Arturo Rodríguez García

En diciembre próximo se cumplirán 12 años desde que la violencia cambió la historia de este país y están por cumplirse siete años del nacimiento del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, aquella movilización de víctimas y ciudadanos solidarios, que sacudió las conciencias.

Tres décadas pasaron desde que el país vio con entusiasmo el ideal de transición a la democracia que terminó anidando el desengaño, y de repente, en numerosas regiones del país, en la mayoría de los estados, la desolación, la muerte, el horror se apoderaron de la perspectiva hasta normalizar lo anormal. Retomo una frase:

“La época que, en el año 2000, se inaugura con el cambio de partido al frente del gobierno federal, encuentra en las víctimas de la violencia su cifra y la constatación de su fracaso”.

Spro07reda18031416040Con esa sentencia, ya con la perspectiva de los años, Jesús Suaste Cherizola, inicia su registro histórico del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), la movilización social que irrumpió en la vida pública en marzo de 2011 para dar una visibilidad nacional a ls víctimas de la violencia, y que bajo el título, El país del dolor, acaba de publicarse por Ediciones Proceso.

Estudiante de filosofía en aquellos años, Jesús Suaste fue uno de los caravaneros que acompañaron desde los primeros días al MPJD, de manera que su percepción está influida por lo ahí vivido. Lo declara, honesto. Su toma de posición no demerita la obra que, por el contrario, resulta enriquecedora por el nivel de detalle con que plantea distintos momentos del peregrinar de las víctimas.

El país del dolor, es una crónica ensayística que dimensiona la forma en que el MPJD colocó en el centro del interés público a las víctimas de la violencia, evidenció el desgarramiento del tejido social y sentó al poder presidencial en una mesa que, por usos y costumbres, entre otras cosas, no fue lo que muchos esperaban.

Si bien, ese movimiento sirvió para dar organicidad a las víctimas, el desenlace –no obstante la atención de casos, reformas y nuevas legislaciones—fue la muerte espantosa de varios de sus protagonistas, de ahí que el título resulta tan abrumador pero indiscutible, riguroso.

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Personalmente, me identifico con la conclusión y la forma en que el autor plantea el fracaso de la transición democrática, una idea a la que vuelve en las primeras páginas del libro. Cito aquí:

“El delito germina en los suelos propicios de la pobreza y el autoritarismo, los productos más constantes del México moderno, y en la esfera cumbre de la política la corrupción se implanta como técnica de la clase gobernante, afirmación del poder y jactancia. La ostentación del derecho a vivir fuera de la ley, sucedáneo de los signos de abolengo, era credencial de pertenencia a la elite plutocrática”.

Y es que, si un origen tiene la violencia es justamente esa elite que ha fundado su poder y riqueza en el delito, el enriquecimiento ilegitimo y el deterioro de las condiciones de acceso a la educación y el trabajo digno, algo en lo que el autor abunda.

El repaso de la forma en que México llegó al desbordamiento de la violencia, atraviesa distintos aspectos de la transición. Por simplificación, puede asociarse a los regímenes panistas. Una razón fundamental, espléndidamente expuesta por Suaste en el tropo de Paz, “el ogro misantrópico”, es la mutación en el período referido, a un ogro a secas.

La vida desde diciembre de 2006, cuando recién asumida la Presidencia, Felipe Calderón lanza el operativo en Michoacán nos resulta pesadilla cotidiana:

“Al amanecer el país recoge los saldos de la víspera como cuota de cuerpos amputados, con signos de tortura, y a menudo con mantas que revelan al autor: colgados de los postes, regados en plazas, decapitados, los cadáveres cercenados son el botín con que la delincuencia se inserta en la sociedad de lo mediático y se apropia de los recursos de lo espectacular para divulgar sus victorias imposibles”.

Añade, concluyente, en un apartado que dedica al sicariato:

“Si el medio es el mensaje, lo que atestiguamos es el remplazo de la capacidad de la palabra (antes ejercida por los jefes como facultad para hacer pactos) por el alarde de disposición al salvajismo”.

g16-351x185El 28 de marzo de 2011, siete cuerpos sin vida en la colonia Las Brisas, de Temixco, municipio conurbado a Cuernavaca. El grupo de jóvenes asesinados, sin vínculos con la delincuencia ni con los agentes del Estado, detona un proceso social, principalmente, porque Juan Francisco es hijo del poeta Javier Sicilia, quien se convertiría en la figura visible de un movimiento de alcance nacional.

Jesús Suaste pormenoriza las horas posteriores a aquel hecho de sangre, la condición de Sicilia, personalidad que canaliza el asomo de una sociedad lastimada profundamente en lo más próximo.

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Quizás una de las preguntas que muchos nos hicimos en aquellos años, es ¿por qué el despertar de la sociedad tardó tanto? Por qué debieron pasar cinco años de horror para reaccionar? Cómo es que hasta entonces –quizás hasta hoy—no logramos tocar fondo?

El segundo capítulo del libro, titulado “La presencia desierta”, ofrece tres condiciones que entonces se cumplieron:

Uno, podría explicarse en lo que Javier Sicilia representa y la solidaridad que expresan quienes pueden hacer calar el mensaje, así como de ciertos sectores de izquierdas que repudian la política calderonista desde antes.

El segundo aspecto está la articulación de un mensaje que es válido para todos, sin distingo de clase ni preferencia política. Se trata de su rechazo a la criminalización –el autor la define en dos dimensiones—y que en resumidas cuentas se expresa en la aglutinación que Javier Sicilia provoca en las víctimas cuando dice: “cada muchacho que caiga es nuestro hijo; cada muchacho que caiga corrompido por el narco es nuestro muchacho”.

Se trata de un imperativo contra la injusticia. Escribe el autor: “todos son nuestros hijos” se dice para combatir el “ninguno es mi culpa” con que el gobierno se justifica.

Tercero. Con todas sus complicaciones, colisiones ideológicas y sectoriales, demanda de articulación con la institucionalidad política o de rompimiento radical, en inclusive, el sesgo clasista, entre otras muchas, el MPJD con sus caravanas, es un catalizador de la esperanza que Suaste Cherizola expone así:

“En sus medios austeros, sus mujeres y hombres maltrechos, la Caravana ha conseguido devolverle al país la posibilidad y la experiencia de una tierra habitable”.

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Personalmente, no puedo negar mi prejuicio a los encuentros del MPJD con el gobierno y con Felipe Calderón. Aquellos días pensaba en un fracaso previsible y si alguien encausara un encuentro como aquellos hoy, pensaría lo mismo. Eso no me impedía entender lo que orientaba al movimiento y destacadamente a Javier, hombre profundamente espiritual, solidario, amoroso hasta lo incomprensible.

(Ultimadamente, pensaba entonces y ahora, la cuestión es ¿quién chingados somos para cuestionar cómo es que las víctimas quieren llevar sus proceso?)

Lo que el ensayo de Jesús Suaste permite entender, una vez más, a la distancia, es que la asistencia a Chapultepec, tendía un puente entonces como hoy necesario (me atrevo a decir ya que desaprovechado por Calderón y los políticos más ocupados en la sucesión de 2012), se perfiló desde la Caravana del Consuelo en el antiguo Paso del Norte.

Unknown-1“El pacto sería dos cosas: un acto de conciliación (de arriba abajo) entre gobierno y sociedad. Un acto de conciliación (de izquierda a derecha) entre las fuerzas políticas separadas: el suelo mínimo que la Caravana busca y traza estaría más acá de las antinomias bajo las cuales las narrativas políticas distribuyen a los amigos y los enemigos”.

Es verdad. La resistencia a la preferencia partidista, el ímpetu con que el MPJD evita el sesgo político, su empecinamiento por no apostar todo a la movilización social lo suficientemente abierto para no convertirse en legitimador del gobierno, es sin duda un acicate para las críticas, especialmente de las izquierdas (y para decirlo más claro: del lopezobradorismo). En el capítulo IV, dedicado a la forma en ls incidencias de los diálogos, Jesús Suaste escribió:

“Las críticas soslayan lo fundamental: primero que las víctimas acuden esperanzadas y por propio pie al encuentro con las autoridades; segundo, que lo hacen en busca de justicia negada; tercero, que la red de simpatizantes, las redes solidarias, la izquierda organizada y no, carecen de los medios para responder a las víctimas y asumir la responsabilidad de procurarles justicia. Apremiados por el acto reflejo de la confrontación, resulta fácil no reparar en que subordinar la demanda de las víctimas a lo pragmática es otro modo de relegarlas”.

Luego, Suaste abunda en que esos intentos de conciliación eran de las poquísimas formas disponibles para avanzar en la agenda de las víctimas. naturalmente, eso no era coincidente con la agenda política de las izquierdas y de nadie.

Lo que ocurre en los diálogos es magistralmente resumido por Suaste Cherizola:

“(se) desdobla el Diálogo en un crisol de monólogos que circulan en planos distintos: Calderón habla de frente a las víctimas pero dirigiéndose a la posteridad, y para proteger ya no al país sino su futuro recuerdo. Javier Sicilia espera un acontecimiento espiritual y recibe a cambio un alegato casi jurídico, y pone sobre la mesa propuestas que según su interlocutor han sido ratificadas con antelación. Los padres y madres de las víctimas esperan justicia y están tan interesadas en el contenido del Pacto Nacional, tanto o tan poco como el presidente…”.

Calderón tiene respuesta para todo, describe Suaste y uno concluye: evidente, habilidad oratoria del político curtido frente a ciudadanos comunes, convertidos en víctimas a las que se les ha negado justicia, con las que se permite, a la hora del llanto incontrolable, desplegar su histrionismo, el abrazo de consuelo que dispara los obturadores. Y sin embargo, hay avances poco visibles, insuficientes, pero avances antes de que el MPJD deje de ser noticia y sucumba a la vorágine electoral de cada seis años.

***

Este país sigue viviendo el horror, sigue siendo El país del dolor. El MPJD descubre que es vulnerable a la violencia y que la visibilidad puede servir para algo pero no para salvar la vida.

images-1Una semana antes del Segundo Diálogo, Pedro Leyva, delegado de Santa María Ostula Michoacán, preparado para exponer el caso de su comunidad, fue asesinado. Le siguió Nepomuceno Moreno, en noviembre.

El 7 de diciembre, cuando una caravana va a Santa María Ostula, pierde insólitamente la protección de la Policía Federal y es atacada por un comando que somete a los caravaneros y asesina a Trinidad de la Cruz “Don Trino”.

El mismo día, dos ambientalistas de Guerrero, Eva Alarcón y Marcial Bautista, son desaparecidos.

Los nombres, rostros, presencias destacadas del MPJD, conocidos por la visibilidad que tuvieron sus casos, empiezan a morir pero lejos de ser una escándalo, el movimiento pierde la notoriedad mediática, el ímpetu disminuye en las mesas, hay cosas que sólo quedan en lo simbólico, la izquierda se aleja, los hombres del gobierno vuelven “a su cotidiano y anodino oficio palaciego”.

Las mujeres y hombres que no murieron, siguen mayoritariamente en espera de justicia y la sociedad no ha podido conocer el fin de la violencia. Pero el MPJD dejó numerosas lecciones que en un final esperanzador, Suaste Cherizola narra.

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