Por Aníbal Feymen / Imagen: Proceso Foto

El pasado 1 de julio la sociedad mexicana, a través de su voto, eligió con un prominente porcentaje electoral a su próximo gobernante, el morenista Andrés Manuel López Obrador. No queda duda de que la copiosa participación electoral se instaló sobre la base del desgaste y la crisis resultante de casi cuatro décadas de regímenes neoliberales. Sin embargo, y a pesar de este aparente escenario donde la población tuvo la oportunidad de elegir un “cambio democrático”, lo cierto es que bajo el capitalismo, los intereses y las contradicciones de clase tienen un peso determinante a la hora de tomar decisiones políticas y económicas; incluso mucho más que la voluntad popular expresada en votos.

Y, ciertamente, son estas decisiones económicas y políticas privilegio de la gran oligarquía que busca mantener intacto su poder acumulado históricamente. Empero, en el arduo camino de la lucha de clases se entreveran momentos de calma con estallidos sociales y ambos tributan al proceso de acumulación de poder. Pero también en estos momentos las fuerzas conservadoras hacen su trabajo buscando afanosamente recomponer la gobernabilidad fisurada: si el conflicto social no hace viable la relegitimación de los partidos políticos, la opción más razonable –desde la perspectiva del poder– será la relegitimación del sistema por la vía electoral.

En la encrucijada política y en la coyuntura que vive el Estado, la opción electoral no es una opción real de poder; nos referimos desde luego a una alternativa de poder popular. Sin embargo, parece un lugar común que múltiples organizaciones –incluso las más radicalizadas– traten de encarrilar la protesta hacia la vía institucional, especialmente en las citas electorales.

Cualquiera de las opciones políticas que se disputan los votos asumen que elegir un candidato de la amplia oferta de partidos, implica una opción de poder. Identifican así democracia con votación, tal y como el propio sistema lo ha sosteniendo desde la generalización del voto, desde que se constató que gracias al manejo de la opinión pública la gente siempre acabaría votando “lo correcto” de modo que las élites no correrían ningún peligro de ser desplazadas por las clases populares. Asumen también que es la vía aceptable para cambiar las cosas.

Se trata de despojar a lo social de su componente político por la vía de la institucionalización del conflicto, o lo que viene a ser igual, neutralizándolo al colocarlo dentro de los márgenes de lo aceptable. Todos los partidos burgueses actuales parten de la aceptación de las reglas de juego, las mismas que hacen inviable que este sistema representativo se transforme en una democracia.

Incluso muchos quienes sostienen ser opciones anticapitalistas aceptan la forma política del capitalismo. Y es que su discurso admite la paradoja: niegan que vivamos en una democracia al tiempo que aceptan los cauces institucionales; admiten contradicciones tales como presentarse a unas elecciones compitiendo por la captación de votos al tiempo que dicen presentarse porque estas elecciones no significan nada; están en contra del liderazgo al tiempo que se potencia al líder mediático; sostienen querer dar voz a los sin voz al tiempo que se les trata de incapaces y de no saber lo que quieren. Porque en el fondo, parecen decir, “las masas quieren que se gestione políticamente su protesta”.

Así, el sistema electoral se nos presenta como un instrumento de disciplinamiento social. Los procesos electorales en el contexto actual no significan poner en manos de la gente opciones reales de poder y, sin embargo, se nos presentan como si lo fueran. Por otro lado, las reglas que rigen estos procesos permanecen ocultas mientras que el voto aparece como proceso neutro, mero procedimiento para seleccionar a los candidatos según las preferencias de la gente.

El hecho de que algunas opciones electorales que se autoproclamen transformadoras y estén en la posición de disputar algún cargo en el escenario político sólo significa que se ajustan al principio de la homogeneidad, es decir, que se sabe a ciencia cierta que no harán nada sustancialmente diferente de lo que hicieron quienes los precedieron. La alternancia en las instituciones de los que se consideran “enemigos políticos” favorece la labor disciplinante del voto ya que la alternancia implica que la opción que ha conseguido alcanzar el lugar de relevo no ha tomado ninguna medida para hacer que su ascenso fuere imposible.

Entonces, en la coyuntura actual bajo el disciplinamiento electoral, el estado de cosas actual seguirá avanzando: continuará aumentando la precariedad laboral y los trabajos miseria; se profundizará el despojo de nuestros recursos energéticos y la devastación ecológica en manos del imperialismo; se deteriorarán más aún todos los servicios públicos, continuará –aunque disfrazada de “tolerancia”– la represión de la protesta, su criminalización y su silenciamiento mediático… Todos estos elementos son necesarios para implantar un nuevo patrón de acumulación de capital. Sin embargo, para ser implementado necesita poner de nuevo en valor al maltrecho sistema político. Recuperar el consenso respecto de la institucionalidad, es decir, volver a apuntalar el sistema fracturado. En este sentido, las elecciones hoy siguen siendo el instrumento más eficaz de legitimación del sistema político y de disciplinamiento social: dentro del sistema todo, fuera del sistema nada, con un abierto rechazo al conflicto identificado siempre con violencia.

Desde los medios de comunicación se nos induce a la sacralización de la institución electoral, pues así se concibe el sistema representativo al que llamamos falazmente “democracia”. La fe electoral se alimenta de la impotencia, el miedo al vacío, la desesperanza o la falta de ánimo para cambiar las cosas. Esta sacralización es en cierta medida responsable del estrangulamiento de las alternativas de poder popular que únicamente se hacen visibles a través de situaciones de conflicto que se reflejan en la movilización social. El miedo, la vergüenza, el aislamiento, son los elementos que conducen al pueblo a la mistificación del voto, a reproducir la lógica del fetiche que no tendrá más resultado que ahogar en la impotencia las verdaderas esperanzas democráticas de este país.

Así, la política se nos presenta como una política despolitizada que nos dibuja ilusamente un escenario en el que no hay contradicciones irresolubles –por ejemplo, entre el Capital y el trabajo– sino meras negociaciones de intereses, en el que los políticos elegidos según la fuerza del número de votos obtenidos estarán en mejor o peor condición, se nos dice, para negociar los intereses de sus representados. Porque en realidad las votaciones no significan variación alguna en las relaciones de poder y de explotación, y cualquier opción que tomemos de cara a las citas electorales será una opción incoherente, en el fondo una trampa en la que partiendo de nuestros deseos de transformación, de la defensa de nuestros intereses y de la crítica al sistema nos convertiremos en cómplices necesarios de su reproducción.

El voto es el primer instrumento de delegación del poder del pueblo, el ejercicio político al que queda reducida la participación social. Es además un acto individual, resultado de la concepción de la política también como un sumatorio de voluntades individuales. Una vez ejercido, el ciudadano puede volver a casa tranquilo, ha transferido la responsabilidad de la toma de decisiones políticas, ha depositado en el otro su voluntad para que ese otro haga lo que pueda, lo que le dejen o lo que quiera.

En suma, podemos concluir que en la coyuntura actual donde hemos elegido nuevo gobierno, la institucionalización es el camino para la desactivación del conflicto, las votaciones el método para la legitimación del sistema y el “liderazgo político” se reduce a la aclamación mediática.

Finalmente, ante este panorama embaucador, nos queda el bálsamo de la legítima organización social, independiente y popular, que no puede ser extirpada de la enorme tradición de lucha de nuestro pueblo y que hoy se vuelve menesterosa su activación de manera renovada, implacable.

NSP: Agradecemos a Anibal Feymen, su incorporación a este espacio a partir de hoy, todos los miércoles.

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