Cartas desde México

Adriana Esthela Flores / Imagen: Proceso Foto

Tienen años enfrentando a miles de demonios a lo largo de nuestro territorio y no los vimos;  años, enfrentando la descomposición económica, política y social en casa acompañada por la creciente militarización y no los vimos. Años y años de ser menospreciados, sin caber en las agendas diplomáticas de la OEA y de ese club de amigos de la intervención militar en Venezuela llamado “Grupo de Lima”…y no los  vimos. O más bien, no quisimos hacerlo.

Hasta que de pronto, este viernes 19 de octubre, su contundente irrupción en México tras empujar la valla en la frontera con Guatemala los hizo abrir un nuevo y complicado capítulo en la historia migratoria de nuestro país: el del éxodo de hondureñas y hondureños aquejados por la violencia y la pobreza en el llamado Triángulo del Norte.

Las imágenes dejaron boquiabierta a la opinión pública internacional. Había hombres, viejitos, mujeres con niños en brazos cruzando la valla con esa desesperación de quien mete la vida dentro de una mochila y huye de casa sin certeza del futuro; hubo una toma aérea mostrando hileras e hileras de hondureñas y hondureños esperando el momento justo para atravesar otra barrera en espera de un mejor futuro sin ser violadas (como le pasa a 8 de cada 10 mujeres migrantes de Centroamérica) o ser asaltado o golpeado (como le pasa a 7 de  cada 10, según un reporte de Médicos sin Fronteras).

Para las y los activistas y  organizaciones civiles que siguen las cuestiones migratorias, el tema no es nuevo. Lo fue más bien para una opinión pública mexicana acostumbrada a hablar, a lo largo de los últimos cinco años, de la “diáspora” y el “éxodo” venezolano sin considerar, en lo más mínimo, a la población que expulsaba el (des) gobierno hondureño

Es comprensible esta agenda selectiva del dolor. Aunque Juan Orlando Hernández resultó ganador de las elecciones presidenciales en uno de los procesos más polémicos en la historia contemporánea de ese país (que motivó sendos cuestionamientos internacionales, protestas sofocadas por militares y el silencio cómplice del gobierno de Estados Unidos y del beligerante secretario general de la OEA, Luis AlMagro), la Cancillería mexicana reconoció el proceso electoral y de inmediato comenzó el diálogo con las autoridades nacionales para trabajar en una vertiente central: las medidas para garantizar la reducción del flujo migratorio hacia el norte del continente (con las implicaciones que todo esto conlleva para el gobierno mexicano).

La Cancillería no se alarmó ni por el aumento de las y los migrantes desde Honduras ni por las violaciones sistemáticas a sus derechos humanos. Tampoco alertó, como sí lo hizo oportunistamente en el caso venezolano, sobre la profunda crisis dentro de
Honduras agravada desde el golpe de estado contra Manuel Zelaya en 2009.

Tal vez le faltó a la migración hondureña ser de clase media; o tener interlocutores muy atractivos para sociedades clasistas, como Lilian Tintori o Luisa Ortega Díaz o calificarse a sí mismos como “perseguidos de la dictadura de Juan Orlando Hernández”.

El hecho es que a la Caminata del Migrante que partió el 13 de octubre desde San Pedro Sula (que ocupó el nada presumible lugar de “ciudad más violenta del mundo” de 2011 a 2014)  le quedan unos días para llegar a territorio estadunidense (cuyo gobierno, por cierto, mantiene chantajeado al de Honduras con pírricas “ayudas para la seguridad y la gobernabilidad” a cambio de mantener la base militar con la cual cercar a Nicaragua y Venezuela).

Si no logran la visa humanitaria, inevitablemente permanecerán en tierra mexica, sumándose a haitianos que desde hace años esperan, en estados del norte, conseguir un estatus que les permita vivir y trabajar como cualquier mexicano. El mismo anhelo que los dreamers en Estados Unidos. El mismo sueño que los africanos en España,  Italia, Francia y Reino Unido.

Y tal como en aquellas tierras, acostumbradas a la ideología neoliberal que despoja a las sociedades de conciencia histórica, la osadía hondureña (como bien le llamó el semanario Proceso) desatará nuestros peores demonios xenófobos, racistas y clasistas.

No podemos ser parte del juego nefasto de Donald Trump mirando hacia cómo atraer a más republicanos de cara a las elecciones de medio término el 6 de noviembre.
No. Tenemos que ser lo que muchos hemos sido: migrantes y descendientes de ellos.

Nos vemos el próximo domingo

 

PD Como siempre, poesía. “Apelación al solitario” de Rosario Castellanos

“Es necesario, a veces, encontrar compañía

Amigo, no es posible ni nacer ni morir sino con otro

Es bueno que la amistad le quite al trabajo esa cara de castigo 

y a la alegría ese aire ilícito de robo

¿Cómo podrás estar solo a la hora completa,

en que las cosas y tú hablan y hablan, hasta el amanecer?

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