Raudel Ávila

Apenas muy recientemente conocí la obra de Eduardo Antonio Parra. Llegué a ella por sugerencia de Claudia Guillén. Es un escritor sorprendente y poderoso. Lo primero que leí fue su novela El rostro de piedra sobre las andanzas de Benito Juárez. En ella, Parra presenta un fresco de época, una descripción de casi toda la geografía mexicana en el siglo XIX y la recreación de un personaje con toda la vehemencia de sus rasgos humanos. No es el retrato de un héroe patrio, ni de un estadista internacional, tampoco la condena derechista de un enemigo del clero. Es la vida de un hombre cargado de inseguridad, pero con la astucia suficiente para encubrirla y vencer todas las adversidades. El Juárez de Parra es un conspirador maquiavélico y un cariñoso padre de familia, un gobernante autoritario pero reformista. El destructor implacable de las aspiraciones presidenciales de Jesús González Ortega, y el mentor paranoico que se siente traicionado por su pupilo Porfirio Díaz. De igual modo, el defensor indomable de la República frente a las propuestas monárquicas del partido conservador.

El libro de Parra me parece superior a otros del mismo género que han aparecido en las últimas décadas. Resulta más creíble que el Juárez impoluto y perfecto en todos los terrenos de Paco Ignacio Taibo en La lejanía del tesoro. Es más emocionante que el recuento epistolar de la vida de Antonio López de Santa Ana presentada por Enrique Serna en El Seductor de la Patria. Menos gracioso, pero mucho más profundo que las divertidas anécdotas del efímero imperio de Iturbide en La corte de los ilusos de Rosa Beltrán. Adelanto una herejía. El rostro de piedra me entusiasma incluso más que Noticias del Imperio de Fernando del Paso, cuya dispersión en más de un centenar de personajes, su sobrecarga de locuras de la emperatriz Carlota, el desprecio a la figura de Juárez y las docenas de historias colaterales a la trama principal terminan por fatigar al lector.

Hasta ahí, ese libro convence de las cualidades de Eduardo Antonio Parra como autor profesional. No obstante, si uno se aproxima a sus cuentos, advierte que está frente a una obra destinada a figurar entre las grandes de la literatura mexicana. En Sombras detrás de la ventana, reunión de sus cuatro primeros libros de cuentos en un solo tomo, descubrimos un Parra capaz de atrapar al lector con historias fascinantes e intrincadas, casi siempre de final inesperado. No solamente eso, Parra exhibe un dominio de la lengua envidiable. No siempre se combinan los dones del narrador que cautiva y asombra, con el estilista del idioma. Parra es eso y más. Es, adicionalmente, el crítico social que no juzga pero, como quería Flaubert, pasa un espejo frente a la realidad.

Sus personajes son casi todos marginados y víctimas de la violencia mexicana. Violencia verbal, sexual, delincuencial, doméstica, de todo tipo. Desde los teporochos acosados por la policía, hasta las prostitutas desplazadas por los travestidos operados, pasando por los migrantes perseguidos, homosexuales discriminados, brujas de pueblo, padrotes humillados. Parra sensibiliza al lector con las monstruosidades de la vida nocturna en las colonias marginadas de las ciudades fronterizas. Violaciones, balaceras, asaltos, golpizas en cantinas, traiciones entre amigos, adulterios, alcoholismo, drogadicción y un larguísimo etcétera de abusos sociales. Simultáneamente, Parra también retrata las frivolidades de las familias de clase media en los centros urbanos.

En mi opinión, el cuento más extraordinario en su obra es Cuerpo Presente, donde describe la vida de una prostituta de pueblo norteño: “La Macorina”. Se trata de una simpatiquísima zorra de peso completo que goza su profesión sin complejos y, después de ser despreciada por todas las mujeres de la comunidad pero adorada por todos los varones, salva la vida de un niño y se vuelve entrañable para los habitantes del lugar. Ella se convierte en referente empresarial de la región con su prostíbulo y hasta motivo de orgullo en el estado, donde le quita cariñosamente la virginidad a todos los muchachos de poblados aledaños. El cuento refiere su velorio y cómo cada uno de los personajes de la región le debía un favor sexual y emocional, desde el presidente municipal y el gobernador, hasta el sacerdote. Parra guarda lo mejor para el final, una sorpresa sobre el verdadero gran amor de la prostituta.

Editorial Era, donde Parra publica, subraya continuamente la influencia y el eco de Juan Rulfo y de José Revueltas en los cuentos de Parra. Esto es demasiado evidente para negarlo, pero no expresa a cabalidad la originalidad expresiva de Parra. A mi juicio, hay dos elementos que dotan de coherencia y unidad todos los cuentos de este autor. Uno es el sexo. Hay una fijación, casi diría obsesión del escritor, con la manera en que la vida sexual de los personajes transforma su entorno social y económico. Ninguno de ellos puede escapar a las trampas del deseo. La sensualidad, el erotismo y la atracción marcan las vidas de los protagonistas del libro enriqueciéndolos y aumentando su complejidad psicológica. El segundo elemento, con cuya presencia probablemente Parra y otros lectores no estarían de acuerdo, es la ternura. Cada cuento rezuma, en mi perspectiva, un cierto enternecimiento y empatía hacia los destruidos por nuestra forma de vida.

A pesar de la violencia y agresividad de las historias de Parra, nunca se percibe un dejo amarillista en el escritor. No se solaza en la nota roja. No sé si ocurre con otros de sus lectores, pero por lo menos a mí, Parra me deja una sensación permanente de ternura y preocupación por sus personajes, inclusive por los más perversos. Todos padecen sufrimientos descomunales y desconocidos para quienes afortunadamente no hemos tenido que pasar por esas vidas. Me ocurre también con los criminales de sus cuentos. La obra de Parra refresca mi humanidad y me hace sentir más cercano con mis semejantes. Este escritor me recuerda aquel viejo aforismo que se atribuye a La Rochefoucauld “Todo entender es todo perdonar.”

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