Raudel Ávila

El 13 de septiembre se cumplieron 32 años de la primera emisión de la que siempre ha sido mi caricatura favorita: The Real Ghostbusters. En México, el Canal 5 la tradujo como Los Verdaderos Caza-fantasmas. Es un poco vergonzoso reconocerlo, pero dada mi nula instrucción musical o lo aburrido que me resulta el cine de arte, mi película y mi canción favorita son también las de los caza-fantasmas.

Los caza-fantasmas, como todos los personajes de ficción de Hollywood, son hijos de su tiempo. La década de 1980 fue la etapa de esplendor del neoliberalismo y la tecnocracia en Estados Unidos, apadrinados por el Presidente Ronald Reagan. El concepto y la canción de los caza-fantasmas juegan con la idea, evidentemente falsa, de que cuando hay problemas, siempre podemos acudir a un grupo de técnicos para resolverlos. Uno de los grandes problemas de la infancia es el temor a lo sobrenatural y la muerte, de modo que los caza-fantasmas fascinaron a los niños de mi generación como expertos en el manejo de lo paranormal. A la fecha, me pone de buen humor el estribillo musical “Who you gonna call?” (¿A quién vas a llamar?): A los caza-fantasmas.

No solamente eso, la propaganda estaba cuidadosamente diseñada. Si bien cazar fantasmas y detener las amenazas sobrenaturales era un servicio público, resultaba indispensable acudir a un consultor privado para desempeñarlo, pues el Estado era demasiado inepto y corrupto para hacer la tarea. Uno de los principales oponentes de los caza-fantasmas era el gobierno de la Ciudad de Nueva York, que al principio ni siquiera tiene la inteligencia de creerle a su población cuando se quejan de la presencia de espectros y monstruos. En contraparte, el lema de los caza-fantasmas era “Estamos listos para creerte.”

Los caza-fantasmas eran originalmente un grupo de estudiantes de post-doctorado en la Universidad de Columbia, una de las mejores del mundo. Ray Stantz, Egon Spengler y Peter Venkman pierden el financiamiento público para sus investigaciones sobre fenómenos sobrenaturales y son expulsados de la Universidad. Otra vez, la incompetencia del Estado para entender los problemas cotidianos de la gente. La solución que encuentran los tres amigos es hipotecar la casa de Ray. Con el dinero obtenido, establecen su propio negocio y abandonan las actividades teóricas del cubículo académico a fin de perseguir fantasmas en las calles.

Estos personajes, a quienes se les sumaría Winston Zeddemore, un integrante de la comunidad afroamericana para que la película no fuera acusada de racismo, viven infinidad de aventuras. Éstas hicieron las delicias de quienes disfrutamos la ciencia ficción. El concepto es asombrosamente simple y tan elemental como para casi resultar insultante, pero funciona a la perfección como entretenimiento masivo. A tal grado, que originó artículos de análisis como fenómeno cultural en la revista The Atlantic, una de las publicaciones más importantes de la vida intelectual estadounidense, fundada, entre otros, por el eminente poeta y ensayista Ralph Waldo Emerson.

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Hay historiadores y críticos de cine que han dicho que todas las películas plantean un conflicto en la trama (un gran tema como el amor, la muerte o la soledad) y un desarrollo psicológico (crecimiento) de sus personajes. Los caza-fantasmas no. La historia no tiene ningún sentido argumentativo, simplemente presenta una sucesión de viñetas cómicas sobre las aventuras de los héroes. Tal vez ahí reside la clave de su éxito y vigencia, por lo menos para mí. La película no quiere enseñar nada ni transmitir mensajes profundos de ninguna especie, solamente es absurda y divertida. Si la he visto 50 veces, son pocas. Puedo recitar sus diálogos de memoria.

Los personajes son de una simplicidad encantadora. Ninguno de ellos es musculoso y atlético como otros superhéroes. Egon es un intelectual de peso completo, un pedante científico especializado en física nuclear y estudios históricos sobre incidentes paranormales en todo el planeta. Ray es un fanático de los comics y la ciencia ficción, por lo que vive ilusionado con la posibilidad de tener contactos sobrenaturales. Winston es un hombre de nobleza indoblegable que perteneció a la marina estadounidense y hace todo por servir a los otros, especialmente si son niños desprotegidos. Finalmente, el personaje más divertido de todos: El doctor en psicología Peter Venkman, líder del grupo.

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Por razones nunca esclarecidas, Peter pierde al amor de su vida, Dana Barrett (una distinguida y cultísima violonchelista de la orquesta sinfónica de Nueva York), la primera cliente de los caza-fantasmas en la película. Profundamente dolido, Peter nunca vuelve a mostrar ninguna emoción ni a hablar del asunto. Se convierte en un seductor de mujeres, frívolo, dotado de un gran sentido del humor, cínico y brillantísimo, interesado exclusivamente en diseñar publicidad engañosa para la empresa, establecer tarifas altas y negar el servicio a los clientes sin capacidad de pago para deshacerse de fantasmas.

El equipo de los caza-fantasmas no podría funcionar sin el apoyo fundamental de su valiente secretaria Janine Melnitz y su mascota verde, Slimer (Pegajoso en la versión mexicana), el fantasma glotón. Estoy hablando ya de la caricatura, pues en la película, Pegajoso es la primera amenaza fantasmagórica que enfrentan los personajes. Y es que la caricatura me parece muy superior a la película. La película era un proyecto fílmico de comedia sin mayores pretensiones. La caricatura ya pretendía crear una exitosa franquicia de ciencia ficción.

Entre los guionistas de la caricatura estaba el gran Michael Straczynski, un magnífico escritor de ciencia ficción, autor de varias novelas, responsable de grandes zagas en la revista del hombre araña, apasionado lector de comics y cuentos de terror. Creador también de la serie de televisión intergaláctica Babylon 5. En la tradición de lengua española, la ciencia ficción no ha corrido con gran suerte como género literario, pero en mi concepto es uno de los de mayor alcance en cuanto a profundidad reflexiva. Straczynski es mucho más que un artesano de la industria del entretenimiento. Es un artista de la ciencia ficción y un educador popular.

Muchos de los guiones de los episodios no solamente dotaron de profundidad a los personajes, sino que, interesada como estaba la industria televisiva de la época en dejar moralejas, impactan emocionalmente al auditorio infantil. Así en el memorable capítulo del aterrador Boogeyman (traducido como El Espanta-niños en Canal 5), vemos al monstruo responsable de asustar a Egon en su infancia y en consecuencia originar su interés por combatir lo paranormal. En otro capítulo conocemos la juventud de Ray en un pueblito perdido, de ahí su sueño de triunfar en la gran ciudad y regresar a que la gente de su aldea se sienta orgullosa de él. En uno más, nos topamos con la pasión de Winston por las novelas policíacas de Agatha Christie, cuyo fantasma se le aparece para pedir su ayuda en la conclusión de su último libro y facilitarle la resolución del más grande de sus misterios.

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Uno de los capítulos que más me ha conmovido en toda mi vida de televidente se llama “La cosa en el ático de la señora Favisham.” En los 80, Estados Unidos sacó a los adultos mayores de sus casas y masificó los hogares de retiro. Este segmento de la población empezó a sufrir trastornos de depresión y soledad. En el programa, los caza-fantasmas enfrentan un monstruo en el ático de una viejecita solitaria, que desde hace muchos años no se atreve a subir. Era el fantasma de un señor que odiaba al papá de la señora y quería vengarse de la familia. Al final del episodio, cuando los muchachos ya vencieron al fantasma, la señora Favisham, emocionada hasta quebrársele la voz, les dice “no sé cómo agradecerles, ¿quieren tomar un poco de té?” La respuesta de Ray es seca. “Disculpe, tenemos otro trabajo. Tal vez la próxima vez.” La señora lanza un “¡Oh! Ya veo. Quizá en otra ocasión. Gracias de nuevo” cargada de aflicción. El dibujo del rostro de Peter, el más insensible del grupo, se descompone, pues ya les había pedido a sus compañeros por primera vez que no le cobraran a este “cliente.” Los caza-fantasmas se meten a su automóvil, el fabuloso Ecto-1, y Peter se queda parado en la puerta de la señora. “¿Vienes Peter?” le pregunta Ray. “Ella está completamente sola Ray…” le contesta con la mirada desencajada y adolorida Peter. “Ya lo sé Peter, pero no haya nada que podamos hacer al respecto.” Peter voltea y con la voz temblorosa replica “No mañana, ni el día siguiente, pero hoy… es sólo que… mi mamá… ella pasó tanto tiempo sola (los papás de Peter eran divorciados) y nunca pude decirle cuánto la… ¿pueden atender el siguiente caso sin mí?” Egon deja por un momento el egocentrismo del intelectual y sonriendo, suelta un “no hay problema. Te veremos en la estación más tarde. Cuídate Peter.” Peter camina de nuevo hacia la casa, toca la puerta de la viejita y cuando la señora abre, vuelve a sonreír y le pide “De hecho, me encantaría una taza de té.” La señora Favisham sonríe y sus ojos se llenan de lágrimas sin emitir ningún sonido. Todo esto acompañado de un tema musical tristísimo. Ahí termina la caricatura. El efecto dramático es excepcional y habla por sí solo.

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Otro capítulo inolvidable es el del jinete fantasma que huye de una sombra siniestra. Al final nos enteramos que se trata de su propia sombra, y el fantasma huía para no enfrentar la realidad, pues había desperdiciado su vida portándose como un ser humano detestable y maltratando a sus semejantes.

A mi parecer, la obra maestra de Straczynski es el episodio llamado “Mr. Sandman, Dream Me a Dream” (Hombre de arena, suéñame un sueño). En los relatos populares de tradición inglesa, el arenero o el hombre de arena es una especie de duende que ayuda a la gente a dormir y es responsable de nuestra capacidad de soñar. En el universo de los caza-fantasmas, el arenero se harta de ver a los humanos destruyendo el mundo con guerras y catástrofes ecológicas, así que decide dormir a toda la humanidad y ponerlos a soñar con su fantasía favorita. El planeta tierra ya no está poblado por seres humanos sino por la materialización de sus sueños, cualesquiera que sean. Cuando ya durmió a todos los seres humanos, solamente quedan despiertos Winston y Janine. Winston está desesperado, pues no sabe cómo vencer al fantasma. De pronto, se encuentra con Albert Einstein (el sueño de Egon) y le confiesa con tristeza “yo no soy un científico como mis compañeros, no sé qué hacer.” Einstein lo reprende “jovencito, no son los científicos ni los técnicos quienes resuelven problemas, sino las personas inteligentes. Use su mente y encuentre la respuesta.” Acto seguido, Einstein se retira enojado.

Winston utiliza su ingenio y descubre que la clave para derrotar al arenero es pedirle a Janine que se deje capturar y sueñe que es un caza-fantasmas capaz de atrapar al arenero. Desarrolla su plan con éxito, pero antes tiene lugar un diálogo extraordinario en la historia de los dibujos animados. La caricatura se escribió en los años finales de la Unión Soviética y Straczynski es nieto de exiliados bielorrusos que huyeron del terror estalinista, aunque esto no se menciona en la caricatura. Recordemos que en la URSS, la ciencia ficción era uno de los pocos recursos de los escritores imaginativos para criticar la dictadura. Inventaban planetas en galaxias distantes aplastados por el yugo de monstruosos sátrapas y referían las desgracias del pueblo ruso con nombres encubiertos. Straczynski lo sabía muy bien. Así que el arenero le reclama a Winston “¿Por qué quieres detenerme? ¿No es mejor un mundo de sueños que uno de tristes realidades?”. “¡No!”, le contesta con firmeza Winston “Las personas sueñan para despertar y convertir sus sueños en realidad. La madurez también significa dejar de soñar para crecer y trabajar con la materia de lo real. Si no se admite la realidad, tampoco se puede transformarla”.

Debo haber tenido ocho o nueve años la primera vez que vi ese capítulo y cada vez que lo vuelvo a ver en Youtube o Netflix, este diálogo me impacta igual que en aquellos años por su luminosa vigencia. Parece concebido para analizar la política internacional contemporánea. Es un mensaje aparentemente poco apto para niños, pero es que Straczynski no subestima a su público infantil. Ya lo decía Juan José Arreola “¿Por qué si los niños son tan inteligentes, los adultos somos tan tontos?”

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Straczynski era tan buen escritor que varios capítulos de las primeras temporadas de la caricatura son adaptaciones de cuentos de terror de Edgar Allan Poe o H.P. Lovecraft, como el del monstruo Ctulhu. Finalmente, el contenido del show podía ser tan profundo, reflexivo, inquietante y atemorizante, que muchos padres de familia en Estados Unidos empezaron a protestar. Enviaron cartas indignadas a los estudios de animación y a los periódicos. Pensaban que sus niños no deberían ver algo así. Yo mismo recuerdo cómo mis papás consideraron prohibirme seguir viendo la caricatura por las pesadillas que me ocasionaba.

Los productores de la caricatura tuvieron que despedir a Straczynski. Posteriormente, rediseñaron la animación para hacerla menos realista (Los verdaderos caza-fantasmas tuvo, en mi concepto, la mejor animación de la década de 1980 en la industria estadounidense, junto con los Thundercats) y relanzarla como una caricatura más noña y estúpida bajo el nombre “Pegajoso y los verdaderos caza-fantasmas.” Nunca volvió a tener la misma profundidad, inteligencia y diálogos brillantes de la etapa Straczynski.

Posteriormente se estrenaría la película Los Caza-fantasmas 2. Recuerdo la intensa emoción que sentí cuando mi papá y mi primo Nicolás me llevaron a verla una tarde lluviosa en un cine de Plaza del Sol, en Guadalajara, hace como 28 años. No es una película a la altura de la primera, mucho menos de la caricatura, pero era un elemento adicional muy importante para un coleccionista de juguetes, comics y artículos de los Caza-fantasmas como soy yo.

Durante años, esperé el estreno de la tercera película de los caza-fantasmas. Sigo esperándola. Los protagonistas de las primeras dos ya nunca tuvieron ánimo para desarrollarla. Bill Murray, el intérprete de Peter Venkman, se consagró como actor de cine de arte en “Perdidos en Tokio” y ha caracterizado inclusive al Presidente Franklin Delano Roosevelt. Ha declarado en repetidas ocasiones que ya no es propio de su carrera artística hacer un personaje comercial o de ciencia ficción como Peter. Por su parte, Dan Ackroyd, el actor que dio vida a Ray Stantz, se convirtió en un exitosísimo comediante de Hollywood por cuenta propia. Harold Ramis, el actor que interpretó a Egon, también fue un próspero guionista de comedias de Hollywood. Falleció hace pocos años y hasta Barack Obama, siendo todavía Presidente de Estados Unidos, emitió un comunicado desde la Casa Blanca para decir cuánto lamentaba la muerte de Ramis. Dijo que Michelle Obama y él habían disfrutado mucho en su juventud las películas de los caza-fantasmas.

Finalmente, no sabía nada de Ernie Hudson, el actor que interpretó a Winston hasta hace un par de años. En una antología de los nuevos comics de los caza-fantasmas, publicados recientemente por la compañía IDW, Hudson escribió el prólogo y dijo que ningún personaje de su carrera lo ha hecho tan reconocido como Winston. Según él, pocas cosas lo enorgullecen tanto como cuando le gritan en la calle “¿A quién vas a llamar?”

La franquicia de los caza-fantasmas ha dado lugar a grandes secuelas, como la caricatura Extreme Ghostbusters, situada varios años después de la original y que intenta recuperar el tono lúgubre de las historias de Straczynski. En ella, un Egon solitario y envejecido debe entrenar un nuevo equipo de Caza-fantasmas ante el retiro de sus antiguos compañeros cuando la Ciudad de Nueva York vuelve a verse acosada por una epidemia de demonios. La animación y los guiones eran muy buenos, incluso en un par de capítulos volvimos a ver a los caza-fantasmas originales envejecidos, pero igual de simpáticos. No obstante, esta caricatura nunca logró el éxito y la proyección internacional de la primera.

También se siguen lanzando al mercado nuevos y nuevos juguetes de estos personajes. Igualmente, se han producido infinidad de videojuegos, algunos realmente notables, que continúan la historia original de los caza-fantasmas. Como ya dije, está la serie regular de comics actualmente en publicación por la compañía IDW, donde se han publicado historias tan divertidas como dos crossovers con las tortugas ninja. El hombre de malvavisco, el monstruo gigantesco enfrentado por los caza-fantasmas al final de la primera película, es un personaje internacionalmente reconocido y reproducido en peluches, llaveros, etcétera. El símbolo de los caza-fantasmas, similar al letrero de no fumar, aparece en calcomanías por todas partes.

Con todo, lo más significativo para mí, sigue siendo la influencia cultural de la franquicia más allá de sus seguidores originales. Joss Whedon, el notable escritor que inventó a Buffy La Caza-vampiros ha reconocido su inmensa deuda con los caza-fantasmas. Muy especialmente, la capacidad de aquella vieja caricatura experimental que trataba a los niños como personitas lo bastante inteligentes para presentarles historias complejas y reflexivas capaces de estimular la imaginación disfrazadas de cuentos de terror y ciencia ficción. No en balde, como escribió Ernie Hudson al final de su prólogo al tomo de comics de los caza-fantasmas, “han pasado más de treinta años desde el estreno de la primera película y de la caricatura, pero “Still busting, man… still busting (seguimos cazando, viejo… seguimos cazando)”. Sí, seguimos cazando.

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