Por: Arturo Rodríguez García / Imágenes: Proceso Foto / Octavio Gómez

Hace 6 años, en octubre de 2011, una plenaria de gobernadores en la sede nacional del PRI, definía el futuro en el método de selección de candidato presidencial. Estaban presentes los dos aspirantes a la candidatura: el para entonces exgobernador mexiquense Enrique Peña Nieto y el líder del Senado, Manlio Fabio Beltrones.

Peña Nieto gozaba de popularidad y Beltrones contaba con estructura. Un método abierto favorecía al mexiquense y una convención al sonorense. En medio de ambos, el dirigente nacional, Humberto Moreira, maniobraba para evitar la división empero, favoreciendo al mexiquense, consumando a la postre una convocatoria a modo que violentó el acuerdo del encuentro.

En aquella plenaria de gobernadores y dirigentes sectoriales, el cetemista Joaquín Gamboa Pascoe, pidió la palabra, justo después de que se discutiera la prohibición de cargadas y pronunciamientos a favor de los aspirantes ahí presentes:

“Dejémonos de mamadas. Yo lo único que quiero que me digan es cuando puedo hacer el destape de nuestro candidato Enrique Peña Nieto”, exclamó Gamboa, urgiendo a renovar el viejo ritual que, por usos y costumbres, tocó hacer en numerosas sucesiones a Fidel Velázquez.

Ese encuentro y la emisión de la convocatoria terminarían inaugurando una regresión o reedición de rituales y maneras que se creían superadas en un priísmo que se presumía renovado y que, sin embargo, en los hechos y por los personajes, significó retomar las peores prácticas de la política mexicana, aquello que la llamada “transición democrática” no quiso desterrar: corrupción, impunidad, autoritarismo, represión.

Lo que lleva de presidente Peña Nieto es revivir el pasado: unanimidad en el Pacto por México que imponía la voluntad presidencial, como una nueva hegemonía con diversidad de siglas; toma de control del PRI y los nombres del viejo Grupo Atlacomulco y sus asociados de Hidalgo, entre otros grupos locales con sus relevos generacionales.

El traje de modernidad pronto se manchó y, no obstante, todo lo ocurrido en estos cinco años, ahora se desempolva con la postulación inminente de José Antonio Meade Kuribreña, cuya estrella política brilla en una cargada que se patenta desde la última asamblea priísta, donde la voluntad presidencial, que no existía en 2011, anticipó la unción. Pero ya no basta el “dedazo”.

unnamedHoy, el “delfín” recibe el “besamanos”, como en la reciente comparecencia en la Cámara, descrita en el portal noticioso de Proceso por el reportero Carlos Acosta Córdova: un recibimiento terso y respetuoso; una despedida apoteósica, como si ya fuera “el ungido”.

Para ello, ha sido clave la operación política en el PRI, de un echeverrista: Augusto Gómez Villanueva, personalidad que empezó a destacar cuando, diputado federal, respondió el primer informe de Gustavo Díaz Ordaz; que fue líder de la CNC y primer secretario de la Reforma Agraria; que presidió la Cámara baja –el finado Gamboa Pascoe presidía el Senado—caro al que renunció hace 40 años, en medio de un escándalo de corrupción por, entre otros señalamientos, un presunto fraude millonario en el desarrollo de Bahía de Banderas, con el castigo que el régimen imponía a: su incorporación al cuerpo diplomático. El otro operador es José Ramón Martel, líder juvenil del PRI echeverrista, de larga trayectoria en “el sistema”.

Ambos llevan meses recorriendo los estados y renovando su presencia en sectores y organizaciones, presidiendo encuentros con priístas y notables para Meade, quien a su vez realiza giras que aunque silenciosas no son novedad, pues iniciaron durante su paso por la Sedesol, resultando en una presencia territorial más allá de lo que se supone.

Ni tan nuevo el candidato, ni tan moderna la apuesta: del echeverrismo al peñismo –con Fox y Calderón incluidos–, la candidatura de Meade se ventila con aires viejos.

 

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