Arturo Rodríguez García

Los reclamos democráticos al interior del sindicato petrolero llevan tiempo en gestación, pero nunca como hasta ahora habían tomado tanta fuerza en el interés por terminar con el cacicazgo de Carlos Romero Deschamps.

El veterano dirigente es uno de los más representativos de la antidemocracia sindical, con cuatro reelecciones en cinco lustros, a sus 75 años se mantiene, aplastando a la disidencia, impidiendo el avance de opositores y, sin recato en la opulencia, ha entendido cómo navegar en las aguas de las transiciones.

Porque Romero Deschamps es un hombre de la transición, como casi todo el corporativismo priísta, mimetizado y acomodaticio en los gobiernos panistas, que subsiste hasta ahora como un reducto de lo peor de la política mexicana que vino del antiguo régimen.

Como siempre, pero con mayor fuerza en el período de la alternancia, su signo fue la corrupción y el alcahuetismo con la parte patronal, basado la promesa de estabilidad laboral lo que en efecto consigue, mediante un control autoritario y una personalísima excepción ante la ley.

Cada tanto, se revelan los excesos personales y familiares, se habla no sólo de las mascotas de su hija, sino del chef que les cocina a las mascotas en el yate, de los vehículos de lujo de su vástago… de los excesos que ni siquiera se les conocieron a los dirigentes del viejo sindicalismo en su esplendor.

La disidencia es aplastada en términos laborales y pareciera que la suerte está de su lado cuando, por ejemplo, Hilario Vega Zamarripa, dirigente neoleonés que pretendía disputarle el liderazgo en 2007 y había dado una larga batalla contra el contratismo de la entonces paraestatal, desapareció junto con más de 30 integrantes de la Sección 49 en mayo de ese año, sin que jamás se haya esclarecido el caso que, sencillamente, en filtraciones a la prensa, se dijo, cayeron a manos de los Zetas.

En las cúpulas del poder, Romero Deschamps sabe fintear beligerancia y retractarse a tiempo. Lo ha demostrado, por ejemplo, en septiembre de 2002, cuando se desmontó la trama del llamado Pemexgate –desvío de mil 500 millones de pesos de Pemex hacia el PRI a través del sindicato—y amagó con una huelga para “mejoras salariales” que en realidad, sólo le permitió tener monedas de cambio para construir su impunidad. El delito existió pero no hubo culpables.

No tuvo consecuencias entonces ni nunca, porque domina el juego del fuero constitucional y a partir de ello la maniobra. Fue diputado federal de 1991 a 1994, en el tiempo en que asumió la dirigencia; de ahí siguió como senador hasta el 2000, cuando regresó a ser diputado y otra vez senador en 2012.

Ese 2012, ya con fuero de senador, quiso hacer una nueva finta: en octubre de ese año, se reunió con Elba Esther Gordillo, en un fin de semana que además de asegurar sus permanencias al frente de sus respectivos sindicatos, pretendieron enviar un mensaje de unidad ante el nuevo gobierno y sus reformas en ciernes.

Elba Esther se opuso al contenido laboral que trastocaba la Reforma Educativa y fue a prisión. Romero Deschamps, entendió y se convirtió en defensor de la Reforma Energética. No tuvo problemas aunque dicha reforma haya pauperizado las condiciones del trabajo petrolero, con enorme reducción de plazas y una tremenda cesantía que destruyó la economía de amplias regiones, por ejemplo, en Campeche, Tabasco y Veracruz.

Hoy, quizás por el ánimo que prevalece en diferentes sectores de la sociedad después del 1 de julio, hay signos de la proximidad de su ocaso, con disidencias mejor articuladas y que se saben hacer escuchar. Sin embargo, se resiste a llegar a su fin y por lo pronto, con asambleas amañadas y presiones de todo tipo, como siempre, presagian la continuidad, también como siempre, de su vetusta dirigencia y de una forma de hacer política fundada en la corrupción.

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