Cartas desde México

Adriana Esthela Flores / Imagen: Archivo CCUT UNAM

Solo seis días separa la conmemoración de dos de los episodios de mayor injusticia en la historia contemporánea de México y que coinciden en que las víctimas fueron estudiantes y el Estado, el perpetrador: la desaparición forzada de 43 normalistas de Ayotzinapa y la masacre de Tlatelolco.

El miércoles 26 de septiembre, ya en el ocaso del actual gobierno federal,  los medios de comunicación destinaron amplios trabajos y mostraron en titulares la manera inédita en que madres y padres de los 43 normalistas desaparecidos llegaron al debutante Congreso de la Ciudad de México y a la Cámara de Diputados. Los rostros de los 43 estudiantes estuvieron en el pleno del Poder que tiene la representación popular y ante ellos, legisladores de la mayoría morenista hicieron el pase de lista y exigieron justicia. Inédito, tanto como el encuentro de los agraviados con el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, quien les prometió crear la Comisión de la Verdad que les ha sido negada por el gobierno de Peña Nieto.

Luego, madres y padres de los 43 (excepto Minerva Bello, quien murió hace meses sin justicia y sin haber vuelto a ver a su hijo Everardo), encabezaron una marcha y un mitin en el Zócalo. Las fuerzas de seguridad del gobierno no estuvieron para reprimirlos, como sí ocurrió en 2014.

Me sorprendió ver comunicadores hablando en televisión de la injusticia, del dolor de las familias, de 43 muchachos que nos faltan a todos. Un tono que no vi hace cuatro años, cuando había decenas de colegas cuestionando qué hacía un grupo de estudiantes pobres yendo a “secuestrar” autobuses a otro municipio y otros comprando la línea gubernamental de vincularlos, de inmediato, con grupos del narcotráfico. Más tarde, la prensa ruin cuestionaría el gasto del gobierno en la estancia del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) que investigó y encontró numerosas irregularidades en la investigación oficial del caso. Pero este año –después de cuarenta y ocho meses de ausencia de los estudiantes, una lucha sin tregua por parte de sus familias y el apoyo de organismos internacionales-, el reclamo por los 43 apareció en titulares con la acusación que se hizo desde el principio, desde aquella noche en que los normalistas fueron perseguidos durante horas por policías y el crimen organizado ante el conocimiento del Ejército que no hizo nada para evitar su desaparición: “Fue el Estado”. Igual que en aquel 2 de octubre de 1968.

Se acerca ya el 50 aniversario de la matanza de Tlatelolco y la memoria vuelve a arder. Cincuenta años han pasado y uno de los principales responsables, Luis Echeverría Álvarez, entonces secretario de Gobernación, sigue tranquilo en su casa. Impune.

Cincuenta años y no fue sino hace meses que la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) reconoció que la masacre fue un crimen de Estado. Cincuenta años y apenas tendremos acceso a todos los archivos clasificados del hecho. Cincuenta años y la injusticia se nos ha tatuado como cultura gracias a la falta de castigo alimentada por un gran aliado: el olvido.

Prueba de ello es que, a solo una semana de que la imagen de su agresión fue motivo de indignación internacional, pocos medios o líderes difunden cómo está el joven de 21 años, Rodolfo Manuel Palomo Gámez, golpeado de manera brutal antes de un partido de fútbol en mi natal Monterrey. Según colegas, está vivo gracias a un respirador artificial, así que continúa grave.

No lo olvidemos ni a él ni a la vergonzosa sentencia de solo nueve años de prisión para el exgobernador de Veracruz, Javier Duarte, por haber cometido asociación delictuosa y lavado de dinero en detrimento de miles de ciudadanos; ni al álbum de la ausencia, el catálogo con fotografías de prendas, identificaciones y otros objetos correspondientes a los restos encontrados en las fosas clandestinas de Veracruz; ni al disparo en la cabeza que apagó la vida del ingeniero Jesús Javier Ramos Arreola, opositor a la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México al que acusaba de destruir el cerro del Tenayo.

En fin, ha sido un arranque de otoño cargado de memorias

Para no olvidar.

  1. Como siempre, poesía. Ahora con esa multitud de luz llamada Carmen Alardín

“Sin palabras quiero guardarte/sin memoria, sin espectros/sin ningún más allá que nos pregunte/sin ningún más acá que nos conteste/Guardarte elemental y simplemente/como un poco de lluvia en el tejado/o el caracol retiene, según cuentan/el sonido del mar”

Nos vemos el próximo domingo, como siempre.

Con café y cigarro

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