Antonio Reyes Pompeyo

Descartes se despertaba muy temprano todos los días; pero su hábito de permanecer debajo de las cobijas es tan bien conocido, y él mismo lo relata en alguna de sus obras, que se piensa con justicia que fue él el primer chairo del que tenemos noticia.

O quizá, muchos siglos antes, Diógenes, otro filósofo que ladraba y ladraba en la plaza pública las bondades de la masturbación como alivio de la líbido, se lamentaba que sobarse la panza, como sobarse el falo, no acarreara el mismo descanso. Chairo.

Unknown-1Entre el repertorio de los carniceros, los de antaño y los contemporáneos, es común encontrar un utensilio delgado, cilíndrico, estriado en el cuerpo y con un mango empuñable en la base; este utensilio se llama chaira y , a modo de batalla de espadas individual entre las dos manos del carnicero, se emplea para mantener el filo de los cuchillos en ese vaivén que arriba y abajo, constante y rítmico se asemeja en mucho al de la mano que complace al miembro del hombre en la masturbación: chaira de carnicero, chaira de la líbido de Diógenes y Descartes.

Afilándose bajo las sábanas, el carnicero Descartes pensaba y pensaba y encontraba, en el mullido calor de sus meditaciones chairas y metafísicas, las respuestas a las preguntas que él mismo se hacía.

Afilándose, en las escalinatas de alguna Ágora griega, Diógenes el Perro lanzaba sus inconformidades fuera de sí y se oponía a la corriente a ladrido puro.

Afilarse las entendederas no es hoy, por desgracia, un oficio de rigor o solemnidad digno de aplaudirse; en el zumbido generalizado de la opinión pública, donde todos corremos aturdidos de un lado a otro creyéndonos poseedores de la verdad incuestionable, cualquiera que insista en sus propias ideas es inmediatamente descalificado al unísono grito de chairo.

Descalificado, arrinconado en su terquedad, el chairo mexicano oscila entre razones más o menos serias; sus descalificadores, sin herramientas que les permitan distinguir cuándo es un argumento contra el hombre y cuándo Sócrates es mortal, se lanzan al bulto y en manada -bestial y agresiva- llevan al chairo a mover su discurso a una caja de ecos donde el diálogo con sus pares es imposible. “Nadie tiene el derecho de andar masturbándose enfrente de los demás, ¡qué horror!”

Y explotamos de ira ante la obscenidad de un mitotero que se soba en la autosatisfacción impúdica que se nos antoja y nos contagia; pero fieles a las buenas costumbres de la corrección política le echamos a patadas del pequeño círculo de certezas que nos hemos inventado para no andar eyaculando encima de la cosa pública. Al fin que las décadas de sordera estatal nos han vuelto mudos por convicción.

El mexicano es un animal tan práctico que ha dejado de hablar frente a los sordos y a los que no están vacunados, les receta la descalificación: “¡Pinches chairos”!

Antonio Reyes Pompeyo es maestro en filosofía y publica el blog Res Dramatica

 

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