Aníbal Feymen

 Segundo artículo de la serie con la que el autor denuncia el genocidio que potencias imperialistas comenten contra el pueblo de Yemen y que la comunidad internacional, a través de su silencio y de su respaldo a la coalición agresora, avala la violación a la autodeterminación de los pueblos y la desaparición de todo marco legal en materia de guerra. Asimismo, devela los objetivos geoestratégicos de este ataque exterminador.

 La invasión imperialista a Medio Oriente

El análisis de la región de Medio Oriente resulta en extremo complejo por las características sociales, económicas, políticas, culturales, étnicas y religiosas de cada uno de los países que la integran. Poseedora de una extraordinaria riqueza en hidrocarburos y situada en privilegiados mares, golfos y estrechos geográficos, se ha convertido en eje estratégico de la acción colonial de las distintas potencias imperialistas que se disputan la hegemonía mundial en el orden económico, político y militar. En este sentido, el Medio Oriente se constituye como escenario de grandes confrontaciones o pugnas inter-imperialistas al instituirse, de facto, en asentamiento de los intereses primordiales de los países imperialistas como Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y China; y de las diversas potencias regionales como Irán, Israel, Arabia Saudita y Turquía.

Debemos resaltar que históricamente la expansión imperialista en Medio Oriente se desarrolló en medio de un contexto de intensas luchas de clases que fueron duramente reprimidas por regímenes autoritarios, despóticos y corruptos impuestos en los principales países proveedores de crudo y que, igualmente, han actuado como garantes del imperialismo en dicho territorio. Ya desde el final de la Primera Guerra Mundial se generó la repartición colonial de la región entre Inglaterra y Francia quienes aseguraron su control monopólico a través de la dominación militar.

Uno de los rasgos fundamentales del imperialismo es, efectivamente, el reparto del mundo por los países capitalistas altamente industrializados y desarrollados. La Segunda Guerra Mundial no fue otra cosa que la encarnación objetiva de las pugnas inter-imperialistas que vio emerger como potencia dominante a los Estados Unidos quienes, de manera crucial, respaldaron decididamente la creación del Estado de Israel que en los hechos se ha convertido en el principal enclave militar del imperialismo anglosajón en Medio Oriente y que se ha afianzado a partir de la implementación de la política de Terrorismo de Estado, del despojo y del saqueo en contra del pueblo palestino.

En la actualidad se desarrollan un cúmulo de conflictos en la región que no representan otra cosa que la invasión imperialista que los países integrantes de la OTAN –con Estados Unidos a la cabeza– realizan en Oriente Medio con lo que buscan afanosamente obtener espacios privilegiados para asegurarse nuevas zonas de reparto que les garanticen el control monopólico de los recursos naturales y energéticos, así como de espacios geográficos ventajosos para el comercio y la sistemática acumulación de capital. Sin embargo, el ulterior desarrollo económico y militar alcanzado por China y Rusia, los ha insertado de lleno en la región asiática como potencias protagónicas en el nuevo reparto del mundo. Toda intervención militar extranjera en Medio Oriente responde a este objetivo imperialista.

La crisis estructural que padece el capitalismo actual ha acelerado los planes expansionistas del imperialismo en la región. La crisis en curso, donde la desvalorización y la sobreacumulación se presentan de manera recurrente en los ciclos de reproducción capitalista y que impactan negativamente en la tasa de ganancia, hace necesario echar a andar la maquinaria de la guerra como última alternativa para superar la etapa crítica que vive el modo de producción. La guerra como alternativa irracional para superar la crítica caída de las utilidades de la gran burguesía imperialista no es un fenómeno nuevo, pero en la actualidad adquiere dimensiones jamás vistas en la historia.

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Siria en 2018. Foto: NU-DH

La guerra es el escenario que el imperialismo ha preparado en Oriente Medio

En Siria, una cruenta guerra que durante siete años ha devastado el país árabe es el lugar donde se confrontan abiertamente los intereses económicos rusos y estadounidenses por el dominio monopólico del mercado de gas natural en Europa debido a su particular posición geográfica, pues al estar situada en la costa oriental del Mar Mediterráneo conserva una distancia intermedia entre el Mar Negro y el Caspio, por una parte y por otra el Mar Rojo y el Golfo Pérsico. Siria es sin duda una zona de vital importancia para el transporte de petróleo y gas natural desde los centros de producción de Medio Oriente a Europa.

En Irak, al igual que en Siria, el imperialismo norteamericano y las potencias occidentales utilizando el argumento de la lucha contra el terrorismo, han implementado sus bases militares, poniendo en riesgo la independencia del país y contribuyendo a crear una mayor inestabilidad política y militar en toda la región.

La guerra de invasión imperialista en Yemen busca apropiarse de las zonas –aún no explotadas– rebosantes de petróleo y gas que se encuentran en el subsuelo al sur del país e, igualmente, tener posesión y dominio geográfico de dos puntos geoestratégicos cardinales: la isla Socotra y el Estrecho de Bab Al-Mandab –un estrecho a los dos lados de Yemen y Somalia donde transitan 3.5 millones de barriles al día y cuya obstrucción afectaría el precio del petróleo y, desde luego, los intereses energéticos de China–.

Todos estos objetivos políticos, en las conflagraciones bélicas en Medio Oriente, son aspiraciones de mediano plazo. Pero ante la crisis estructural capitalista se busca una ganancia inmediata y tangible: el desarrollo del complejo industrial-militar, pieza fundamental en el sostenimiento del capitalismo actual.

Pero antes de exponer la relevancia del complejo industrial-militar, consideramos necesario caracterizar –aunque sea brevemente– el contenido cualitativo de la crisis estructural capitalista.

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Yemen. La devastación. Foto: NU-DH

La crisis capitalista actual y la guerra

De acuerdo a los planteamientos vertidos por Carlos Marx en su vasta obra sobre el capitalismo, la crisis estructural refiere al periodo crítico donde la relación histórica fuerzas productivas–relaciones sociales de producción encuentra un nivel de contradicción que se debe superar. Los fallos estructurales del modo de producción dan muestra del agotamiento histórico del sistema. Estos fallos estructurales del capitalismo son: la caída de la tasa de ganancia, desempleo crónico, estancamiento productivo, especulación financiera, migraciones, hambrunas, devastación ecológica y guerras.

Cuando el régimen de acumulación vigente se agota y el mismo capitalismo busca configurar uno nuevo estamos en presencia de una crisis estructural. Dicho de otro modo, la restauración de la dinámica de los procesos de valorización y acumulación capitalistas, obliga a modificar algunos de los parámetros claves del sistema. Toda crisis estructural inaugura un periodo de transición hacia un nuevo patrón de acumulación. Es éste el que se encarga de resolver la contradicciones que provoca el colapso del patrón antiguo.

Las crisis se desprenden de la naturaleza misma de la producción capitalista, o sea, del hecho de que por su esencia es un proceso de valorización del capital y no un simple proceso de producción de bienes y servicios. Entonces, la crisis es una forma violenta de restablecer las contracciones normales de reproducción del capital. Al respecto, dice Marx en el tercer tomo de su excepcional obra El Capital: “Las crisis son siempre soluciones violentas puramente momentáneas de las contradicciones existentes; erupciones violentas que restablecen pasajeramente el equilibrio roto”. De esto se desprende que la crisis no es una manifestación de la enfermedad del capitalismo o de su tendencia permanente a la depresión, sino realmente es un elemento de su dinámica; parte de la dinámica de acumulación.

El contenido material de las crisis es la destrucción del capital sobrante en todas sus formas: capital productivo, capital dinero, capital mercancías. Mientras más rápido sucede esta destrucción, más corto será el periodo para restablecer las condiciones de un nuevo ciclo de acumulación. Y es en esta necesidad de destruir capital sobrante donde adquiere una relevancia esencial el desarrollo de la guerra. Guerras que destruyan masivamente fuerzas productivas y fuerza de trabajo humana; infraestructura y mercado; una guerra que reactive el equilibrio económico y que permita iniciar de nuevo un ciclo de acumulación… Sin duda, ésta es la costosa aportación que el genocidio en Yemen hace a la funesta expansión del imperialismo.

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