Arturo Rodríguez García

Hace un año, Meztli Sarabia Reyna, fue asesinada. Desde entonces me he resistido a incluirla como un caso más de los cientos de asesinatos políticos que desde 2012 suceden en el país, porque se trata de uno de esos círculos de injusticia relacionados con tener una forma diferente de pensar.

Todos son importantes y no es justo tomar algunos como emblemáticos, me aconsejó un día Antonio Cerezo, defensor de derechos humanos desde que él y sus hermanos fueron encarcelados por años con cargos falsos y quienes, ahora en libertad, se han consagrado a documentar la represión. Tiene razón, muy a pesar de las fórmulas periodísticas para explicar fenómenos amplios. Aun así, me resulta difícil distanciarme de las tragedias de la familia Sarabia a la que conozco, por mediación de otros luchadores sociales, desde 2013.

Años antes de aquel 29 de junio de 2017, entrevisté a su padre, Rubén Sarabia “Simitrio”, un veterano de la lucha social que había pasado la mayor parte de su vida en prisión, acusado de delitos absurdos, porque su activismo era incómodo al entonces gobernador de Puebla, Melquiades Morales.

Durante años, lo mantuvieron en aislamientos ilegales, recorrió cárceles de alta seguridad y, cuando consiguió una libertad condicionada, resultó de facto un acuerdo de destierro, pues debía permanecer en la Ciudad de México y firmar en un juzgado, por lo que no podía regresar a Puebla.

Sus hijos crecieron y su esposa, Rita Amador, había tomado las riendas de la Unión Popular de Vendedores Ambulantes “28 de octubre”, manteniéndola, como calificaría más tarde el Tribunal Permanente de los Pueblos, como “la columna vertebral del movimiento social poblano”.

Simitrio había iniciado su participación política a finales de los años sesenta, justo cuando llegó al gobierno del estado Rafael Moreno Valle, un militar priísta que debió claudicar porque sus represiones sangrientas perturbaron el orden del régimen hegemónico, necesitado de lavarse la cara tras la masacre de 1968. Moreno Valle fue uno de los políticos detergente.

Vuelvo a lo reciente. Cuando Simitrio regresó a Puebla, en 2012, se encontró con que la nueva realidad política tenía en el gobierno del estado a uno de los mandatarios estatales más represores del momento, conocido como el “Gober Bala”. Era el nieto homónimo, Rafael Moreno Valle, encumbrado por las siglas del PAN.

Simitrio no se pudo callar. Resultaba fácil para ese hombre entrado en años, después de tanto tiempo de prisión y de padecer tratos crueles, inhumanos y degradantes, guardar silencio. Pero lo que hizo fue continuar, junto con Rita y sus hijos, convirtiendo el Mercado Hidalgo en un punto de encuentro para los movimientos sociales y para el intercambio de ideas.

Los oferentes del Mercado Hidalgo son excepcionales. Los he conocido –gente sencilla y trabajadora– en sus discusiones sobre la política económica, las reformas estructurales, los procesos internacionales y geopolíticos, los registros de las represiones, su solidaridad. En el mercado se mezclan los carteles de ofertas con los que reclaman justicia para los 43 muchachos de Ayotzinapa y otras tantas causas.

Simitrio fue a prisión como dos de sus hijos, una vez más con cargos falsos, mientras uno más se dedicaba a llevar la defensoría jurídica. Rita litigaba en más de una decena de expedientes su propia libertad, mientras que Meztli trabajaba en la administración del mercado.

Y cuando todos los juicios empezaban a derrumbarse, mataron a Meztli. Los sicarios le preguntaron si era hija de Simitrio y al afirmar, le dispararon la mañana del 29 de junio de 2017. Poco tiempo después, todos los Sarabia quedaron absueltos de los cargos fabricados por el morenovallismo. Pero el asesinato de Meztli, a un año de perpetrado, sigue en la impunidad, engrosando la estadística de la silenciosa represión, la más violenta desde la “Guerra Sucia”, que se impuso desde el 1 de diciembre de 2012.

Artículo publicado originalmente en http://www.zocalo.com.mx

 

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