Raudel Ávila

En mi experiencia como lector de periódicos mexicanos, las tendencias editoriales son fácilmente agrupables en seis categorías. Primero, los incondicionales de López Obrador. Para éstos, el mundo se divide en blanco y negro, con un México de caricatura oprimido por las fuerzas del mal. Segundo, los propagandistas de la tecnocracia, amparados en estadísticas manipuladas y retratistas de una República Mexicana enteramente ficticia donde la inseguridad, la pobreza y la desigualdad no existen. Tercero, los columnistas de chismes “ayer comí en un restaurante de Reforma y el senador X aprovechó para referirme esto y aquello.” Cuarto, los académicos, revisores de la coyuntura desde la mirada del especialista en un solo tema. Quinto, los héroes del activismo de la sociedad civil, reproductores de los lugares comunes de lo políticamente correcto.

No obstante, hay una sexta categoría, excepcional por poco frecuente, de aquellos analistas con capacidad de aportar una perspectiva distinta. Una óptica con referentes internacionales, experiencia de la vida pública, conocimiento de la historia mexicana, contacto con la clase política y empresarial, vasta cultura, prosa de calidad, y muy especialmente, criterio independiente para criticar lo mismo a tirios y troyanos. No son los más populares. Son los indispensables para tener apreciaciones mejor equilibradas. En mi valoración muy personal, uno de estos nombres imperdibles era el de Juan Gabriel Valencia.

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Juan Gabriel Valencia. Imagen: Milenio

Me cuesta mucho recordar un sábado por la mañana en el que mi primera lectura del día no fuera su columna. La buscaba afanosamente como quien precisa su café matutino. No solamente me informaba. Me formaba. La opinión de Valencia poseía una originalidad y un estilo propio para mirar los asuntos públicos. Incisivo, crítico severo, pero rigurosísimo con los hechos. Una voz muy suya para despedazar los disparates discursivos o las acciones de la clase política mexicana: provinciana, mezquina, ignorante y corrupta como ha sido casi siempre. “Sin coincidencias” se llamaba el espacio sabatino de Valencia, donde efectivamente era muy difícil encontrar un punto de vista coincidente con la derecha o la izquierda convencionales. Tampoco daba tregua a los analistas especializados y la supuesta superioridad técnica que enarbolaban.

“Sin coincidencias” representaba para mí el placer adicional de leer una columna periodística bien escrita. Son tan pocos los periodistas contemporáneos a quienes preocupa la gramática, la sintaxis y el hallazgo de una voz propia, que el trabajo de Valencia era, cuando menos para mí, doblemente agradecible. El estilo de la prosa valenciana se construyó con los mejores referentes de la literatura mexicana. Recuerdo largas conversaciones con él sobre la obra de Juan José Arreola, pero muy especialmente la de José Luis Martínez, “imprescindible leerlo para redactar prosa mexicana decente”, me decía.

Sus interpretaciones de los hechos en cada editorial, siempre únicas, polémicas y políticamente incorrectas, obligaban al lector a repensar sus más firmes convicciones. Valencia no compraba la versión propagandística difundida por “la llamada transición a la democracia” como él decía, de un PRI monolítico, enteramente perverso y dictatorial. Su valoración, nunca exenta de un elevado componente crítico, rescataba las grandes figuras del pasado, pero sobre todo, las viejas costumbres y modos de hacer política en la calle.

Discípulo directo y cercano de José Luis Lamadrid, conocido como “el maestro Lama”, el jefe Valencia respiraba política con visión de estado, le pesara a quien le pesara. La amplitud de sus lecturas de filosofía política e historia le conferían una solidez inusual a sus reflexiones. Hijo de alto funcionario, hermano de embajador, Juan Gabriel Valencia encontró el espacio y la capacidad de hacerse de una personalidad propia como servidor público ejemplar en la Presidencia de la República, la Secretaría de Gobernación y la Secretaría de Desarrollo Social. Jamás tomó un peso ajeno, es más, con frecuencia no andaba sobrado de dinero y me consta que vivía con modestia espartana. Tampoco hacía gala de eso ni presumía su integridad con el mal gusto de otros exhibicionistas.

Al calor y olor de la infinidad de cigarros que consumía durante nuestras pláticas, Valencia disertaba sobre sus placeres culposos. Señaladamente, las novelas de John Le Carré. Las apasionantes intrigas de espionaje del escritor británico a quien Philip Roth calificó como “el mejor en lengua inglesa de la posguerra” constituían un gran deleite para Valencia. Por su experiencia personal como ex funcionario del CISEN, ignoro si Valencia gustaba de imaginarse a sí mismo como un personaje de aquellos libros, o bien relacionaba algunas de las tramas con incidentes mexicanos.

Su versión personal de asuntos insuficientemente estudiados, como la frustrada tentativa zedillista de destituir a Roberto Madrazo como gobernador de Tabasco, asunto en el cual Valencia estuvo involucrado desde Segob, daban para escribir un reportaje fascinante o hasta una crónica extendida en libros. Siempre le reproché que no lo hiciera. No quería. Pretextaba que pondría en riesgo su carrera (¿?) o bien temía que lo estuvieran vigilando. Un hábito muy suyo y muy incómodo en restaurantes ruidosos, era bajar la voz hasta niveles casi inaudibles, pues vivía acosado por la paranoia de que lo estuvieran grabando o espiando. Nunca entendí si eso obedecía a una mala experiencia personal o a mera desconfianza.

Una de las cosas que lamento de la partida de Valencia es la pérdida de su riquísimo anecdotario sobre políticos mexicanos y su conocimiento profundo sobre la arqueología y genealogía de las familias políticas en los estados de la República. Muy especialmente, su capacidad de narrador para transportarlo a uno a la época y revivir todo el ambiente y el entorno de la anécdota. Lograba sorprenderme continuamente, lo mismo en sus columnas que en charlas de sobremesa, con un detalle olvidado del parentesco de algún diputado, senador, gobernador o hasta presidente municipal con un ex presidente del PRI completamente olvidado por todos… excepto por él. Sabía quién había sido mentor o introductor en la política de cada una de las figuras famosas de la época a la que se estuviera refiriendo. Otro tanto ocurría con sus colegas editorialistas de distintos medios de comunicación, cuya vida personal e íntima refería con lujo de detalles para presentarlos a la luz de su más nefasto oportunismo.

Valencia tenía el invaluable don de la risa. Sin pretenderlo, lograba hacerme reír estruendosamente con su descripción de la trayectoria intelectual de numerosos secretarios de Estado. De este gobierno y los anteriores. No necesitaba ridiculizar a nadie o valerse del sarcasmo. Le bastaba reproducir citas textuales de sus discursos o conferencias de prensa y clavar su mirada en el interlocutor. Su rostro francamente feo, con expresión de pasmo y estupefacción, me hacían imposible evitar la carcajada.

Su conocimiento de la geografía y gastronomía mexicana lo transformaban en un contertulio fascinante. “En el mercado de abastos de (inserte aquí un municipio aleatorio), hay un puesto de pozole atendido por la señora Consuelo. Dile que vas de mi parte, verás qué sabrosos productos.” “En el tianguis X de Tlaxcala, busca el puesto de tacos dorados de la señora no sé quién.” A diferencia de otros políticos, escritores o periodistas, Valencia nunca me citó en un restaurante pretencioso. Su pasión era la comida de cantinas. La comida y la bebida. Por él conocí deliciosas botanas y entremeses en tantas cantinas que me avergüenza reconocerlo. Imposible seguir el ritmo a sus tragos, que, como a numerosos hombres de esa generación, no parecían producirle ningún efecto. Acaso le aportaban mayor lucidez y agudeza en sus análisis.

Hay una crónica espléndida de Artemio de Valle Arizpe sobre la preparación de las tortas de don Armando, en el centro histórico de la Ciudad de México. El texto describe detalle por detalle cómo las partía, los ingredientes que les untaba y el lector más riguroso en su dieta termina ansioso por devorar una de esas tortas. Algo similar me pasaba con una afición muy peculiar de Valencia que terminó por contagiarme irremisiblemente.

Si uno veía a Valencia para desayunar, él ordenaba un plato gigantesco de menudo (pancita le dicen los chilangos) y la preparaba con la minuciosidad del chef más refinado. Creo que lo que hacía más apetecible el platillo era el cariño con el cual lo iba aderezando Valencia. “Traiga por favor orégano”. “Un poco de cebolla picada si es tan amable.” “Tortillas recién calentadas si me hace el favor”, “no sea mala, me falta pimienta y ajo” les decía a las meseras. El aroma del platillo de menudo se volvía tan incitante que si yo había ordenado otra cosa, terminaba pidiendo mi porción gigantesca de “tráigame exactamente lo mismo que el señor por favor.” Por algún motivo, cuando yo preparaba mi tazón de menudo, nunca se veía ni olía igual de sabroso que el de Valencia.

Ah sí, su mal humor también alcanzaba proporciones jupiterinas. Juan Gabriel Violencia, lo apodaban. Ya entrado en gastos y bebidas, lanzaba rayos y centellas contra sus adversarios, pero sobre todo contra sus amigos y aliados priistas cada vez que cometían un error político. “Canta, oh diosa, la cólera de Juan Gabriel Violencia, cólera funesta que causó infinitos males a su carrera” se burlaba un amigo poeta en referencia a los versos iniciales de La Ilíada, obra predilecta de Valencia.

Valencia no se detenía a cuidar las formas cuando consideraba que sus superiores o los políticos con quienes simpatizaba incurrían en tonterías. En comidas con amigos como el Doctor Dudley Ankerson, me consta que distintas personas le aconsejaron moderar el tono de sus columnas. Nunca transigió. Podía perdonar la ignorancia, jamás la incompetencia. Les hablaba con la verdad, en persona o desde su columna. Lamentablemente, no ha nacido el político mexicano capaz de tolerar la verdad o resistir la crítica. “Nuestra política sigue siendo tan cortesana que no buscan asesores, quieren aduladores. Premian a quien les besa los pies y acusan de traidor a quien les presenta un cuadro de la realidad. Hace falta endulzarles todo, como si fueran niños” maldecía Valencia.

Lo que yo más le agradecía era su paciencia y el tiempo que me dedicaba. Pocas figuras aceptan entregar su tiempo a la atención de gente como un servidor, sin experiencia, sin dinero ni relaciones. Se tomaba la molestia de leer mis columnas en La Razón y aconsejarme “Me gustó tu texto sobre el Brexit pero tu enfoque está completamente equivocado. Analizas el asunto con una mirada exclusivamente doméstica. Debes voltear a ver los intereses de Vladimir Putin.” O bien, “mi hermano fue Embajador en Israel y me contó tal o cual cosa, lo que dices sobre el conflicto en Oriente Medio tiene mucho de propaganda.” Me mandaba por correo electrónico notas de portales como Al Jazeera, The Guardian, The Economist, sobre temas que sabía de mi interés.

En una ocasión, no recuerdo porqué, mencioné mi respeto por la obra de John Keegan, el gran historiador militar. “¿Te interesa la historia de la guerra?” me preguntó con los ojos iluminados de alegría. Empezamos a intercambiar nombres de nuestros historiadores bélicos y estrategas preferidos. Basil Liddell Hart, Clausewitz, Montgomery, etcétera. “Te falta leer a Victor Davis Hanson” me reprendió orgulloso.

Le agradezco tanto a mi amiga Cynthia López Castro, hoy diputada federal, que me haya presentado a Juan Gabriel Valencia hace diez años. Valencia murió este lunes. Íbamos a comer hace dos semanas. No me acuerdo porqué le cancelé y quedamos en organizarnos la siguiente semana. Conservo su último mensaje de whatsapp hace unos días “Perdona Raudel pero me surgió un problema serio de complicación con una de las piernas operadas. Te ruego me disculpes. Hoy mismo te hablo. Un abrazo.” Ese mismo día lo intervinieron por una cirugía y ya no volvimos a hablar. Todas las llamadas que hice posteriormente para enterarme de su estado de salud, las contestaba Claudia, su compañera de vida.

Si esto fuera una novela o una película, habría algún mensaje o significado oculto en su muerte. En la vida real no hay ningún simbolismo por encontrar, simplemente falleció sin motivo de fondo. La existencia humana es demasiado fugaz para perder el tiempo con especulaciones. No sé qué lección desprender de la pérdida de un amigo y mentor. Solamente pienso que cuando uno se da cuenta que el PRI marginó a figuras como la de Valencia y encumbró otras impresentables, resultaba muy fácil entender y anticipar el desastroso resultado electoral del partido en 2018. Sé que a sus lectores les hará falta su perspectiva luminosa, pero quienes tuvimos el privilegio de su amistad lo vamos a extrañar sensiblemente.

A veces lamento que poca gente conociera la obra periodística de Juan Gabriel Valencia. Luego me acuerdo del día que conocí a don Adolfo Castañón. El gran polígrafo de la Academia Mexicana de la Lengua y su humilde servidor compartimos una comida. Le hablé de mi interés por la obra de Ramón Rubín, novelista mazatleco a quien mucho admiro. Castañón y yo rápidamente nos acercamos por esa afinidad literaria. Castañón no solamente admiraba a Rubín, sino que había sido su amigo y conservaba el manuscrito inédito de sus memorias. “Es una lástima que prácticamente nadie conozca a Rubín” le comenté. Furioso, Castañón replicó airado “¿Y para qué quiere que lo conozcan muchos? Ramón Rubín no era un buscador de la fama, sino un escritor de verdad. Lo conocimos y admiramos Juan Rulfo, Adolfo Castañón y usted. Es decir, lo conocemos quienes teníamos que conocerlo. ¿No le basta?” Buen punto. A Juan Gabriel Valencia lo conocimos quienes teníamos que conocerlo, pero no me basta. Ojalá que alguien publique una antología de sus artículos periodísticos, para provecho de futuras generaciones de lectores y estudiosos del sistema político mexicano. Mientras, yo voy a comerme un enorme plato de menudo a su salud. Adiós jefe Valencia.

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