Figurita mexicana
Antonio Reyes Pompeyo

Una sonata de pantalones deslavados (brillosos de tanta plancha en la que ya no surte efecto el lienzo húmedo) va alineándose debajo de las manecillas que marcan, como una batuta perfecta, la cadencia de las seis de la tarde. El murmullo entusiasta se va apagando poco a poco y va dispersándose hacia la calle, los pantalones deslavados y los tacones del diez se se encuentran con el mundo de allá afuera donde no hay engrapadoras, ni sillas uniformes, ni muebles con formaica, ni gente exasperada exasperante a la que no le embona el pan.

Si en la fauna mexicana hay una variopinta selección, la compuesta por el contemporáneo Godínez es la más fiel a la práctica religiosa de los usos y las costumbres. Hay en su andar una marcha precisa y sincronizada al reloj checador, al espacio del registro biométrico o, según las posibilidades, a la hoja hipercontrolada del esbirro del recurso humano.

El relato de sus encarnadas tradiciones ha sido motivo del escarnio digital en abundantes imágenes: del apellido en diminutivo, pasando por su reverencial adoración al viernes de quincena, terminando con su congoja por el toper materno.

El Godínez es la apropiación simbólica más importante de la generación millennial, en ella se vierte el presente y el futuro de sus esfuerzos presentes y su intríngulis futuro.

Salvando las consideraciones canónicas de los que lo entienden, y de los que no, el filósofo de Koningsberg, Immanuel Kant, es el arquetipo lúdico del Godínez. Disciplinado, gris, farragoso, empapelado y agrio en la silla de la cabecera donde las lucubraciones de la razón pura tomaron forma en más de una década y se exfoliaron en unos cuantos y administrativos meses.

Kant es el sueño guajiro del reclutador del recurso y el capital humano. Con la ley moral en sus adentros y el cielo estrellado sobre la crisma; el Godínez lo emula con el reglamento contractual impregnado en las entrañas y las seis de la tarde con sus alitas adobadas en la mesa quincenal.

Los vecinos de aquel viejo poblado prusiano (cuentan los amarillentos expertos), sabían con exactitud la hora cuando la figurita de Kant se aparecía por la calle frente a sus casas. Tanto como hoy, cuando a las horas consabidas, sabemos qué hora es por la cantidad de automóviles de segmento medio que atiborran las vialidades y los estacionamientos de los bebederos de moda.

Alegraos con el corazón batiente Godínez de hoy, canten su protestantismo millennial en los linderos de la pureza de la sensibilidad. Al fin el tiempo transcurre a prisa los viernes de quincena, y el espacio es un escritorio infinito con papeles por cotejar.

NSP.- Para más contenido del maestro Reyes Pompeyo, visita su blog

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