Arturo Rodríguez García

Una vez más, como sucedió a través de todo el sexenio, el presidente Enrique Peña Nieto, irrumpe en el proceso electoral afirmando un asunto incontrovertible: no puede haber perdón ni olvido para los criminales. Nada más faltaba que sí.

Por el lugar en que lo hizo, el 79 Batallón de Infantería, en Jalisco, los destinatarios son los militares, cuyo papel en la “estrategia de seguridad” –aun pernicioso para el estado de los derechos humanos—implica derramamiento de sangre y sacrificios asumidos en la doctrina de su “necesaria” participación.

Por el momento en que lo dijo, se dirige también a un electorado que ha escuchado hasta el cansancio sobre “la amnistía”, un planteamiento que, a pregunta de reportero, asumió Andrés Manuel López Obrador en diciembre y que en las semanas siguientes mantuvo, aunque con matices, en sus ofertas de seguridad y justicia.

Cierto es que la propuesta del precandidato, aun siendo sólo discursiva, es inadmisible –pues no habla de concepciones como justicia restaurativa o prospectiva, sino de un confesional “perdón”– como otros planteamientos que enarbola, si hemos de atender su Proyecto 18, presentado el 20 de noviembre en el Auditorio Nacional.

Dicho proyecto tiene aspectos cuestionables, trastocamiento de la división de poderes y absurdos conceptuales, como se expone en la edición de Proceso 2150, que circula esta semana.

Sin embargo, el desaseo del Proyecto 18 o la floja propuesta de “la amnistía”, forman parte del debate electoral al que Peña Nieto debe mantenerse ajeno como él mismo ofreció –cual concesión graciosa y no obligación—en septiembre pasado, diciendo que no lo volvería a hacer y que sería respetuoso del proceso electoral.

Ya el 4 de septiembre, en este espacio, me referí a esa intromisión perniciosa para la elección, consistente en un discurso que atribuía un parecido de López Obrador con Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Meses antes, durante la elección presidencial estadunidense y con Donald Trump desplegando una mezcla de racismo, nacionalismo y propuestas de fortalecimiento del mercado interno, había voceros oficiosos que se animaban al comparativo con el exjefe de gobierno.

Pero Peña, tan genuflexo con Trump, se limitó a decir que López Obrador representaba un modelo del pasado, un riesgo visible para México que debía evitarse. En su mensaje por el quinto informe de gobierno, insistió en que el país podía perder sus avances en un fraseo similar al de ayer, cuando expuso que hay un enojo social extendido que nubla la vista y no permite apreciar avances.

Fue así como esta semana –en el contexto de la renovada búsqueda de referentes internacionales para el golpeteo que resulta en la supuesta influencia rusa sobre López Obrador–, que Peña Nieto vuelve a la carga. Claro que, lo que pueda decir no tiene demasiada importancia, especialmente, en un gobernante de salida, manchado por la corrupción, ridiculizado al extremo por sus erratas.

La relevancia está en el ánimo que esas expresiones materializan en procesos electorales desde el primer año de gobierno, y que van del “no te preocupes Rosario, hay que aguantar”, al despliegue publicitario y de recursos materiales y humanos en el Estado de México el año pasado, donde su primo Alfredo del Mazo estaba en campaña.

Esa conducta tiene su base en la convicción, muy priísta, de erradicar la noción de sana distancia, que Peña, gobierno y partido, proclamaron desde febrero de 2013 y que, gracias a la impunidad que les concede el timorato y desaseado Instituto Nacional Electoral, se advierte desfachatada de aquí al 1 de julio.

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