Arturo Rodríguez García

El regreso del PRI a la Presidencia de la República, trajo consigo la reedición de formas, vocablos que resurgieron, axiomas para normar conductas, concentraciones de notables o masivas y apoteósicas recepciones, a veces para levantar el ánimo y otras para enseñar el músculo. A los que no piensan igual, gases y toletes, que reinauguran las añejas fórmulas de ejercer el poder, o peor, la represión selectiva que encuentra la coartada perfecta en la heredada violencia delincuencial.

Durante 12 años, un partido distinto ocupó “la silla”, invocación monárquica. Por maneras propias, el panismo desterró los antiguos rituales –como los llamaría Enrique Peña Nieto— vigentes durante 70 años de configuración de la cultura política del país y que, replanteados en los últimos cinco años. Y en estos días se desempolva uno de los más relevantes: el destape.

“Tapadismo”, juego de fintas y repliegues. La virtud cardinal es la prudencia, como mandatan la doctrina: “el que se mueve no sale en la foto”, por ejemplo. La paciencia es hasta la “unción”, momento culminante de la designación del candidato que hará publica en tiempo y forma el presidente-sumo sacerdote, en funciones.

La política como dogma y no como ciencia, tiene su referente religioso en la “unción”. Peña Nieto lo ha explicado: es la “liturgia”, “los rituales del PRI”. Y él ha cumplido cada parte:

Procesión de entrada, conforme al ritual: toma de posesión, día de concentrar a lo más granado de la política y la economía, el gran poder y el gran dinero, en Palacio Nacional. Acto inaugural que advierte, con despliegue de militares y policías, la intolerancia a la protesta social –la oposición real que no está en partidos.

Saludo inicial, señal de la cruz. Al segundo día, reedición de besamanos para la gobernabilidad. PRI, PAN y PRD (así como los antiguamente llamados “partidos satélite”) son los nuevos sectores y organizaciones, la asamblea. Expresión de la uniformidad, acto de primera importancia para la hegemonía más perfecta: Pacto por México.

Tercer día, el besamanos femenino –que no feminista– del PRI en el que la magistrada electoral, María del Carmen Alanis, presidenta del tribunal electoral que legitimó la elección presidencial, le declara a Peña Nieto: “usted es un faro de esperanza”.

Gloria. Quinto día. Mensaje a medios en el que dicta la línea: está bien que publiquen problemas pero también las cosas buenas. ¡Oh, gloria! Vendrá más tarde, el castigo a blasfemos pecadores.

Acto penitencial. Sucede tras el manotazo autoritario, afirmación de fuerza y autoridad. Elba Esther –formada en el viejo sistema—no entiende y en febrero de 2013 es encarcelada. Como “El Negro” Durazo, como la Quina, como Raúl Salinas… así lo mandata el canon.

Colecta. El boato y el lujo: más viajes que ningún otro presidente; primera dama presta al jet set internacional; favores, obsequios y prebendas, amiguismo en el entorno de los contratos de obra y servicios.

Cada sexenio del antiguo régimen, quedó marcado por el reclamo presidencial de influencia, de la prerrogativa de exclusividad en la decisión sucesoria (que va del “no se hagan bolas” que dijo Salinas al “no se despisten” de días pasados). Oración, luego de recoger las intenciones de los fieles (el partido y el Presidente nos leemos la mente, dijo Peña Nieto) llega la hora de la bendición: José Antonio Meade deja la secretaría de Hacienda. Todo se habrá de formalizar el 3 de diciembre cuando el final sea inminente y empiecen los días del gran hasta pronunciar el consabido consummatum est.:.

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