Raudel Ávila

Cuenta la leyenda que al recorrer una librería de viejo en Europa del Este, el escritor Roberto Calasso, fundador de la prestigiosa editorial Adelphi, encontró alguna novela olvidada de un escritor prohibido por la censura soviética, un tal Sándor Márai. Empezó a leerlo, y lo disfrutó tanto que quiso traducir su obra completa al italiano. De ahí, Editorial Salamandra hizo lo propio para traducirlo al castellano. Y desde hace más o menos quince años, los lectores de lengua española hemos podido disfrutar en ediciones muy decorosas la obra de este escritor, periodista y dramaturgo.

Nacido en 1900 y muerto por suicidio en 1989, el éxito editorial póstumo le llegó a Márai con la tremenda proyección internacional de su novela El último encuentro. Ahí relata el reencuentro en la vejez de un par de amigos de juventud en una olvidada mansión de la burguesía húngara. Desde luego, conforme se reconstruye la historia de sus vidas, nos enteramos de vivencias compartidas y amores disputados entre ambos personajes hasta llegar al recuerdo de una traición decisiva, causante de su separación. La tensión dramática está tan bien lograda que el lector no nada más se sorprende con el final del libro, sino que siente como propias cada una de las vivencias relatadas por ambos amigos.

maraiEl poderoso don de palabra de Márai impacta las fibras emocionales íntimas del lector para revolver sus abismos más oscuros. Así ocurre en mayor o menor medida con todas sus novelas. Desde Divorcio en Buda, hasta La herencia de Eszter, pasando por La amante de Bolzano, Los rebeldes, La hermana o La gaviota. Márai es uno de esos escritores profundamente conocedores de aquello que André Malraux llamó la condición humana. El odio, los celos, la envidia, la avaricia, la codicia, el afán de dominación, la bajeza, desfilan por sus páginas con una familiaridad muy inquietante para un lector capaz de sincerarse consigo mismo. En suma, una exploración de la gama entera de perversidades que tratamos de ocultar todos los seres humanos con el barniz de la civilización, está presente y fielmente descrita en la obra de Márai.

Nunca podré borrar de mi mente varias escenas de su novela Liberación, situada a finales de la Segunda Guerra Mundial, donde un soldado soviético llega a “liberar” una pequeña población húngara del invasor nazi. Los habitantes del poblado, al borde de una crisis nerviosa por haber estado sujetos a numerosos bombardeos y carecer de agua y alimentos, aguardan esperanzados a sus salvadores. Particularmente una joven, quien sale de un refugio subterráneo en busca de un medicamento para su papá, enfermo terminal. En el camino, ella se topa con el soldado soviético que vino a liberar el pueblo y sufre la embestida rabiosa del recién llegado para violarla. La escena está descrita con una crudeza y una brutalidad desprovistas de cualquier eco humanitario. Contada a dos voces, un párrafo habla del victimario y otro de la víctima, el siguiente otra vez del victimario y una vez más de la víctima. Sentimos la frustración del soldado, sucio, maloliente, perdido en un país que no es el suyo, combatiendo por una causa que no entiende, despojado de humanidad y conciencia ante el espectáculo de las masacres que ha presenciado. Hambriento, está dispuesto a cometer un crimen monstruoso sin el menor remordimiento. Experimentamos angustia infinita al leer la impotencia, el terror y el dolor físico de la víctima. Márai describe con tal vivacidad la escena que uno queda traumatizado.

Para mí, la mejor novela de Sándor Márai es, con ventaja, La mujer justa. Uno de los relatos más perfectos y sobrecogedores que he leído en mi vida. Una historia contada por tres voces sobre la búsqueda de la pareja perfecta para un burgués millonario y pedante. Naturalmente, no existe tal cosa como “la mujer justa”, pero en su afán de encontrarla, el protagonista destruye involuntariamente las vidas de muchos personajes en su entorno. Los tres monólogos que componen el libro tienen tal verosimilitud que uno siente como si estuviera conversando con individuos reales en un restaurante. Para no arruinar al lector la gran cantidad de sorpresas en este libro, anticipo nada más que el protagonista, Peter, cree estar enamorado de su empleada doméstica Judit. No obstante, cuando llega el momento del monólogo de ésta, ella describe su aterradora vida infantil en las alcantarillas, padeciendo la miseria total y rodeada de excremento. Judit se siente superior y más poderosa que Peter, a quien desprecia por su vida entre sábanas de seda y su ignorancia del lado oscuro del mundo. Llena de notables aforismos sobre las relaciones humanas, la novela condena y ridiculiza con precisión el idealismo sentimental de la vida familiar burguesa.

Ese aspecto social de la literatura de Márai (la pertenencia a la burguesía) es recurrente en su obra. No es casualidad que el primer tomo de su autobiografía lleve por título Confesiones de un burgués. Márai no esconde su posición, su formación intelectual ni su cultura. Los postmodernos dirían que asume con orgullo su identidad. Márai viene de una familia burguesa húngara, tuvo una educación equivalente y se considera custodio de esa tradición artística. A Márai le traen sin cuidado los reproches de la izquierda húngara, en aquellos años dominada por el leninismo más sectario. Para él, la literatura de calidad es burguesa. Márai, exitoso periodista formado en Alemania, empieza a publicar novelas y obras de teatro cuyo parentesco con la obra de Stefan Zweig resulta evidente. El rigor intelectual y la solidez literaria en Márai están bañados de una elegante nostalgia por las formas de una Hungría que ya no existía ni siquiera en su época.

No obstante lo anterior, el libro más memorable de Márai, en mi humilde opinión, es el segundo tomo de sus memorias. Tierra, tierra es el título de una obra literaria deslumbrante por la depuración de un estilo capaz de rozar la perfección. Lirismo atenuado por la crudeza de las descripciones ahí presentadas. El libro empieza con la imagen de Budapest, la ciudad de los sueños de Márai, devastada por el final de la Segunda Guerra Mundial. Es la estampa de los sobrevivientes a los bombardeos. El autor recorre los escombros de lo que alguna vez fueron calles, avenidas, cafés y plazas. Ante la desolación, Márai opta por regresar a su casa y encuentra su biblioteca arrasada. Pocas veces he leído un testimonio de amor por los libros tan hondo como el de Márai cuando encuentra todos sus tesoros bibliográficos en ruinas y esparcidos por el suelo. No llora, solo se acuerda de dónde y cómo los fue comprando. Algunos con las hojas desprendidas, otros arrugados, algunos de plano rotos.

Con muy pocas palabras, Sándor Márai transmite todo el dolor por su ciudad y sus libros. Más impresionante aún es la expectativa generada de un rescate por el ejército soviético. Márai había leído en la prensa internacional sendas descripciones del rescate de ciudades en Europa Occidental por parte de los ejércitos estadounidenses. Imaginaba algo similar para Budapest. Márai piensa que las formas totalitarias y racistas de hacer política de los invasores nazis quedarán desterradas para siempre al llegar los ejércitos soviéticos. Cuando llegan los soldados del ejército rojo, la bandera soviética cuelga de los edificios públicos, se prohíben las elecciones y se impone la “dictadura del proletariado.” Márai no da crédito a lo que está presenciando, pero la voz de los húngaros es silenciada por las instrucciones lejanas de Stalin. Estados Unidos, Inglaterra y Francia, países a los cuales Márai admiraba fervorosamente por su riqueza cultural, se reparten el mundo con Stalin y le entregan el territorio húngaro. Poco después, el propio Márai empieza a ser hostigado por no haber escrito literatura comunista para el pueblo.

En una escena bellísima, a fin de defenderse de los intrusos soviéticos que llegan a purgar su biblioteca quemando todos los libros de autores burgueses, Márai les pide que por favor lo respeten. Les muestra un ejemplar de un libro de Ilyá Ehrenburg, un escritor comunista a quien no pensaba leer, pero que le habían regalado sus amigos de izquierda. “Mire, soy escritor como Ehrenburg, por favor no dañen mi biblioteca”, les ruega. Su sorpresa no puede ser mayor ante la respuesta del soldado soviético, que palabras más, palabras menos, le contesta “Ehrenburg no es un escritor sino un propagandista. Escritores de verdad eran Tolstoi y Pushkin. Defendían la libertad. Ehrenburg es un adulador de la dictadura estalinista. Yo hago esto porque me obligan, usted es un hombre culto, no se humille así.” Ese guiño de complicidad entre hombres libres es uno de los gestos más hermosos que se hayan escrito en toda la literatura universal.

El desengaño con las ideologías del siglo veinte es una de las grandes moralejas en la obra de Sándor Márai. Inconsolable ante la destrucción de la Budapest de su juventud, Márai huye a Estados Unidos antes de que se consolide la dictadura soviética sobre Hungría. En las páginas de sus diarios, ya publicados en español, uno puede leer la amargura total con que vivió sus últimos años en San Diego, California. Su condena de la dictadura soviética no lo ciega ante los desastres del capitalismo estadounidense. Con humorismo cordial, describe en su diario la risa que le provoca leer en la prensa norteamericana que en Hollywood se fueron a huelga cientos de escritores.

“En mi época si un país tenía cuatro o cinco escritores de calidad vivos era mucho. La literatura es cosa seria. Los estadounidenses le llaman escritor a cualquier guionista de publicidad.” Harto de que la dictadura comunista siguiera en pie, y emocionalmente arrasado por la muerte de su esposa, compañera de cinco décadas, Márai se dio un tiro en la cabeza en febrero de 1989, meses antes de la caída del muro de Berlín. No vivió para regresar a su añorada Budapest, ya liberada de la dictadura, pero nos dejó una lección literaria y de humanismo vigente en nuestra época de nuevos autoritarismos, racismo y hombres fuertes. Volvamos a leerlo.

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