Arturo Rodríguez García

A estas alturas del desastre ¿quién sabe qué es lo políticamente correcto? Sé que las historias en el fondo son las mismas aunque en su desarrollo haya variantes y que los desastres naturales suelen mostrar los espacios más sucios de nuestras sociedades.

Y el espacio más sucio de la sociedad mexicana es el político y gubernamental. Alguien dirá que no es el momento, que es políticamente incorrecto cuestionar a un gobierno que por el desastre pide unidad nacional, solidaridad y apoyo, tan necesario para afrontar la desgracia que aun hoy no logramos dimensionar en toda su magnitud.

Sin embargo, la unidad, solidaridad y apoyo existió desde los primeros instantes sin gobierno, sin clase política. En los desastres también salen los espacios de pureza, el amor a la humanidad.

Estuvo ahí, en el abrazo fraternal de hombres y mujeres que en los angustiantes momentos de sacudida permitían evitar el colapso interior, aunque nuestro entorno estuviera colapsando, en la mano solidaria de quien se tragó el miedo para ocuparse de ancianos y niños primero.

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Lo vi en la determinación de quienes se lanzaron en éxodo espontáneo a buscar a los suyos, por el colapso del transporte y las vialidades y que, sin distingo socioeconómico abandonaron su marcha como diciendo: aquí sirvo. Y sirvieron, porque no había agentes de tránsito ni policía, no hubo por horas de angustia en esta ciudad gigantesca donde el franelero, la ejecutiva entaconada y el anciano de paso lento se hicieron cargo de hacer fluir el tsunami de automóviles y el torrente humano.

Anoche, el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, dijo que la participación ciudadana sirvió mucho al señalar los lugares dañados y eso contribuyó a una mejor respuesta de las autoridades. Quizás sea por el abismo de distancia que existe entre su entorno y la realidad, lo que le impidiera saber que durante horas, fueron los brazos de mujeres y hombres, alineados y organizados como la mejor brigada, quienes removieron los primeros escombros.

Porque en cada uno de los edificios colapsados, no había pasado ni media hora cuando de todas partes y enterados sin telecomunicaciones, llegaron con picos y palas, con agua y alimentos, con pliegos y rotafolios para integrar las listas de desaparecidos, con cubre bocas y guantes de uso rudo.

 

Estaban los médicos y enfermeras sin adscripción en la salud pública que, armados con su instrumental de casa, salieron a dar asistencia, lo mismo que las cuadrillas de rescatistas voluntarios tan desdeñados generalmente por las instancias gubernamentales que organizaron con sus saberes la remoción de escombros.

Gente que pensaba en todo, gratuidad de los insumos necesarios en los detalles más insospechados: una familia con garrafones de agua endulzada; panaderos con cajas repartiéndole a todos; carretilla de hielo para mantener la insulina; extensiones conductoras de electricidad para conectar a la generadoras caseras que alguien trajo; linternas y baterías para alimentarlas; y el hombre que llegó con polines cuando más hacían falta; trascabos y grúas; fondas y cafetines que se convirtieron en comedores comunitarios.

La determinación colectiva fue como siempre más fuerte que la del gobierno, peleando siempre la supremacía de competencias, tan necesitados de salir a los medios para el mensaje motivacional y el regodeo en la tragedia que se vale de todo en tiempos de sucesión presidencial.:.

Un comentario sobre “Del sismo, la política sucia y la fe en la humanidad

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