Arturo Rodríguez García / Fotografía: Zócalo Saltillo

Concurrencia de historias; conjunto de acentos de distintas regiones del país que revelan a la audición las modulaciones de aquellos que no tuvieron el español por lengua materna.

Viajar desde la frontera en un autobús de clase económica permite revalorar como objeto preciado un teléfono celular. Un pasajero servicial lo facilita al grupo de hombres para comunicarse o recibir la llamada de sus familias en el trayecto del fracaso, diez días después de que “la migra” –esa invocación monstruosa— los detuvo nada más al cruzar.

“Fue pura sacadera de dinero hasta la frontera, pero cuando pasamos, no pudimos seguirle el paso al pollero y nos agarraron”, dice uno de ellos que regresa a su comunidad en la Sierra Gorda queretana.

“No, estoy bien. No nos hicieron nada ni nos pegaron. Nada más nos tuvieron ahí encerrados, pero nos trataron bien, nos daban comidita buena y luego ya nos aventaron por este lado”, cuenta para alivio de los suyos, el hombre que viaja a la Sierra Norte de Puebla.

“Perdóname mujer, perdóname. La cárcel que nos dieron no dejaba llamar”, clama el otro que regresa a San Pedro Tabaá, en la mixteca.

Les queda más de un día de camino de regreso y los diálogos se interrumpen cuando un retén de la carretera 57 detiene el autobús apenas pasando Allende, Coahuila.

–Sus identificaciones –ordena.

Los repatriados no traen ya nada. “Los papeles” –así les dicen ellos– que llevaban, se perdieron cuando los agarró “la migra”.

–¿A qué se dedica? –pregunta otro de los agentes.

Estos hombres, derrotados por la corrupción que les permitió llegar a la frontera, despojados por agentes del Estado en su trayecto y sometidos por la Patrulla Fronteriza del otro lado, ya no traen ni esperanza. Algo podrían responder a los agentes: a ser pobre, a migrar, a fracasar por culpa del mal gobierno cuya autoridad ostentas, imbécil.

–Estos no traen papeles…

Entre ellos, los agentes que se identifican “de la PGR” (no de la AFI, no de la PF, no de la Gendarmería), intercambian palabras para volver a la carga y cerciorarse de que son migrantes. Pero hay que insistir, ya nada les pueden quitar. Tampoco lo intentan.

Ellos no saben que nadie debería ser molestado en sus papeles o persona sin causa; que “la PGR” no tendría por qué realizar actividades que no formen parte de diligencia ministerial. Y cuando a los agentes se les hace notar lo anómalo por el pasajero incómodo, reponen: “esto es por la seguridad de todos”.

Entre policías de adscripción diversa, agentes de Migración y siglas que desconocen, a esos hombres, los repatriados, les habían quitado 9 mil pesos en su trayecto a la frontera. Además, lo del pollero.

Hace un día que Donald Trump anunció militarizar la frontera y desató la indignación de los políticos mexicanos. Es justo el día del mensaje del presidente Enrique Peña Nieto, tan vitoreado en los medios. Y es inevitable pensar en las distancias entre estos migrantes y quienes gobiernan en México, que desde hace décadas hacen con los migrantes mexicanos y centro-sudamericanos, lo mismo que ahora quiere hacer Trump pero en territorio nacional, de ida y vuelta.

Este texto fue publicado originalmente en Zócalo Saltillo, el 7 de abril de 2018

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