Arturo Rodríguez García

La pregunta no es tropo ¿A quién se le puede ocurrir comprar un reptil que se cuenta entre las especies que poseen la mordedura más poderosa sobre la tierra? Quién puede desear tener una mascota que posiblemente viva más que el comprador? O bien ¿para qué se compraría un cocodrilo recién nacido?

La lectura crea imágenes mentales. Imagine un mercado populoso, maloliente, ruidoso que, en sus locales alberga un cocodrilo que apenas si puede moverse, dentro de una pecera. Ahora, entienda. No es una imagen surrealista. El lugar existe, es conocido como el mercado de Río Frío, aunque bien puede ser el mercado Sonora, San Juan y otros lugares de la Ciudad de México y del país todo.

Basta tomar el metro y dirigirse a un mercado capitalino para encontrarlo, lo mismo que otros reptiles como varanus, anolis y tegus, o si se prefiere, casi cualquier clase de serpiente, aves exóticas, felinos, insectos, peces… el reino animal, todo por un precio.

La descripción del cocodrilo en pecera, es una de las primeras que se muestran en el libro “Tráfico de animales. Comercio ilegal en México”, que el año pasado publicó Ediciones B. Se trata de una exhaustiva investigación realizada por los reporteros Alejandro Melgoza, Enrique Alvarado y Andrés M. Estrada.

La consciencia sobre el respeto a la vida de toda especie es algo que en México tiene poco. No es que no existiera, pues es claro que desde que tengo memoria, el amor a los animales y la vida silvestre existe, pero las condiciones culturales que nos forman normalizaron el maltrato: vivimos en un país que tiene por “deporte nacional” el maltrato animal en la charrería, con un amplio público para la Fiesta Brava, que le canta a las peleas de gallos, y en el que apropiarse o domesticar una especie peligrosa puede representar estatus. Podría habar del amigo de infancia que tenía un chimpancé; de la carretera 57 entre San Luis Potosí y Matehuala donde otro amigo de juventud compró su halcón; del jabalí a la griega que solía preparar un colega en días de fiesta, los tamales de venado de alguna familia norteña, o de los huevos de tortuga que se regalan de botana en una cantina de Juchitán. Somos un país depredador.

Sin embargo, en los últimos años, hay otra consciencia que se expresa públicamente hasta hacer cambiar los hábitos alimenticios, pasa del reclamo digital a la expresión callejera o se ocupa de invertir tiempo y dinero en hacer colectas para mascotas afectadas, por ejemplo, con los sismos.

Quizás por pertenecer a una generación que sí tiene esa conciencia, los autores decidieron abordar el asunto de una manera profunda, rigurosa, profesional para mostrar una dimensión que a muchos nos podía resultar inconcebible: la enorme industria del tráfico de especies.

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En Tráfico de animales puede encontrarse una narrativa espléndida. Es abundante en descripciones de personas, lugares, especies, e inclusive emociones.

Eso es posible porque los autores recorrieron los lugares.

Se trata de descripciones que, de no ser porque son tan verificables, podrían pasar por relatos de ficción: de un tianguis de Santiago Tianguistengo, al mercado de mascotas Mixhuca; del mercado Sonora al de San Juan en la Ciudad de México; los autores se adentran en la exuberante vegetación selvática del sureste, y hasta llegan a pasar meses en un territorio para documentar el tráfico de totoaba, una especie marina del Golfo de Baja California cuya entraña (un kilo llega a costar 20 mil dólares) es más apreciada que un kilo de cocaína (un kilo cuesta unos 12 mil 500 dólares).

Hay personajes cuya villanía transmite el relato, por ejemplo, en el caso de “El Gordoy”, un traficante de especies de Azcapotzalco, tan temible como los narcobucheros de la bahía de San Felipe o los oferentes de mercados capitalinos que “halconean” el tipo de visitante. Auténticamente, para ir a los lugares, los autores corrieron riesgos.

Pero no es todo. Más allá de la presencia, la construcción del relato acude a toda fuente de reporteo: informes oficiales nacionales y multinacionales; entrevistas con actores relevantes, funcionarios, activistas, dirigentes sociales, campesinos e indígenas afectados por el impacto a gran escala, ambientalistas. Realizan solicitudes de información valiéndose del derecho de acceso, procesan datos y lo mejor, nos los muestran desagregados.

La información se conecta de manera precisa, los contrastes son invulnerables. El equilibrio pues, consiste en la construcción de un relato que envuelve la abundancia de datos en narraciones increíbles.

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Apuntes para la consciencia. Si México es un país de amplísima diversidad de especies cuya magnitud explican con datos duros. Por eso, la relación de las sociedades se expresa desde inmemorial a partir de deificaciones, mitos y simbologías; el reino animal está presente en la subsistencia, en las inspiración de sus figuras de poder y sus oficios, y quizás en la forma en que algunas de nuestras sociedades se articularon.

Esa perspectiva está presente en el libro, en un capítulo muy bien logrado, que expone la fractura entre usos y costumbres con la gran industria criminal: de un régimen alimenticio, no en pocos casos respetuoso de la naturaleza, pasó un negocio que de acuerdo a las estimaciones documentas por los autores, representa en el mundo unos 250 mil millones de dólares anuales y constituye una de la actividades delictivas más lucrativas en México.

Va más allá. Si el mundo prehispánico eligió al jaguar como especie de poder y fuerza ¿por qué no habrían de hacerlo los vástagos adinerados de nuestras castas divinas en el Colegio Cumbres? El poder del dinero sobre la naturaleza, asfixia en cualquier caso, la vida.

Porque vedas y sanciones impactan directamente en la vida de las comunidades mientras que las bandas dedicadas al tráfico de especies operan tan campantes como los usufructuarios de la mercadería viva. En cada oportunidad, los testimonios recogidos por los reporteros, muestran que, como ocurre en casi todo el desempeño del Estado, corrupción e impunidad son binomio ineluctable que posibilita que por el país, con sus caminos, plenos de retenes y puntos de seguridad, transiten lo mismo un tigre que un cocodrilo…

El prólogo de Salvador Frausto convoca:

“El relato no es un cuento, aunque se parece, porque comueve, lleva de la mano, ofrece escenas que no saldrán de su mente. Recuerde estas palabras: guacamaya, totoaba, huevos de tortuga, Keiko, abrigos de piel, Hank, el puma de Interlomas, vaquita marina, león blanco, tigre de bengala, mono araña, brujeríaa, sacrificio, jaulas ¿olores? Prepárese para percibir los hedores que despiden los sótanos del mercado negro de animales”.

Y en efecto, si el lector se declara amante de los animales como mascotas, es vegano, o suele participar de campañas por su bienestar y solidarizarse con su protección, este libro lo va a llevar al siguiente nivel de consciencia.

…en tanto, hemos de insistir ¿por qué alguien quiere comprar un cocodrilo?

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