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Foto: Twitter

NOTA: La tarde de este lunes 26, las cuentas de redes sociales de la marca cervecera Victoria, aclararon que el video viralizado como #LadyPrieta forma parte de una campaña de concienciación sobre el racismo. Que bien que sea así y que más empresas –y actrices, como las protagonistas de esto– se involucren en visibilizar el racismo. Decidí dejar esta opinión sobre el asunto, en la que concluyo que se debe ir más allá del hashtag, si bien no se mantienen los señalamiento a Karla Frías, que actuó espléndidamente. Respecto a la estrategia, aunque a muchos no les ha gustado, me parece que, como dicen los deportistas, estuvo bien jugado.

Para Karla Frías, una “prieta” es inadmisible a cuadro. Esa, la de una “prieta”, no puede ser la imagen que proyecte México al mundo. Luce verdaderamente indignada, en realidad fuera de sí, protagonizando un monólogo que ningún ámbito profesional toleraría.

Al fondo, hay una joven de cabello oscuro que es objeto de la humillación. Se mueve apenada. Y, sin embargo, parece tener la piel blanca aunque, por lo visto, no lo suficiente para Frías, quien termina su berrinche con una expresión para acentuar su náusea:

“Pinches negros, Guiu”.

No tengo idea de quién sea Karla Frías y quizás los millones de usuarios de redes sociales que le han concedido una triste y quizás irrevocable mala fama, tampoco. La cuestión es que su exabrupto tiene una naturalidad racista representativa de un sector enorme de la sociedad mexicana que discrimina el color de piel oscura aun teniéndolo.

El año pasado, el antropólogo Federico Navarrete, publicó su libro “México racista. Una denuncia”, de ágil lectura, muestra cómo el país, de mayoría morena, asume los criterios racistas como parte de un proceso histórico discriminatorio. El libro abre contundente y muy oportuno para lo dicho por la modelo conocida ahora como #LadyPrieta:Unknown-1

“México es un país racista. Los mexicanos practicamos esta forma de discriminación contra nuestros compatriotas que tienen un color de piel más oscuro, contra los indígenas y los afromexicanos, contra los inmigrantes, contra los extranjeros y contra todos aquellos que nos parecen diferentes e inferiores”.

Ese, el primer párrafo de la Introducción, se va sustentando a través de las páginas del libro, con registros históricos, episodios públicos, estadísticas y reflexiones del autor que, inclusive, recoge expresiones de la cotidianidad para mostrar cómo es que se ha configurado el talante racista en México. Quizás esto último, es lo que permite comprender, con el trabajo de Navarrete, la enorme discriminación en lo privado y en lo público.

“Hay que mejorar la raza”, dícese en una relación con una persona de piel blanca. “Ni modo, me salió prietita”, se consuela un padre o madre de familia. O sea, una generalización de que la piel morena es menos bonita que la blanca.

Esa generalización, construida en parte por los grandes medios, es también fundamento de la mercadotecnia. Cita Navarrete, en su capítulo 3: “Los morenos no son aspiracionales”, retomando las expresiones de un publicista y la forma en que la publicidad, así como los programas de televisión y cine, muestran a diario a personas blancas como si eso fuera atributo de belleza y éxito. Ejemplo: Dove, marca que tiene principalmente clientes de piel oscura, sólo usa modelos de piel blanca; comerciales racistas para público popular como los de Rexona, o bien, protagonistas de casi cualquier telenovela, etcétera.

Hace unos años, un colega europeo, blanco, rubio y de ojos claros, asistió a su primer acto en la Presidencia de la República. Al salir, iba serio, pensativo. Le pregunté si pasaba algo y su respuesta, era en realidad una sorpresa: “me impresiona la blanquitud”. No concebía que el poder en México se concentrara en personas de piel blanca, advertía el racismo que muchas veces los mexicanos no advertimos.

Episodios racistas de la vida pública abundan: el caso de Lorenzo Córdova, presidente del INE al burlarse a un abuelo chichimeco jonaz por su forma de hablar; el de un panista michoacano de desarrollo social que sobre un acto escribió: “evento con mujeres indígenas. Shulo que huele”. Entre otros muchos. (ahora me pregunto si al referirse a la “imagen que se quiere proyectar de México al mundo”, Karla Frías no estaría haciendo un spot gubernamental)

Si algo preocupa es que no podamos superar la barrera racista, porque en México aunque la piel y otras diversidades nos excluyen y las padecemos (aspecto, condición económica, forma de hablar, sexualidad y género, estatura, y así añada la que usted piense) no las vemos. Por eso el episodio de frivolidad de Karla Frías, es más grave que un hashtag anecdótico y ya está medido.

En días pasados, el INEGI presentó un estudio, en el que demuestra que el nivel educativo y las oportunidades laborales tienen una relación simétrica con el color de piel. A piel más oscura, menos educación y puestos laborales bajos, conforme se aclara, mayor grado de escolaridad y mejores puestos de trabajo.

Lo ocurrido entonces con #LadyPrieta es más que el exabrupto racista individual de una frívola con ínfulas de superestrella. Es algo que resulta urgente visibilizar y cambiar.

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