Arturo Rodríguez García

La Comisión Permanente del Senado de la República sesionó el martes por última vez. Al concluir esta semana, se consumará la renovación del Congreso de la Unión, y con ello, quedará atrás una de las legislaturas que, por sumisión al Ejecutivo, maniobrerismo y nula representación del interés popular, debería irse con vergüenza.

Poco sabemos del Senado y sus excesos, excepto cuando su boato y desenfreno han quedado expuestos ante la opinión pública:

Penoso fue ver a la senadora perredista, Luz María Beristain, hacer gala de su prepotencia contra empleados de una aerolínea y contra policías municipales. No conforme, muy ofendida, declaró que debería crearse la fiscalía especializada en agresiones contra políticos. Era mayo de 2013.

Peor aun fue la ocasión en que el senador panista Jorge Luis Preciado armó tremenda parranda en una terraza del recinto legislativo, aquel ya lejano 4 de febrero de 2014. La difusión de imágenes de jolgorio, terminaría costándole la presidencia del Senado. Aunque no era la primera vez que el fiestero hacía de las suyas, fue esa la gota que derramó el vaso.

Indignante, fue ver al priísta Emilio Gamboa, tener a su disposición  un helicóptero del Ejecutivo, aterrizando en una zona bajo protección ambiental, sólo para ir a jugar al golf con el presidente Enrique Peña Nieto.

Y qué decir de la exhibida a Layda Sansores, la aguerrida legisladora morenista, que se surtía de lo lindo en El Palacio de Hierro a cargo del presupuesto.

O de la componenda del PRI que cooptó al panista Ernesto Cordero, quien termina al frente del Senado, pasando por encima de su bancada, su partido y lo que se supone representaban.

Esos y otros escándalos son lo de menos cuando, precisamente, se trata de las componendas, de la forma en que la corrupción llegó al Senado para que sus integrantes aprobaran paquetes de iniciativas complejas, diseñadas en un lugar que hasta ahora también desconocemos pero que tuvieron por fachada el llamado Pacto por México.

Convertida en vil oficialía de partes, recibieron todo hecho y, cuando alguna propuesta se introdujo para adhisionar la iniciativa que llegaba, el levísimo soplo del espíritu del legislador quedaba anulado al pasar al pleno y publicarse el respectivo decreto como originalmente llegó: así ocurrió, por ejemplo, cuando la Reforma Laboral, prohibía la minería del carbón denominada eufemísticamente artesanal. Así ocurrió también, en las reformas energética y de telecomunicaciones para favorecer intereses privados.

Aprobaron la Reforma Laboral que despojó a las generaciones que entraron a la población económicamente activa a partir de 2013, de un futuro más o menos aceptable. Son responsables de legitimar la precarización del trabajo para favorecer a los patrones y anular los derechos que permitían la defensa del empleo y la dignidad.

Se encargaron de aceptar sin chistar la Reforma Educativa y presumieron, con Peña Nieto, recuperar la rectoría del Estado sobre el sector. Nada más falso que estuviera perdida, pero fue argumento elocuente para efectuar el daño.

Al aprobar sin ver la Reforma Energética, fueron cómplices del despojo y la consecuente conflictividad social en numerosas regiones del país; mantuvieron y ampliaron los beneficios de los banqueros, con su Reforma Financiera y, posibilitaron la concentración en los oligopolios mediáticos con la de Telecomunicaciones.

La lista de agravios de esa caterva de zánganos incrustados en el legislativo, es enorme. Se merecen el repudio de la sociedad, el castigo que les impida volver a ocupar un día un cargo de elección popular. Se merecen   la ignominia.

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