Aníbal Feymen
Segundo artículo de la serie en la que pretendemos demostrar que la denominada Reforma Energética, implementada en México durante el año de 2013, actúa como respuesta a la crisis de sobreacumulación y desvalorización que el capitalismo actual padece y se inserta de lleno en las pugnas imperialistas que imponen políticas intervencionistas en países dependientes con el objetivo de saquear sus recursos naturales y energéticos.

 Segunda Parte

 “Hacer América grande otra vez”, frase proselitista de Donald Trump, impone el objetivo de la actual administración estadounidense en el contexto del cambio de patrón de acumulación que el capitalismo experimenta.

En nuestro artículo anterior hemos hecho referencia a que los cambios de patrón de acumulación buscan la restauración de la dinámica de los procesos de valorización y acumulación capitalistas; para ello la gran burguesía imperialista se ve obligada a modificar algunos parámetros claves del modo de producción; esto es, modificar el régimen de acumulación. El régimen de acumulación es un conjunto de regularidades que aseguran una progresión general y relativamente coherente de la acumulación del capital; es decir, que permita reabsorber o posponer las distorsiones y desequilibrios que nacen permanentemente en el mismo proceso.

Un cambio de patrón de acumulación de capital implica: a) cambio en las formas de producción, distribución y utilización de excedente económico. En el caso del capitalismo, de la plusvalía; b) cambios en los modos de las relaciones internacionales de la economía. En el caso de las potencias imperialistas, redefinición de los nexos tanto con las otras grandes potencias como con los países dependientes y subdesarrollados; c) cambios en la esfera política al interior del bloque de poder, desplazamiento de la fracción dirigente o hegemónica por otra capaz de encabezar el nuevo estilo y cambios en los mecanismos de dominación. Es decir, en la relación clases dominantes contra clases dominadas.

Resulta claro observar que el proyecto político-económico impulsado por Trump en los Estados Unidos implica una abierta ruptura con los grupos neoliberales que le antecedieron en la Casa Blanca. Casi cuarenta años de políticas monetaristas hicieron que el desarrollo de la economía estadounidense se centrara predominantemente en el sector financiero-especulativo. Ahora Trump busca asignar una nueva dinámica a la economía norteamericana asentada en el sector productivo predominantemente; o sea, concretar la sustitución del antiguo patrón de acumulación. No por nada, su campaña presidencial dirigió su discurso al proletariado industrial norteamericano quien le confirió su voto fundamentalmente en los estados de Pensilvania, Ohio y Michigan, otrora poderosos centros industriales estadounidenses.

En este contexto, la denominada guerra comercial dirigida fundamentalmente a China no es sólo una pugna comercial, sino representa una ofensiva multidimensional en un nuevo escenario de pugnas inter-imperialistas mediante la cual Estados Unidos pretende sostener su hegemonía sobre cualquier otra consideración. Reducir la pugna que el gobierno de Trump sostiene contra China a una lucha meramente comercial es obviar que en la confrontación actual lo que está en juego son las dimensiones de lo militar, lo informativo, lo tecnológico, lo económico y, desde luego, lo energético.

Para Estados Unidos la clave para sostener su papel de superpotencia, además del desarrollo de su complejo industrial-militar, se encuentra en controlar el mercado energético mundial, como ya lo ha hecho Rusia. Por eso la Casa Blanca ha declarado a su política energética como una cuestión de seguridad nacional, por lo que los grupos de resistencia popular como los pueblos originarios, los grupos ecologistas o cualquiera que se oponga al desarrollo de estos planes energéticos, serán perseguidos.

Además, la posición de predominio mundial estadounidense pasa también por la completa defensa del elemento clave de su arquitectura económica: el dólar. Hasta ahora el dólar ha sido el sustento del comercio internacional y en la denominada guerra comercial contra China también se juega el futuro de esta divisa como la predominante en las transacciones comerciales del mundo. China, quien posee una  economía pujante, ha respondido a esta guerra comercial con el primer contrato de futuros de petróleo en yuanes que los países de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) ya han incluído en su católogo. Esto puede suponer la aparición de un nuevo índice de cotización del crudo en Yuanes; es decir, que junto al Brent y al West Texas Intermediate tendríamos la aparición de una nueva referencia petrolera china. Si bien es cierto que tendrá que pasar tiempo para que estos nuevos futuros petroleros desafíen realmente a los puntos de referencia actuales, el país asiático se convierte con ello en un referente global. Esto puede significar el tiro de gracia a Estados Unidos pues todo el sistema norteamericano se basa esencialmente en el mantenimiento de un orden financiero internacional por medio de la violencia y el dólar: el 50% del presupuesto militar norteamericano sostiene la imposición del dólar como moneda de cambio en el comercio mundial. El día que ese papel desaparezca, la inflación se presentará como un fenómeno desconocido hasta ahora por la historia.

No sólo Rusia y su proyectos North Stream y South Stream de Gazprom, sino la ofensiva China en torno a la yuanización de la economía mundial se convierten en serios obstáculos para la dominación mundial norteamericana; y en medio de esta pugna se encuentra el petróleo y la autosuficiencia energética.

En nuestra entrega anterior observamos cómo Rusia ha logrado perjudicar los intereses estadounidenses en la región de Oriente Medio; Irán y su aliado China también han dañado los planes de Estados Unidos en la conflictiva región. Pero ahora observamos el papel de China en la disputa imperialista mundial y en el dominio del mercado de los energéticos. Toda esta adversa situación refuerza la necesidad de la Casa Blanca por apoderarse de los recursos energéticos de los países dependientes sobre los que refuerza su influencia, como el caso de México, para lograr concretar con éxito sus procesos de reindustrilización que implica el nuevo patrón de acumulación.

Los Estados Unidos necesitan cantidades ingentes de energía: con sólo el 5% de la población mundial, consume una cuarta parte del total de las reservas energéticas del mundo. Aproximadamente un 40% de la energía proviene del petróleo: cerca de 20 millones de barriles diarios. Procurar toda esta energía a la industria norteamericana, sobre todo con las necesidades del nuevo patrón de acumulación, no sólo sigue siendo una tarea descomunal, sino que lo será más en los años venideros. Así que para Estados Unidos ingerirse los hidrocarburos mexicanos se convierte en una necesidad urgente.

Esta situación quedó demostrada en el año 2013 cuando el senado estadounidense, a través de su Comisión de Relaciones Exteriores presidida por John Kerry, presentó su documento de posicionamiento en relación con la política energética que debe seguir Estados Unidos con México, en los siguientes términos:

 “(…) La seguridad energética es un asunto vital para la política exterior y crecimiento económico de los Estados Unidos. (…) nuestra nación dependerá de la importación de petróleo en las décadas por venir. Fortalecer el comercio con vecinos confiables y amistosos como Canadá y México haría una valiosa contribución a nuestro futuro.

“México es un socio comercial confiable. (…) Para decirlo de manera directa, sabemos que podemos confiar en México como socio comercial, pero no sabemos la cantidad o la calidad del petróleo que podemos esperar que pudiera exportar en los años próximos.

“Dadas las sensibilidades políticas domésticas sobre el petróleo dentro de México, la relación bilateral en este tema se ha visto afectada. Sin embargo, el Presidente de México recientemente elegido (Enrique Peña Nieto), ha dado señales de su deseo de que trabajemos juntos en asuntos de energía, y el mayor partido político de oposición (PAN) se adhiere a este llamado. Estoy urgiendo a mis colegas, y a la administración Obama, a tomar esta oportunidad”[1].

Con estas declaraciones queda claro que la Reforma Energética en México es un instrumento de la burguesía imperialista anglosajona diseñada con el objetivo de garantizar el abasto de recursos, utilidades e impuestos de los mexicanos, en beneficio de las corporaciones y el fisco estadounidense. Estados Unidos requiere garantizar su soberanía energética y apoyar la rentabilidad de sus empresas, con sus operaciones en México, para  competir contra China, Rusia y su bloque económico que cuestiona su posición dominante.

[1]     Este documento de posicionamiento fue resultado de reuniones de trabajo y acuerdos alcanzados entre representantes del Senado estadounidense, con el equipo del presidente electo de México, Enrique Peña Nieto, líderes del Congreso mexicano, Pemex, la Comisión Nacional de Hidrocarburos, la industria estadounidense, académicos y la embajada estadounidense en México.
        (Consulte: Oil, Mexico and the Transboundary Agreement. A minority staff report prepared for the use of the Committee on Foreign Relations United States Senate. One Hundred Twelfth Congress Second Session. Washington, December 21, 2012. Printed for the use of the Committee on Foreign Relations. http://www.gpo.gov/fdsys/)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s