Afonso Brevedades / Imagen: Alejandro Saldivar. Proceso Foto

El profesor de piano sigue con la escala en el preescolar de al lado, su coro infantil va a tres cuartos y desde aquí todo parece armonioso, en su lugar. Qué es lo cotidiano si no el sonido de la radio en el apartamento de enfrente, el ruido del camión de la basura con su campana anunciante, el derrape de un carro que cruza a toda prisa la avenida, el llamado al timbre y la omisión del mismo. El minuto de silencio ha comenzado pero el barrio sigue sonando, aunque algunos ya están asomando su mirada por los balcones, dicen que tienen miedo de que vuelva a ocurrir lo de antes, es “como si la alerta me avisara que va a volver a pasar”.

Y aunque uno sepa por dónde viene el peligro, en este tipo de catástrofes la advertencia sólo sirve para elegir la ruta de escape, de huida, pero en todo caso siempre con el sentimiento de estar derrotado desde antes de la partida. Las escaleras vacías de los edificios habitacionales de pronto son ocupadas por los que participan del simulacro. Unos dicen que traen “acelerado el corazón”, otros que “sienten un hueco en el estómago” –ese arte de sentir lo que no está–, unos más sonríen y llevan la cámara encendida “para lo que se ofrezca”.

Bajando con lentitud, sin esa torpeza de hace doce meses, pero con la prisa del interior del cuerpo: son como la mecha apagada pero que coquetea con intermitentes chispas, como que sí y como que no. La explosión es el desborde del miedo, la intermitencia es el cuerpo estresado esperando a que lo convoquen a liberar esa carga de energía que viene acumulando desde hace cuatro pisos arriba. La memoria y su fisiología indirecta: el calor en el rostro, un leve temblor en las manos, la piel erizada y las rondillas que por momentos no quieren responder a la estabilidad necesaria. El cerebro no sabe de simulacros. El pasillo es largo pero esta vez no se mueve, así que avanzar no es complicado, no truenan las paredes y la cisterna no vomita el agua que moja por completo al que hace un año corrió desesperado creyendo que todo había acabado para él. Las paredes no se quiebran y las puertas no se azotan estrepitosamente.

Quietos los cables, unen las casas, pero también los recuerdos. Desde este poste hasta el otro hubo varias historias de dolor y que por esa voz que ronda las calles del barrio popular se han desbaratado los diques del olvido: “¡Alerta sísmica! ¡Alerta sísmica! ¡Alerta sísmica!”. Llegó puntual el recuerdo, por aquí las anécdotas y por allá un par de llantos que advierten que doce meses no son nada, que toda la vida nunca será nada si se vive en ausencia de quien se amó y se vio morir.

El encargado de la agencia funeraria ha sacado unas macetas y ha barrido la acera desde temprano; el de la tlapalería olvidó el aviso de simulacro, olvidó la fecha, se llenó de miedo nuevamente; el carpintero hizo caso omiso al llamado y desde el interior de su taller sale un polvo que nos es familiar, pero todos sabemos que es aserrín; el bar de enfrente abre más tarde.

“Así se movió”, cuenta el señor de la basura que culebrea con todo el brazo. “Yo estaba con el carpintero y pensé que el edificio se iba a caer” agrega y señala la torre más alta de la cuadra. El minuto de silencio ha pasado, el simulacro se ha terminado, las calles vuelven a quedar como antes: los carros aceleran para el rebase, el colectivo para en doble fila, el volumen de la radio volvió a ser alto, la callista ha sacado un cartel que anuncia un tratamiento barato y la fonda de comida corrida ha recibido a su primer comensal del día.

Al parecer la vida cotidiana es un juego entre olvidar y recordar aquí en el barrio, que por popular adopta otros modos de convivencia. El dolor no pasa, solo se camufla. Las escaleras vuelven a sostener los pasos de quienes bajaron hace cinco minutos, se esperaron un rato “por si temblaba”, pero al parecer no ha pasado nada. Sin embargo, estarán alertas el resto del día, incluso harán guardia esta madrugada.

Fue el cuerpo el que esta vez dio un grito apagado, se vio en el rostro desencajado de quien sabe que ha pasado por la peor experiencia de su vida. Fue la fisiología de un instante.

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