir, la apertura del tercer acto de la ópera Die Walküre (castellanizada como La Cabalgata de las Valquirias y la ópera como La Valquiria), el clip propagandístico reproducía los milagros económicos y militares de los nazis, con lo que se explicaba en parte el efecto sobre la población alemana conseguido por Goebbels.

El maestro preguntó cuál obra mexicana podía tener ese uso y, sin duda, yo pensé en el Huapango, de José Pablo Moncayo (hoy sí tengo duda, pues creo que su influencia puede disputarse por el Danzón no. 2, del maestro Arturo Márquez). Me dio la razón.

Por fortuna, Peña Nieto no tiene un Goebbels, así que su autoritarismo y excesos lo han vuelto impopular.

Vuelvo a la música. Como reportero hay detalles que me llaman la atención en algunos escenarios. Uno de ellos, es el panorama sonoro que no siempre es incluido en las crónicas, en este caso, de la fuente presidencial.

Cuando Felipe Calderón era presidente, el maestro de ceremonias anunciaba en cada evento, su entrada al recinto. La música instrumental de fondo era una elección peculiar que, al principio creí coincidencia y luego supe que, por alguna razón quizás secretamente socarrona del encargado del sonido, era la pista de entrada presidencial: la Vikina. Y ahí salía Calderón bamboleándose con su humanidad –tan retratada por los amigos moneros—al ritmo de la Vikina, mientras uno armonizaba mentalmente la letra, solitaria camina, la gente se pone a murmurar, lleva pena y dolor, no conoce el amor, etc.

Me convencí de que el encargado del sonido era un bromista en forma el día de la toma de posesión de Peña Nieto, pues en el acto en Palacio Nacional –luego del discurso triunfal y la ovación de los políticos y empresarios más poderosos de México–, en los altavoces sonó una versión instrumental de la canción pop, “Devórame otra vez”.

El 1 de mayo de 2013, primer Día del Trabajo con ceremonia encabezada por Peña Nieto, el añejo corporativismo sindical se dio cita en Los Pinos. Ahí estaba Gamboa Pascoe y Víctor Flores, entre otros muchos, a los que por diferentes episodios relacionamos con la desmesura y el vicio. Al concluir el acto, pleno de proclamas de apoyo al mandatario y de éste a los sindicatos, reunidos los llamados “factores de la producción”, empezó a sonar Sleepy Shores un jazz ligero para piano empleado durante muchos años en México para musicalizar la publicidad de Alcohólicos Anónimos. Reí mucho, mientras la melodía transcurría y Víctor Flores se retrataba con sus cercanos y algunas mujeres –evitemos lo peyorativo—voluptuosas, entaconadas y de prendas diminutas que siempre lo acompañan.

Busqué encontrar al sonidero bromista, imposible creer en su inocencia con ese tino. No lo logré.

Tiempo después, la música fue sólo una producción new age, que con una prolongación de sílabas en glissandos (paso por distintas notas) decía algo así como México, tierra de luz y libertad, una pieza modesta, en realidad mediocre, un pésimo intento de tocar fibras sensibles con tonalidades y manejo de in crescendos. Hice una solicitud de información pues me habían cancelado mi divertimento en esos tediosos actos. Resultó que contrataron a un productor de Toluca para hacer la pieza y le pagaron 100 mil pesos. Al día siguiente de realizar la solicitud, dejaron de transmitirla en los altavoces y la dejaron sólo en el conmutador de la Presidencia.

La música que marcó el primer trienio de Peña Nieto era reflejo del gobierno: efectismo sin contenido, espectacularidad sin emoción, todo fatuo.

Afortunadamente, estos presidentes han dejado en paz el Huapango de Moncayo para que sin mácula política lo podamos disfrutar.

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