Antonio Reyes Pompeyo

La prensa rosa de la filosofía, la que escurre tinta sobre los amoríos de Lou Andreas-Salomé y los intelectuales del siglo diecinueve, o la que nada en los ríos de esperma derramados por Foucault en San Francisco, es la misma que nos ha traído la peculiar noticia sobre Aristóteles y su proclividad al exagerado uso de joyería.

Y siendo lo que era, mentor del hombre más poderoso de la época, suele pensarse que no solo tenía posibilidades de hacerlo, casi se afirma con vehemencia que tenía el derecho y la obligación de tamaña ostentación y lujo.

Porque esa es la verdadera naturaleza de la figura que ahora nos ocupa, surgida en el cumplimiento de una triada de condiciones que acompañan al yo: yo puedo, yo quiero, yo debo.

Esa es la naturaleza absoluta del naco, el individuo en cuyo interior se gesta la más grande de las afirmaciones sólidas en un mundo de liquidez: el naco es el que puede, el que quiere, el que debe.

Si, como a Aristóteles, le place enjaularse detrás de unos kilos de joyería, el naco contemporáneo lo hará pues no le importan las barreras ni los estratos sociales; el naco enjoyado está en el sima del lumpen lo mismo que en la cima de la cadena alimenticia, esa que sabe lo que vale un Panerai.

El individuo aquí referido es atrevimiento puro: tunea el chevy para que luzca como un mini cooper, edifica partenones aquí y allá, la empeda en Moscú con el dinero de sus padres, estrella su beeme impunemente, construye casas en los cerros sin apenas dejar espacio a la movilidad, expropia el espacio común de mil formas diversas y todo esto por tres condiciones que le hacen los huevos más grandes y el gusto estético más torcido: querer, poder y deber.

Decirle naco a alguien es apelar al insulto suave, al oxímoron de la afrenta elusiva. Dices y te vas, dices y te escondes, dices y no te quedas a enterarte; el más frecuente de los escenarios es hablar de este cuando su naquez (nuevamente el oxímoron) se encuentra ausente. Decir naco es no querer decir, es arrugarse ante el destino. Es creer que se tiene altura moral o cuando menos buen gusto.

El naco es multitudinario y variopinto, su mal gusto es solo una de las consecuencias de creer que quiere, puede y debe. ¿Podría alguien objetarle algo al único especimen mexicano que en realidad existe? ¿Desde dónde podría decirse que uno mismo no es naco o que no lo ha sido? No parece haber consuelo en esto si Aristóteles, el filósofo del justo medio, era también un pinche naco.

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