Arturo Rodríguez García

La escena es muy conocida: Peña Nieto está en campaña, trepa el andamiaje colocado para servir de monumental foro que convierte lo político en espectáculo y despierta la ovación, apoteosis de paga, que saluda el gesto de valentía.

Seis años después se repite. Ricardo Anaya trepa un andamiaje similar. Menos concurrida la explanada, llega a lo más alto y desde las alturas, alza el puño, ese puño que repite robotizado en cada acto de campaña, inevitable la apropiación del aviso de silencio emblemático de las horas post sismo.

 

 

Entre uno y otro desplante de valor, autoafirmación que parece decirnos, están dispuestos a todo para llegar al poder, Jessy Alejandro Montaño, hizo lo mismo con más arrojo: trepó varias veces la Estela de Luz, durante las manifestaciones del Movimiento #YoSoy132 hace seis años y desde lo alto mostró el hashtag de la rebeldía generacional de 2012.

Pero a diferencia de la mayoría de los jóvenes de aquel tiempo, Jessy, de tendencia libertaria, se siguió manifestando por evitar las corridas de toros; por la reforma laboral; por la instalación del Walmart de Teotihuacán; por los presos políticos del 1 de diciembre de 2012; por las reivindicaciones de las represiones del 2 de octubre y del 10 de junio, entre otras tantas, en las que trepaba como los candidatos toda estructura al alcance pero no para buscar un cargo público, sino para protestar.

Su apodo es Jamspa y el 12 de junio de 2014, volvió a trepar un andamio que sostenía una de las pantallas gigantes colocadas en el Zócalo por el gobierno mancerista –lo que es el populismo—para transmitir el mundial de Brasil. Entonces Jamspa perdió su libertad.

Desde el inicio de las administraciones de Enrique Peña Nieto y de Miguel Ángel Mancera (que ahora va de aliado del también trepador panista Ricardo Anaya) la Ciudad de México dejó de ser el espacio de libertades y ejemplo republicano para el resto del país. La represión costó la libertad de 510 personas que fueron apresadas por su participación en marchas.

Jampsa fue uno de ellos, tratado como criminal ciudadano de segunda. Trepa andamios es autoafirmación reservada a la clase política mexicana.

***

En abril de 2013, un grupo de jóvenes llegó a la redacción de Proceso. Eran precavidos y yo lo sabía. Acostumbrado desde los noventa, cuando conocí comunistas en la UNAM, tenía claro que era necesario llegar a ellos con garantías pues, aunque puede sonar fuera de lugar, saben que son objeto de infiltración y seguimiento para el espionaje. El mensaje había llegado.

Si alguien quiere calificarlos de paranoicos, es que no conoce los movimientos sociales ni las acciones del aparato gubernamental. Debo añadir que, en buena medida, lo entendí mejor con ellos.

Fue así como hace cinco años conocí a muchos de los jóvenes y no tan jóvenes que, con el paso del sexenio irían cayendo en redadas antiprotestas, otros fueron hostigados, torturados y sometidos a procesos penales absurdos, que sólo estaban en prisión por la línea, esa práctica que perturba la presunta división de poderes. El agravante que solían imponerles, abiertamente y sin recato, los jueces capitalinos, era la consideración de “peligrosidad” por “su participación en marchas”.

Eran del Frente Oriente, un colectivo a cuyos integrantes empezaban a señalar como “peligrosos vándalos, anarquistas” e inclusive, “terroristas” y, con quienes la conversación fluyó en un sentido muy diferente al que se filtraba desde la oscuridad de los cuerpos de seguridad política mancerista.

Hay que decir que su preparación era muy superior a la de los jóvenes que encabezaban el #yosoy132. También que, a diferencia de la mayoría que volvieron a las aulas conservando la experiencia política contestataria que les dio la brevedad de aquello, los visitantes, como otros colectivos que conocí por esos meses, se habían ido a trabajar a las comunidades, se organizaban con distintos motivos y, en el caso de la Ciudad de México, acompañaban la articulación de barrios y comunidades en contra de la mafia inmobiliaria que gentrifica la zona.

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Carlos Esteban Jimenez

Semanas después, ocurrió la redada brutal del 2 de octubre y luego la del 10 de junio. Se fueron presos. Con el paso de las semanas, sus abogados me llevaron los videos que los exculpaban de los delitos que el gobierno capitalino les imputaba. Tuvo que pasar mucho tiempo para que poco a poco fueran liberados.

Entre los visitantes estaba Carlos Esteban Jimenez –quien tiempo después se separaría del Frente Oriente para iniciar El Pueblo, Medio Independiente, y reportar en Facebook incidencias y problemas sociales— que era un poeta que la burocracia cultural premiaba y con horas de diferencia la burocracia de la policía política, detenía.

Iba también uno de ellos, muy ilustrado,  a quien identificaremos como L. estudiante de excelencia que debió dejar los estudios expulsado en la UAM por sus posturas ideológicas y su liderazgo.

Con las visitas de dirigentes sociales, pronto empecé a tener la misma secuencia: denuncia, protestas y tiempo después saberlos en la cárcel. Así ocurrió con Rubén Sarabia “Simitrio”, el dirigente social poblano que, con cargos absurdos fue apresado junto con sus hijos… una historia que llegó al asesinato de su hija Meztli el año pasado y que, dadas las agresiones y vigilancias inquietantes, no ha terminado. Llegó hasta las oficinas, invitado por el Frente Oriente.

***

El 23 de octubre de 2012, Enrique Peña Nieto aun no era presidente. Ese día se aprobó la reforma laboral y, con el paso del tiempo la reivindicó como suya, como resultado del Pacto por México que, hasta entonces, no era público.

Meses antes Gabriela, una obrera de maquila, supo de las movilizaciones estudiantiles convocadas por el #yosoy132 se interesó en lo que ocurría. Tenía una hija en la universidad que participaba en las movilizaciones convocadas por redes sociales. Fue su hija quien le contó lo que estaba pasando, le enseñó a usar Facebook y, Gabriela, impresionada del entusiasmo, la creatividad y la rebeldía juvenil de aquellos días, quiso saber más y para enterarse, usaba el perfil en Facebook de su hija.

Naturalmente, la joven terminó pidiéndole a Gabriela abrir su propia cuenta. La ayudó a hacerla pero, tímida, no quería poner su nombre.

–Mamá, dime qué es lo que más te gusta, más te impresiona.

–La luna…

–Mamá, dime la segunda cosa que más te gusta.

–Las flores.

Cuando finalmente se discutió la reforma laboral, ella escuchó en qué consistiría. Out sourcing, disminución de derechos laborales, despido sin consecuencias… entendió que esa era su situación y pensó: “si así estoy yo y es ilegal ¿qué les tocará a mis hijos cuando deban trabajar?”

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Luna Flores

Entonces fue al Senado. Los granaderos arremetían con gases para retirar a quienes protestaban. Gabriela decidió tirarse frente a las caravanas senatoriales y así impedir que llegaran a la sesión. No lo consiguió aunque pasó varias horas ahí, abrazada de la defensa de alguna Suburban.

Desde entonces, Luna Flores se convirtió en uno de los nombres más invocados a la hora de apuntar, desde los aparatos gubernamentales, a quienes debería considerarse entre los anarquistas más peligrosos de México. Su historia la conocí en las ocasiones en que me recibió en la prisión de Santa Marta Acatitla, detenida y procesada absurdamente, como en la mayoría de los casos. Quedó para la memoria en las páginas de Proceso y de El regreso autoritario del PRI (Grijalbo. 2015).

***

Luna Flores fue persistente. Aquella obrera de maquila de 2012, a fuerza de pelear por su libertad y luego por la libertad de presos detenidos en marchas, ya habla como experta constitucionalista. Principalmente, insistió en las condiciones de Jamspa, que a veces terminaba en huelga de hambre, como la propia Luna lo había hecho en la cárcel de Santa Marta.

Escribo estos apuntes entre la tarde del martes 24 y la mañana del miércoles 25 de abril. El martes, por unanimidad, la Asamblea Legislativa de la Ciudad de México, aprobó la amnistía a favor de los detenidos en marchas, presos políticos pues, en un reconocimiento implícito de la represión que el gobierno de Miguel Ángel Macera desplegó durante su mandato y sólo hoy, cuando se ha ido en busca de una senaduría, se concretó.

Fue un acto legislativo de primera importancia, esa amnistía para presos, sentenciados y procesados, que reconoció, de esta manera la inocencia de Luna Flores,entre otros tantos, incluidos los anarquistas criminalizados. La sombra de la represión parece quedar a salvo en una ambigüedad que dejaría fuera de la posibilidad de ser amnistiados, a Carlos Esteban y los muchachos del Frente Oriente, pues el Artículo 8 de la ley, dispone que no se aplicará a quienes se les imputen daños patrimoniales, no obstante que el Artículo 1, habla también de delitos conexos.

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Alejandro Bautista

Hoy, miércoles 25 de abril, Luna cumplió cuatro años desde que obtuvo su libertad y salió de Santa Marta Acatitla y la coincidencia en fechas es significativa para ella.

Algunos de los presos políticos de aquellas salvajes jornadas del mancerismo, ya no están. Alejandro Bautista, una vez libre y luego de pasar noche tras noche en el campamento por los 43 de Ayotzinapa, en Paseo de la Reforma, murió de manera súbita. Peleaba también por la amnistía y la libertad de los otros presos, cuando murió en espera de resultados.

Una idea me cruza por la mente y es que, los responsables de la represión, seguirán bien acomododados, como en el caso de Mancera, que en la complicidad pudo construir su permanencia.

 

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