Arturo Rodríguez García

A lo largo de estos días, la consulta ciudadana para presuntamente decidir el futuro del proyecto aeroportuario más importante del país, fue objeto de amplia polémica a propósito de la legalidad, la legitimidad y las ideas por las cuales debía o no someterse a la consideración popular un proyecto que está en el ámbito de facultad del titular del Ejecutivo y que implica consideraciones técnicas no políticas.

Es un momento complejo en el que el presidente electo Andrés Manuel López Obrador puede hacer lo que desee sin mucha oposición y, cuando esta toma cierto auge, la aplaca con descalificación sea válido o no, sea desproporcionado o no, el argumento crítico.

Es así por el desprestigio que llevan a cuestas sus opositores y aun los periodistas y comunicadores que lo cuestionan, con los cuáles, el presidente electo gusta batirse.

En resumen, puede hacer casi lo que desee sin demasiadas consecuencias y, si bien en esta ocasión los movimientos en la bolsa parecen sancionarlo, hay que tomar un poco de distancia para ver qué tanto se sostienen en relación a la cancelación del proyecto del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), y la consabida construcción de dos pistas en la base militar de Santa Lucía, rehabilitación del aeropuerto de Toluca y adaptación del capitalino actual.

A estas alturas, la consulta con sus deficiencias de fondo y forma está realizada, y la decisión sobre el cambio de proyecto ya está tomada, con costos para unos y otros, para todos quizás o quizás no. Falta todavía ver.

Sin embargo, más allá de esta coyuntura, sus implicaciones y formas, el asunto ha dejado una vez más la sensación de un sociedad polarizada, de inquietantes sin razones en uno y otro bando, ajena al diálogo, más próxima a la perpetuación del conflicto que al pluralismo democrático.

Aquello que el 1 de julio parecía quedar atrás revivió pues.

Cierto es que el desaseo de la multicitada consulta así como su previsible resultado –una confirmación de la propuesta original de López Obrador desde hace tiempo y hasta el primer tercio de campaña–, motivó en buena medida el cuestionamiento entre una clase política y empresarial predispuesta a descalificarlo todo.

Un ejemplo claro ocurrió con la confirmación que, entre otros jefes de Estado, anunció el futuro canciller Marcelo Ebrard, de la asistencia del venezolano Nicolás Maduro. Durante un par de días, con los expresidentes de ese partido apuntalando el reclamo de desinvitar al polémico líder venezolano, manipulando con perversidad un asunto estrictamente diplomático como un tema ideológico.

Enemigos de las libertades, responsables en censuras y represiones, Vicente Fox y Felipe Calderón, se han asumido inclusive defensores de la libertad de expresión frente a lo que acusan autoritario. Con ellos o por agenda y cuenta propia, los corifeos del conservadurismo, lo mismo que los antiguos beneficiarios de los regímenes recientes, se articulan para aprovechar todo resquicio de error. Y López Obrador se crece.

La polarización durmió desde el 1 de julio pero en octubre despertó, anticipando tiempos conflictivos, desgastes innecesarios (como la consulta) y muy poco ánimo democrático.

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