Arturo Rodríguez García

Un líder sindical del añejo corporativismo priísta, salamero y acomodaticio con el gobernante en turno; hombres del sistema que desde el sector privado han amasado ingentes fortunas al amparo del poder político, ese pletórico escenario de favores recíprocos; esfera de quienes con la acumulación privada de dinero público garantizan la riqueza de generaciones… frente a un pueblo miserable de todos los tiempos.

¿Qué son los ciudadanos promedio? Contadores de restos después de impuestos; seres de famélicas nóminas; mujeres y hombres que con trabajo diario subsisten ante las campañas gubernamentales y los linchamientos mediáticos empresariales que les reclaman y anulan sus derechos sociales, aniquilan pensiones, guerrean con su “informalidad”.

La aparición del nuevo listado de poderosos que mediante operaciones en paraísos fiscales blanquean dinero o evaden el pago de impuestos ha sacudido la vida pública de numerosos países, poniendo al descubierto la forma en que políticos, empresarios y grandes corporaciones ocultan inversiones, en diferentes casos, de procedencia dudosa.

El nombre de la investigación global no podía ser más preciso, Paradise Papers y, aparece a un año y medio de la sacudida provocada por un escándalo similar, los Panama Papers, por el que cayeron gobernantes y criminales de cuello blanco en el mundo, no así en México.

El domingo al mediodía, cuando el portal de Proceso –y 100 medios de comunicación en el mundo que, en el caso de México incluye a los emprendimientos periodísticos civiles, Quinto Elemento Lab y Mexicanos contra la Corrupción– colocó los primeros trabajos de Paradise Papers, resonaba en mi memoria la expresión justificatoria, artilugio discursivo para suavizar la inducción de impunidad, del presidente Enrique Peña Nieto: hay mal humor social.

Claro que lo hay y por supuesto que se agudiza. Pero no es por las redes sociales, como quiere hacer ver el mandatario, ni se trata de algo equiparable a un accidente automovilístico como él mismo frivolizó hace unas semanas. Se trata de la corrupción desbordada, que el periodismo revela, frente a unas autoridades negligentes, omisas y responsables de la selectiva impunidad.

Ahí están, evidenciadas, las riquezas cimentadas en la corrupción, el despojo, el latrocinio, la ostentación de bienes y –ahora lo vemos de nuevo— el ocultamiento de recursos que insultan la desgracia de las mayorías a las que se intenta adoctrinar con la “cultura de la legalidad” y el respeto al discursivamente tan llevado y traído estado de derecho.

En el dominio popular se sabe –porque se ve– de la riqueza pero pocas veces se logra saber el detalle del ocultamiento y la evasión fiscal: en Paradise Papers se descubre a los sindicalista herederos de Luis N. Morones, como Joaquín Gamboa Pascoe, el extinto cetemista adulador y desparpajado que desde los años setenta se dedicó a no ser un jodido como sus representados; de los políticos admiradores del alemanismo; y de los empresarios salinistas que engrosan las listas de millonarios del mundo por las mercedes estatales de todo sector concesionable, los contratos y favores… o sea, de las riquezas personales formadas con el dinero de todos: Slim, Bailleres, Salinas Pliego, Miguel Afif, Calderón Rojas, los mexicanos appelidos de la Lista de Forbes.

Paradise Papers cumple así con el propósito del periodismo, descubrir e informar lo que está oculto, para que la sociedad sepa. Una vez más, el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, irrumpe en la vida pública después de escudriñar las creativas formas de ricos y poderosos para ocultar sus inconmensurables peculios.

Lo que ha hecho el Consorcio con su periodismo colaborativo me lo explico robando y adaptando el axioma de los altermundistas: si la corrupción se globaliza la investigación periodística también. Y en esta novedosa e histórica forma de hacer periodismo hoy, al cumplirse 41 años desde su fundación, el semanario Proceso se muestra –contra lo que muchos quisieran— a la vanguardia del oficio de informar.:.

 

 

 

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