Arturo Rodríguez García

Cuando ocurre un suceso de enorme importancia, no alcanzamos en un primer momento a comprender la trascendencia histórica. Con el paso del tiempo, con todo y la información que pueda acumularse respecto al suceso, es probable que se llegue a conservar la primera representación simbólica en la memoria. Un ejemplo: el asesinato de Luis Donaldo Colosio.

Personalmente, la invocación de lo ocurrido en esa tristemente célebre barriada de Lomas Taurinas, en Tijuana, me remite siempre a la transición entre la estampa de Jacobo Zabludovsky y una pantalla negra seguida del ruido blanco. A casi 24 años de distancia parece que la elección involuntaria de esa representación mental, ciertamente infantil, tiene sentido, pues se trata de la única vez desde Álvaro Obregón, que la sucesión presidencial se alteró por asesinato y de la única vez que el aparato de comunicación del sistema político mexicano se silenció por unas horas, como advertencia de silenciamiento impuesto a todo lo relacionado.

Una de las cosas más apreciables del periodismo es la posibilidad de romper el ruido blanco que se impone desde las cúpulas del poder. Para hacerlo hay que ir, buscar a los actores, encontrar las versiones que solventen los vacíos, intentar con todas las herramientas, con obsesión. Aun en las negativas, las cerrazones, los bloqueos, hay algo que contar.

El próximo 2 de marzo, en la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, se presentará “Aburto. Testimonios desde Almoloya, el infierno de hielo” (Grijalbo. 2017), primer libro de Laura Sánchez Ley, periodista nacida en Tijuana radicada en la Ciudad de México y cuya obra cumple con las exigencias del bueno periodismo.

Durante varios años, la autora alternó su trabajo periodístico cotidiano con su investigación sobre Mario Aburto, hombre clave en el asesinato de Colosio, que desde hace 24 años está entre muros infranqueables, de manera literal y figurada.

Sobre el asunto se han impuesto todas las barreras posibles, como ocurre con muchos episodios violentos de la historia política del último medio siglo. Y, naturalmente, la vigencia de la opacidad sigue sorprendiendo.  El asesinato de Colosio es rigurosamente un secreto de estado.

El expediente del caso está clasificado y los esfuerzos de la autora por abrirlo fueron infructuosos. La decisión de mantener a oscuras el asunto lleva a los funcionarios mexicanos al descaro. De hecho, en uno de los pasajes más reveladores del libro respecto al silencio impuesto, el comisionado nacional de seguridad, Renato Sales Heredia queda expuesto.

Sánchez Ley pudo llegar a Sales Heredia y consiguió un acuerdo: el comisionado se comprometió a que le haría llegar una carta de la reportera a Mario Aburto, algo aparentemente sencillo, que no tendría porque implicar con ninguna persona, libre o en prisión, la intervención de un agente del Estado del más alto nivel. La engañifa revela: luego de entregar personalmente la carta a un colaborador cercano a Sales, jamás tuvo respuesta. La reportera preguntó y el comentario fue que Sales Heredia jamás había recibido ninguna carta. Ruido blanco.

***

Las dudas son muchas. La información de aquellos años hoy es una nebulosa, algo incierto para todos, cosa vieja para quienes nacidos desde los ochenta eran niños, un asunto de historia para los que nacieron después del asesinato.

Tres aspectos jamás esclarecidos: asesino solitario o segundo tirador; un mismo Mario Aburto, o dos o varios; y el más trascendente de todos ¿cómo es que un obrero de maquila al que no se le conocen convicciones políticas militantes, pertenencia a un grupo radical o extremista, ni mando oficial al cual responder canceló su vida?

Unknown-2Para desentrañar esas claves, la autora buscó a familiares, amigos, especialistas que lo han atendido. Fue a Almoloya, donde estuvo Aburto, para recoger testimonios y de todo eso nos ofrece una personalidad aun más desconcertante:

Mario Aburto a leído cientos de libros. En esa novelas encuentra quizás la vida que no pudo vivir, el recuerdo de la muchacha que no pudo conquistar. Hace notas. Mario Aburto escribe sobre todo lo que lee, pero pasado el tiempo destruye sus notas por una paranoia constante –y debemos pensar, bastante justificada—que le provoca miedo porque se siente constantemente observado.

Mario Aburto pinta. Hay cuadros que decoran paredes incógnitas, pero lo que en otros casos sería quizás una obra de culto –por ejemplo con un asesino estadunidense—en su caso es trazo barato. Una vez, cuenta Sánchez Ley a partir de un testimonio, Aburto vendió un cuadro por 600 pesos y el dinero lo usó para comprar más materiales.

Mario Aburto toma clases de guitarra, escribe poesía y gusta del cine. Un testimonio da cuenta de lo impresionable que puede llegar a ser: un día vio En el nombre del padre, y lloró. Para alguien que en uno de los escasos rastros públicos ha dicho que es inocente, el film probablemente activó una memoria y una frustración que terminaría provocándole ceguera temporal por lo estresante de su situación.

Y así, la personalidad se vuelve más compleja. Ese hombre, acusado y confeso del asesinato más trascendente en la historia posrevolucionaria de México, se va revelando en un relato intenso que recupera más de 20 años de aislamiento.

***

Es posible que jamás logremos desentrañar qué es lo que ocurrió. En los 24 años que se cumplirán el próximo 23 de marzo, no existe una verdad definitiva en torno a ese asesinato y al proceso que mantiene a Mario Aburto preso, aislado, silencioso.

En los cuatro años que siguieron desde su detención, sólo recibió a siete personas, de acuerdo a la bitácora de visitas conseguida por Sánchez Ley.

Unknown-3Los interrogatorios recuperados, el testimonio de un visitador derechohumanista que los atestiguó, las condiciones médicas en que rindió las primeras declaraciones y aun las expresiones del propio Aburto, comentarios aparentemente inconexos sobre amenazas para obligarlo a autoinculparse, no pasarían en muchos otros casos un juicio constitucional. Pero con Mario Aburto todo parece vedado. Un ruido blanco se impone en el ámbito judicial.

Las claves de esta historia, e inclusive los nombres de poderosos relacionados, en muchos casos siguen vigente en la vida política y el debate público: Manlio Fabio Beltrones, por ejemplo, ha dado una versión de su encuentro en las horas inmediatas posteriores al crimen, pero el propio Aburto y otro testimonio de un agente del FBI, son diferentes a lo que se supone hizo Beltrones.

Adentrarse en este terreno es tarea titánica. La autora lo ha hecho echando mano de todas las herramientas del periodismo disponibles (entrevistas, solicitudes de información, recuperación de informes, filtraciones sometidas a corroboración) y lo ha plasmado en su libro que es lectura indispensable para comprender un aspecto desconocido de aquel al que la “verdad histórica” ha convertido en el perpetrador solitario de un crimen jamás esclarecido que sacudió a México. Se trata pues de un libro que contribuye a desvanecer el ruido blanco.

Aquí, el primer capítulo cortesía de Penguin Random House.

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