Adriana Esthela Flores / Imagen: Proceso Foto

Existen numerosas formas en que se manifiesta el horror. Desde la pasmosa descripción de una serie de decapitaciones o la manera en que nos enteramos de cómo a un normalista de Ayotzinapa, Julio César Mondragón, sus verdugos sin nombre le quitaron el rostro en una madrugada del 27 de septiembre de 2014.

Esta semana, en el estado de Jalisco, al occidente de México, se inscribió otro capítulo del prontuario de horror que nos ha dejado la guerra contra el narcotráfico:

Doscientos setenta y tres cuerpos estuvieron rodando a bordo de un tráiler porque ya no había espacio para ellos y sus dignidades en las bodegas del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses.

Doscientos setenta y tres cadáveres de quienes fueron personas, integrantes de una familia, vidas, estuvieron transitando a lo largo de varios puntos de la zona metropolitana de Guadalajara, sin tener ni el funeral ni el entierro que merecían, sin caber en ningún lado. Expulsados de la vida y después, de un territorio.

La cronología del caso de la morgue rodante es tan fría que espanta:

El fiscal de Derechos Humanos de Jalisco, Dante Haro Reyes, reveló que el plan era llevar los cuerpos a una bodega, pero el viaje se complicó porque el gobierno del municipio de Tlaquepaque (donde se ubica el recinto), clausuró el lugar.

En la segunda parte del trayecto, la morgue rodante se dirigió a la bodega de la fiscalía, pero su gran tamaño le impedía entrar. Entonces –según Haro-, la empresa que rentó el camión recomendó un sitio temporal donde estacionar el tráiler.

En el tercer punto del viaje, se complicó la historia: el tráiler se atascó en el lodo de un campo ubicado atrás del fraccionamiento Paseos del Valle, en el municipio de Tlajomulco. De inmediato, los vecinos reportaron en sus redes sociales los olores fétidos y los hilos de sangre que salían del tráiler. Ahí, el escándalo se volvió nacional y luego internacional.

Como suele suceder, los políticos salieron con las típicas decisiones de aplicar mano dura –el gobernador del estado, Aristóteles Sandoval, despidió al director del instituto y luego al fiscal general- para encubrir su aberrante cascada de omisiones que derivó en el macabro viaje de los tráileres.

Luego, otra vez lo típico: ahora sí, después del escándalo, a resolver la inmundicia. Ahora, que fueron evidenciados.

(En México, a esta práctica de corregir el error después de que alguien pagó el precio por ello le llamamos “muerto el niño, a tapar el pozo”)

Según datos recopilados por medios de comunicación y testimonios de funcionarios involucrados, el Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses tiene 444 cuerpos: 49 en el Servicio Médico Forense, 273 en el vehículo rodante y otros 122 en un segundo tráiler que permaneció dentro de su bodega.

El gobierno estatal anunció que comprará 900 bóvedas para –ahora sí- dar una inhumación digna a los cuerpos.

Con eso, buscaba poner punto final a la narrativa de horror pero ésta no solo paró, sino que se profundizó con otro episodio: el de decenas de familiares de desaparecidos de ocho estados del país que llegaron a Jalisco para tratar de averiguar si entre los cuerpos, está el de sus seres queridos.

Los familiares montaron un plantón afuera del instituto para exigir la más mínima muestra de justicia del Estado indolente. Llevaron sus pancartas –esas que han llevado a lo largo de su lucha para encontrar la respuesta al “¿Dónde están?”- con tal de poder entrar a la bodega y mirar para ver si entre los 273 está el de los suyos. Y llevaron, otra vez, ese llanto que se ha vuelto sello de las dos últimas décadas en México.

Hay algo que agrava este relato de horror: la indolencia colectiva.

Ya lo advertía el colega periodista de Sinaloa, Javier Valdez: “En este país, nos hemos acostumbrado tanto a la violencia, se ha vuelto algo tan cotidiano, que ya no nos sorprende. No la queremos ver porque no queremos sufrir y sufrir es comprometerse”

Exhortaba Javier: “Hay que volver a comprometernos: hay que volver a encabronarnos”.

Los muertos –nuestros muertos- despreciados de Jalisco merecen un trato digno por parte del Estado que no les garantizó la vida.

Hay que volver a encabronarnos.

Posdata: Les recomiendo, como siempre, un poema. “Herejía”, de Gonzalo Rojas. Nos vemos el próximo domingo, con un café y un cigarro.

 

NSP: Artículo originalmente publicado en El Grillo Web

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