Arturo Rodríguez García

En el antiguo estilo priísta, había mensajes, acciones y omisiones cargadas de simbolismo cuyos destinatarios, los hombres del sistema, sabían entender, destacadamente, cuando se trataba de la voluntad presidencial.

A veces eran tan elementales como que el presidente se dejara ver con alguien que se suponía próximo a la desgracia, para que la suerte volviera a sonreírle; otras veces, eran expresiones retóricas complejas, o bien, actos en los que el simbolismo tenían un valor superior al contenido del acto concreto. Se trataba de “saber leer entre líneas”

Entre priístas –señaladamente mexiquenses e hidalguenses como los que hoy gobiernan—el simbolismo subsiste, forma parte de una cultura política fundada en la opacidad, expresa la voluntad de los mandos políticos y, si bien es cierto que el pragmatismo ha derivado en formas que por explícitas son más burdas (como el “no te preocupes Rosario”), hay momentos en los que lo directo y lo indirecto, juntos, adquieren un valor trascendental.

La crisis más reciente del peñanietismo, detonó con la revelación de las “propinas” por 10 millones de dólares que directivos de la trasnacional brasileña Odebrecht, declararon entregar a Emilio Lozoya Austin, uno de los más importantes actores del entorno presidencial. Dicha revelación –por más que la mezquindad habitual de la mayoría de los medios omita decir que fue publicada en Proceso por Ignacio Rodríguez Reyna y Alejandra Xanic, de Quinto Elemento Lab—se abordó en dos vías:

Primero, con la comunicación oficial de la Procuraduría General de la República (PGR), emitida el domingo 13 de agosto, que como concesión graciosa o promesa extraordinaria, anunció que “llegará hasta las últimas consecuencias”, lo que se concretó en una comparecencia intrascendente de Emilio Lozoya el jueves 16.

La otra ocurrió en un acto presidencial del miércoles 15, fecha en la que el presidente Enrique Peña Nieto viajó a Sonora, no para inaugurar, sólo para el inicio de pruebas de una central eléctrica, Empalme I, que fue construida por la constructora española OHL, en asociación con Senermex, que se alimentará de un gasoducto construido por IEnova, empresa esta última a la que Peña Nieto felicitó por participar en los negocios derivados de la Reforma Energética. Ver reportaje aquí

IEnova es la trasnacional que, presidida por Carlos Ruiz Sacristán –director de Pemex y titular de Comunicaciones y Transportes en los años noventa–, se asoció a mitades con el Pemex de Lozoya Austin, para crear Tag Pipelines, que adjudicó a Odebrecht, un contrato en torno a mil millones de dólares en 2014, es decir, el más jugoso del período Lozoya para la brasileña. Como se sabe, Ruiz y Lozoya, coincidieron en el consejo de administración de OHL.

OHL y Odebrecht, investigadas por corrupción, la primera en España y la segunda en Brasil, colocaron a Lozoya en el centro del escándalo, respecto al cual, Peña Nieto decidió poner sus obras como ejemplos de logro de gobierno, asegurar en el discurso que quien se beneficia es la sociedad mexicana, luego de expresar “y vamos por más”.

Hay un mensaje para OHL, Odebrecht, Lozoya, y otras empresas nacionales y trasnacionales, cuyas obras fueron ahí mencionadas también como ejemplares. Los interesados son los hermanos Gerard Rivero, cuñados de Carlos Salinas de Gortari y un mexiquense afortunado, el magnate Carlos Hank Rhon. Leamos pues entrelíneas.

 

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