Aníbal Feymen
Este artículo inaugura una serie de textos en los que pretendemos demostrar que la denominada Reforma Energética, implementada en México durante el año de 2013, actúa como respuesta a la crisis de sobreacumulación y desvalorización que el capitalismo actual padece y se inserta de lleno en las pugnas imperialistas que imponen políticas intervencionistas en países dependientes con el objetivo de saquear sus recursos naturales y energéticos.

Primera Parte

El 8 de diciembre de 1991 algo se agitaba en el oriente de Europa: las Repúblicas Socialistas Federativas de Rusia, Bielorrusia y Ucrania firmaban el Tratado de Belavezha mediante el cual declaraban disuelta la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Esta acción allanó el camino para que días después se liquidara de manera definitiva la potencia socialista.

La caída de la Unión Soviética recompuso la correlación de fuerza a nivel mundial posicionando de manera ventajosa al imperialismo anglosajón, con Estados Unidos y Gran Bretaña a la cabeza, y a su abiertamente fracasado patrón de acumulación neoliberal impuesto de manera virulenta desde inicio de los años ochenta una vez llagados al poder los funestos regímenes de Margaret Tatcher en Inglaterra y de Ronald Reagan en Estados Unidos.

El resultado de esta recomposición hegemónica mundial trajo, efectivamente, la supremacía del imperialismo norteamericano en todo el planeta y, sobre todo, del denominado neoliberalismo el cual no tardó en mostrar una enorme crisis financiera que afectó todas las esferas de la vida económica a lo largo de todo el mundo. La crisis financiera del año 2007 mostró de manera clara la fragilidad del patrón de acumulación neoliberal y su inutilidad para superar las contradicciones estructurales que el capitalismo experimenta en su desarrollo histórico.

Se hace necesario entender esta crisis del patrón de acumulación neoliberal, pues evidencian los intentos correctivos con las que el imperialismo pretende enfrentar las deficiencias que presenta su modelo económico actual, y constata que ante la imposibilidad de resolver sus contradicciones estructurales se hace necesario sustituir el patrón de acumulación agotado por uno nuevo que desplace el ciclo de reproducción capitalista de la esfera financiera-especulativa hacia la esfera productiva-industrial, lugar donde efectivamente se crea la riqueza material de la sociedad.

En este contexto, la hegemonía del imperialismo estadounidense se mostró aparentemente consolidada. Sin embargo, El espectacular crecimiento económico de la República Popular China y la reestructuración económica de Rusia al abandonar las políticas neoliberales instauradas inmediatamente después de la desaparición de la URSS, sustituyéndolas por un nuevo patrón de acumulación económico más próximo a las tesis keynesianas del Estado de seguridad social y aspiración al pleno empleo, les ha permitido surgir como importantes potencias regionales que hoy día disputan la hegemonía mundial al imperialismo norteamericano.

Es en este contexto de crecimiento económico de Rusia y China que éstos comienzan a cuestionar las políticas económicas implementadas por los grandes organismos financieros internacionales, encabezados por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, a los que acusan de sólo defender los intereses económicos norteamericanos y de los países altamente industrializados. En este mismo contexto, en el año 2011, las tensiones entre Estados Unidos, Rusia y China alrededor del conflicto de Libia demostró que las disposiciones de EEUU ya no sería acatadas de manera disciplinada. Por el contrario, aparecieron dos orientaciones muy claras en abierta pugna geopolítica: la estadounidense que tiene por objetivo la construcción de un orden mundial que corresponda a los intereses de Washington que supone la abolición de la soberanía de los países y sustituirla por su doctrina de “injerencia humanitaria” donde imponga sus perspectivas y sus intereses concretos. Por otra parte, está la impulsada por Rusia y respaldada por China y un bloque de potencias emergentes alineadas con los intereses de Moscú y Pekín quienes luchan por instalar nuevas reglas del juego en torno a la política económica mundial orientadas a un capitalismo de tipo burocrático donde el bienestar social, el pleno empleo y un crecimiento sostenido sean la aspiración que, desde luego, no pasa por los dictados de Estados Unidos a través del FMI y del BM.

En el fondo lo que subyace en esta disputa imperialista mundial no es otra cosa que el control de los recursos energéticos, sobre todo renovables, los que permitirían la constitución y afianzamiento de un nuevo patrón de acumulación de capital.

Las condiciones de la restauración del capitalismo en Rusia después de la extinción de la Unión   Soviética y su pronta crisis económica hizo entender a los rusos que la carrera armamentista durante la Guerra Fría dejó su economía exhausta, particularmente por la carencia de abastecimiento energético que todo país industrializado requiere. A diferencia de los Estados Unidos, quienes lograron desarrollarse debido a su avasalladora presencia injerencista en zonas petrolíferas, los rusos se enfrentaban a un estancamiento económico por su déficit energético. Sin embargo, el Estado ruso tomó rápidas decisiones que los llevaron a tomar posición aventajada en zonas geográficas ricas en petróleo y gas. Esto permitió a Rusia optar por la producción, transporte y comercialización de gas a gran escala, debido a que la repartición imperialista de las zonas petroleras no le ofrecía perspectivas alicientes.

Desde 1995, Vladimir Putin trazó la estrategia de Gazprom* que consiste en dividir las zonas gaseras de Rusia hacia Azebaiyán, Turkmenistán, Irán y hasta el Medio Oriente. Para la consolidación de este proyecto el gobierno ruso trabaja en dos ejes estratégicos fundamentales: por un lado la creación de un proyecto sino-ruso de largo plazo basado en el crecimiento económico de la Organización de Cooperación de Shangai y, por otra parte, el crecimiento y consolidación de su bloque de influencia mundial que en un primer momento ha involucrado a los países integrantes de los BRICS, hoy en sosiego.

Es aquí donde podemos observar con claridad cómo Rusia y China son, efectivamente las cabezas de un nuevo bloque imperialista emergente que disputa la hegemonía mundial a Estados Unidos y a las potencias occidentales. La cooperación sino-rusa en el campo energético es el motor de la asociación estratégica entre los dos países.

Por su parte, Estados Unidos busca lograr la autosuficiencia energética, pero se ha encontrado con escenarios complejos para alcanzar tal objetivo. El caso de Siria ejemplifica a la perfección estos escenarios complejos. El descubrimiento del gas sirio y la lucha de los imperialistas por su control da una idea de lo que está en juego: quien controle Siria, controlará Medio Oriente y con ello tendrá la puerta de entrada a Lejano Oriente. Rusia y su negocio del gas, China y su proyecto de la Nueva Ruta de la Seda se convierten en casamatas inexpugnables para el proyecto imperialista norteamericano.

Hasta aquí, el reto para el coloso norteamericano es tremendo; pero si a esto le sumamos que su proyecto energético gasístico Nabucco** no avanza por las complejidades geopolíticas en Medio Oriente donde sus intereses se trenzan con los rusos, chinos, turcos e iraníes, entonces la autosuficiencia energética estadounidense pende de un hilo. Así, mientras el imperialismo norteamericano espera impaciente el curso de los acontecimientos en Oriente Medio, voltea peligrosamente a lo que considera su retaguardia energética: el Golfo de México.

[1] PAO Gazprom es la mayor compañía de Rusia. Es una empresa gasística fundada en 1989 durante el periodo soviético y controlada actualmente por el Estado ruso, aunque tiene un carácter privado. Tiene 417.000 empleados y ventas anuales por más de 164.000 millones de dólares.
[1] El proyecto gasístico Nabucco parte de Asia   Central y de los alrededores del Mar Negro, pasa por Turquía –donde se   sitúa la infraestructura de almacenamiento–, y recorre Bulgaria, atraviesa Rumania, Hungría y llega hasta Austria, desde donde se dirige hacia la República Checa, Croacia, Eslovenia e Italia. Originalmente debía pasar por Grecia, idea que se abandonó debido a la presión de Turquía. Se suponía que Nabucco debía ser el competidor de los proyectos rusos. Nabucco estaba previsto para dar inicio en 2014, pero diversos problemas geopolíticos y técnicos han provocado su suspensión. A partir de ello, el proyecto ruso comenzó a ganar la batalla por el gas, pero cada parte trata siempre de extender su propio proyecto hacia nuevas zonas.

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