Arturo Rodríguez García

Reivindicado por los historiadores, incrustado en el discurso de algunos gobernadores desde hace tiempo, el ideal federalista suele verse como asunto histórico, reliquia retórico del sistema, o en el mejor de los casos, argumento para el reclamo exclusivo de orden fiscal.

Sin embargo, desde hace unos seis años, el retroceso en la soberanía de estados y municipios, se patenta en prácticamente todos los rubros que el centralismo reclama para consolidar proyectos políticos de largo alcance, mientras los gobernadores se han quedado sin fuerza para resistir.

La razón para que eso ocurra tiene que ver con el desajuste provocado por el fin del antiguo modelo hegemónico, cuya supremacía presidencial se fundaba en el ejercicio de un poder metaconstitucional por encima de la ficción jurídica.

En un país donde no había elecciones democráticas, la designación del candidato del PRI a gobernador era imposición presidencial, oferta política para la simulación, con capacidad de remover del cargo a quien el presidente decidiera como ocurrió, por ejemplo, con Carlos Armando Biebrich, en Sonora; Óscar Flores Tapia, en Coahuila; o Sócrates Rizo, en Nuevo León, sin contar los numerosos casos de entidades como Guerrero y Chiapas.

Con el arribo de Vicente Fox a la Presidencia, los gobernadores asumieron mayoritariamente sus funciones, defendieron su autonomía, se desmarcaron del presidente.

La oportunidad de consolidar el avance democrático se vio frenada por lo que ya la filosofía política ha expresado desde la Escuela de Turín, en el axioma “el problema de la política es el problema del poder”. Así que más proclives al equilibrio y los concensos metaconstitucionales, el poder sin conrapesos, optaron por la consolidación de su fuerza y replicaron el modelo de control sobre su ámbito de influencia, es decir, los municpios.

Aun peor. Una vez creadas las instituciones para el avance democrático, simularon de nueva cuenta el cambio, pero tomaron para sí organismos como el electoral y el de transparencia, cancelando la posibilidad de que se concretara el ejercicio de dos derechos políticos fundamentales: democracia electoral y acceso a la información.

Mantuvieron el control sobre la información y la libertad de expresión, valiéndose no sólo del dinero como suele plantearse, pues en muchos casos fue con amenazas, hostigamiento, agresión y violencia, de manera directa o a través de los grupos civiles armados, con el caso del Veracruz de Javier Duarte como el más brutal ejemplo.

Cuando se supuso que la educación debía adaptarse a la identidad de cada región, la descentralización del sector no generó el desarrollo local, pero si una importante fuente de recursos económicos, materiales y humanos, para asentar en eso las estructuras electorales.

Cuando se dieron cuenta de que podían contratar créditos, se excedieron. Sin contrapesos, hubo corrupción. Y entonces, como todo en lo local se asume corrupto, el centralismo encontró la ocasión perfecta para revertir soberanías:

Impuso al INE y al INAI sobre los organismos locales; asumió la rectoría sobre el sector educativo; impuso la idea de la militarización por la incapacidad local y articuló normas de control sobre los recursos de las entidades federativas.

Lejos de que los estados y municipios alcanzaran, digamos, su mayoría de edad, hoy se piensa en normas generales, en más controles, inclusive –novedad de la Cuarta Transformación—en la imposición de cogobernadores con manejo de programas sociales y la intervención de las auditorías superiores desde la federal.

Para muchos eso es necesario y hay que dar el voto de confianza a un hombre, cuando la historia demuestra que la confianza debe ser en la institucionalidad democrática y que esta pasa necesariamente por el federalismo que se ha quedado sin defensores.

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