Arturo Rodríguez García

En los años ochenta y noventa, cuando el viejo sistema se abrió, un proceso natural de realineación política permitió que antiguos priístas se enrolaran en el PRD. Distinto fue a partir del 2000, cuando por pragmatismo hubo exportación priísta al PAN y PRD. De las tres formaciones terminaría abrevando, desde su fundación en 2014, Morena.

Del perfil de los empoderados, a través de cualquiera de esos partidos, es destacable el dicho pragmatismo, destacadamente en su dimensión electoral, porque en eso se basará en buena medida el resultado del 1 de julio, dado que las elecciones en México se fundan en la operación clientelar de cacicazgos regionales.

Un precedente: en 2006, la operación de Elba Esther Gordillo con gobernadores –nos enteraríamos en el libro El Amasiato, de Álvaro Delgado, que también en el Estado de México— trasladó votos de la estructura priísta al abanderado del PAN, Felipe Calderón.

A 12 años de distancia, la promiscuidad política avanzó, hasta resultar en lo que entonces eran inimaginables configuraciones del escenario: José Antonio Meade, un secretario calderonista llegó al peñismo y se convirtió en candidato del PRI a la Presidencia; otro, Salomón Chertorivsky, transitó como secretario al gobierno capitalino al que ahora aspira por la alianza PAN-PRD.

Si en 2016 el PRI perdió siete gobernaturas frente a las alianzas PAN-PRD, cuatro de estas no fueron en los hechos derrotas: exfuncionario peñista, hermano del secretario de Energía, cacicazgo regional de clan, Carlos Joaquín, ganó en Quintana Roo; José Antonio Gali, en Puebla, militante priísta hasta la elección, incondicional del también expriísta, Rafael Moreno Valle; priísta duro, en Veracruz, Miguel Ángel Yúnes, consolida su cacicazgo sin reparo en la transmutación de democracia en derecho hereditario; José Rosas Aispuro, expriísta también y rodeado de priístas, domina Durango. Este año, ese mismo aliancismo favoreció en Nayarit el cacicazgo del clan Echeverría.

En el PRD, Arturo Núñez, el gobernador perredista de Tabasco, fue importado del antiguo régimen; Silvano Aureoles, activo colaborador del Pacto por México, gobierna Michoacán; y el debilitado Graco Ramírez, en Morelos, está urgido de garantizar, si no su continuidad, al menos su impunidad. Todos negociables más allá de siglas.

Morena, la plataforma de Andrés Manuel López Obrador, merece otro análisis –pues no tiene gobernaturas–, pero basta observar que está importando personalidades de los grupos políticos más escandalosos de estos años.

Las estructuras clientelares, jugarán un papel definitivo el 1 de julio de 2018. Y a eso contribuyen los candidatos independientes, al captar los votos de inconformidad con los partidos aunque sin posibilidades de triunfo: Jaime Rodríguez Calderón, expriísta reciente y gobernador de Nuevo León, así como la exprimera dama y expanista, Margarita Zavala.

Ineluctable, las mismas elites gobiernan este país y ninguna opción representa cambio. Nunca tan claro: la promiscuidad partidista no es casual ni signo de aspiración democrática de sus protagonistas y, en las elecciones de 2018, consolidarán la hegemonía de intereses que representan con diversidad de siglas.:.

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