CARTAS DESDE MÉXICO

Adriana Esthela Flores

Juan Carlos “N” se convirtió esta semana en la figura central de las noticias sobre México. La historia del presunto feminicida serial descubierta luego de que la Fiscalía del Estado de México lo detuvo a él junto a su esposa Patricia mientras llevaban una carreola con restos humanos, fue el platillo principal en el menú de atrocidades que todos los días se cometen en este país donde la impunidad se ha vuelto una cultura.

Los relatos en extremo detallados y dolorosos sobre la forma en que Juan Carlos violaba, mataba, destazaba y comía a sus víctimas llenaron páginas y páginas de periódicos, minutos de tiempo aire en televisión y los imperiales clicks en redes sociales. El clímax mediático llegó a mitad de semana, cuando se difundieron diez minutos de la declaración que el presunto feminicida rindió ante el Ministerio Público y en la que explicó que mataba a las mujeres por odio y advertía que, mientras siga en este mundo, seguirá matando.

No tardaron los medios en bautizarlo, de forma amarillista, “el monstruo de Ecatepec”; amarillista porque, en estricto apego al significado de la palabra, no es tal. Y segundo: porque Juan Carlos “N” pueden ser muchos hombres en este país en el que el odio normalizado por el sistema patriarcal permite que nueve mujeres sean asesinadas cada día y otras tantas más desaparezcan, sean violadas y acosadas sin que pase absolutamente nada. Llamarle “monstruo” a alguien que creció y actuó dentro de este contexto es edulcorar lo realmente grave: el sistema de impunidad que sentencia solo cuatro por ciento de los feminicidios y en el que todo un aparato del Ministerio Público no impidió que este hombre siguiera matando.

Monstruoso es este sistema en el que las madres de las víctimas son las que investigan y se arriesgan para encontrar al verdugo de sus hijas; monstruoso es que Ecatepec –municipio donde se desarrolló este caso- sea epicentro nacional de feminicidios y ningún gobierno haya respondido ante la emergencia; monstruoso es que la bebé Valentina, vendida por la pareja a un precio de 15 mil pesos (unos 700 dólares), no haya desatado ni cuestionamientos mediáticos ni investigaciones más amplias sobre redes de trata de personas en el Estado de México; y monstruoso es que, mientras usted lea este texto, el novio, el esposo o el amigo de una mujer mexicana la mate tan fácil, ahorcándola, dándole un disparo o golpeándola, como ha sucedido en miles de casos.

Los monstruos nos saltan por doquier entre los hilos de este tejido mexicano. Esta semana, por ejemplo, mataron a ocho trabajadores en mi natal Monterrey, al noreste del país, que fueron aplastados por el derrumbe en la construcción de una plaza comercial que ni siquiera tenía permiso. Los monstruos se llaman corrupción, voracidad inmobiliaria, desorden urbano. Neoliberalismo.

Los monstruos acechan también a las comunidades cercanas al municipio de Texcoco, donde el gobierno de Enrique Peña Nieto construye el Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM). El Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra ya lanzó la campaña #YoPrefieroElLago para denunciar el ecocidio que cometen las constructoras, al amparo del gobierno, con tal de llevar a cabo esta megaobra que será sometida a consulta durante la última semana de octubre. Por cierto, aún no hay respuesta sobre el móvil detrás del asesinato del ingeniero Jesús Ramos Arreola, defensor del Cerro del Tenayo y quien murió tras recibir un disparo en la cabeza afuera de su casa, en Tlalmanalco. El ingeniero había denunciado que el cerro estaba siendo devastado para construir el aeropuerto.

Los monstruos caminan entre nosotros cuando irrumpen una noche cualquiera, en una zona vecinal al sur de la Ciudad de México, para matar en cuestión de minutos a un hombre identificado por la Procuraduría local como lugarteniente del Cártel de Sinaloa y aquello se convierte en el espectáculo de la jornada, con café y cigarros incluido y la transmisión en vivo en redes sociales. Un gesto de muerte multiplicado en un instante que mañana se convertirá en un simple titular y abrirá la puerta al olvido inmediato porque, al final, no importa un muerto más en este país donde matan a alguien cada 15 minutos y la violencia es tan fuerte que se nos ha marcado en la piel y en la memoria a grados, incluso, de sublimación; a grados, incluso, de volverla poética.

Por tanto, Juan Carlos “N” termina siendo un presunto feminicida serial recluido en un penal mientras se desarrollan las audiencias judiciales en contra de él y su esposa Patricia por su confesa responsabilidad en al menos veinte feminicidios.

Mientras, allá afuera, los monstruos siguen libres.

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