Cartas desde México

Adriana Esthela Flores / Texto e imégenes

“Nos fuimos porque no quedaba de otra. A mis papás los amenazaron de que si no pagaban 500 lempiras los iban a matar. Yo quería quedarme porque me gustaba la escuela y mi maestra me educaba bien…Pero me dio miedo por ellos y por mi hermanita”. A sus doce años, Carlos tendría que estar bajo un techo firme, divirtiéndose con algún videojuego, esperando haber cumplido la tarea para el lunes, pero no: es viernes  y está en un albergue de la Ciudad de México, a más de mil 500 kilómetros de su casa en Honduras y con la única certeza de que mañana, habrá solo una cosa segura en su vida: caminar.

Eso es lo que ha hecho desde la caravana de refugiados centroamericanos salió el 13 de octubre desde Honduras. Su madre y su padre no pensaron dos veces la oportunidad de sumarse al éxodo formado por siete mil esperanzas que poco a poco se ha ido dispersando en el camino aunque todos llevan la misma ruta: llegar a Estados Unidos o a un estado de la frontera norte de México para encontrar un empleo y, en muchos casos, dejar atrás una muerte segura.

Como le pasó al esposo de Dámaris Ortega, guatemalteca. Él fue testigo de un asesinato a principios de octubre y a partir de ese momento, su muerte estaba anunciada. “Es que en mi país la justicia no te escucha”, explica tal vez sin saber que el territorio en el que duerme tampoco escucha los reclamos de su gente. Y menos de quienes son más vulnerables, como ella, quien tuvo que dejar a sus tres hijos coDHn una hermana con la esperanza de poder garantizar la vida en otro país. Solo la vida en otro país.

Igual que Bryan, 17 años, habitante de San Pedro Sula, ciudad que de 2011 a 2014 fue considerada la más violenta del mundo. A él, una pandilla intentó reclutarlo para cometer extorsiones y secuestros en la comunidad, donde la mafia pide cuota a la población solo para garantizarle el derecho de vivir ahí. Bryan se negó y ahí también marcó su futuro. Tenía que irse.

A otros los expulsó el rechazo, como a la transexual Nelsy Montoya, quien forma parte de una comunidad de casi 200 integrantes de la Comunidad Lésbico Gay, Bisexual, Transexual, Travesti, Transgénero e Intersexual, que están en la caravana. Ella sueña con llegar a Estados Unidos y ahí estudiar Leyes para defender a quienes enfrentan discriminación por su preferencia sexual, una situación que no terminó ni aun estando en el contingente de sus compatriotas, donde ella y sus compañeras soportaron diversos tipos de acoso. “Una noche no pude dormir porque un individuo me quiso agarrar a fuerzas y tuve que salir, agarrar mis maletas y salir de noche”.

En territorio mexicano, han recorrido los estados de Chiapas, Oaxaca , Veracruz y Puebla. Al salir de Ciudad de Isla, Veracruz, cien integrantes de la caravana, entre ellos 65 niños, desaparecieron tras abordar dos autobuses, según denunció el defensor de los Derechos Humanos del Pueblo de Oaxaca, Arturo Peimbert Calvo.

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De acuerdo con reporteros que han seguido la caravana, el trato ha sido distinto en cada entidad y fue en la Ciudad de México donde recibieron la estancia más digna. El estadio Jesús Martínez Palillo, en la delegación Iztacalco, se convirtió desde el domingo pasado en una gran ciudad migrante donde más de 7 mil integrantes del éxodo centroamericano durmieron sobre cobijas, colchonetas y bolsas dentro de cinco grandes carpas. La más grande albergaba a las familias con niños. Otros eligieron montar con tablas sus propios cuartos privados. Hubo quienes no alcanzaron lugar y se quedaron en tiendas de campaña afuera del recinto deportivo.

La ciudad de refugiados demostró gestos solidarios a través de decenas de personas que acudieron a regalar ropa, comida, medicinas, carreolas, pañales, mochilas y gorras para que migrantes continuaran el camino. “Así no piensan que todos pensamos como Trump”, dijo Aída, habitante del sur de la Ciudad de México. Más de 60 organizaciones también instalaron módulos para dar atención médica, jurídica y psicológica a los vecinos centroamericanos. “Cuando te miran como extraño, como si fueras un enemigo, eso causa tristeza y enojo, mucho enojo”, explicó Cecilia Espinosa, especialista en Psicología de Emergencia.

Una ciudad llena de personas sin papeles fue también punto de atención de tratantes. Una travesti denunció que una pareja, dentro del campamento, le ofreció empleo como trabajadora doméstica a cambio de 100 pesos diarios (unos 5 dólares).

Y también otros demonios la tienen en la mira: según Xóchitil Castillo, ayudante de la caravana, el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto ha presionado a empresarios y organizaciones para que los refugiados no puedan tener el apoyo de 170 autobuses para continuar hacia el norte, el camino más peligroso de la ruta.

Sobre esto, el periodista hondureño Milton Benítez, del medio independiente El Perro Amarillo TV, denunció el doble rasero que Naciones Unidas ha mostrado en la caravana, al tratar de manera distinta al éxodo centroamericano –al que no da plenas garantías de seguridad- comparado con el de la migración venezolana, a la que gobiernos como los de Perú, Colombia y Ecuador le han facilitado accesos de transporte y tramitación de documentos para que entren a esos países de manera legal.

No es lo mismo en México. Acá, Dania tiene que avanzar entre la incertidumbre protegiendo a los ocho niños que lleva consigo: cuatro de ella, tres de su cuñada y su pequeña sobrinita. Hay niñitos que lloran a grito abierto, cansados de caminar.

No queda de otra. A las cuatro y media de la mañana del sábado 10 de noviembre -a casi una semana de estancia en la capital mexicana y sin lograr un encuentro con el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador- ya había decenas de refugiados formados afuera de la estación Ciudad Deportiva del Metro para reanudar el camino hacia el norte.

Dentro de sus mochilas, la vida: documentos, un cambio de ropa, algo de dinero para emergencias, medicinas, teléfono para estar comunicado y cobijas. También había espacio para cargar la nostalgia: Erklin cargó con un conejo de peluche al que no suelta para dormir; Óscar llevó a su perrita Lulú, a la que adoptó como compañera de viaje; Dago, un niño de cuatro años, llevaba su bolsa de plástico llena de juguetes y muchas carreolas iban adornadas con osos y corazones de peluche y hasta un perro de plástico rosa. En su mochila, Dania lleva una bolsa con medicinas que alguien le regaló y le escribió un mensaje que ella recuerda como una oración de viaje: “No temas migrante, la tierra es de todos. Camina en busca de tu sueño y escribe orgulloso tu nombre”.

PHOTO-2018-11-11-14-23-46 (1)La familia de Dania iba emocionada en el Metro capitalino. Era la primera vez que subían a un transporte así. Le siguieron hasta el Metro Cuatro Caminos, de allí pidieron aventón hasta llegar a la caseta México-Querétaro, subieron a un autobús que una empresa privada facilitó  para llegar a la caseta de Palmillas y de ahí caminaron rumbo al Estadio Corregidora, en la capital de Querétaro. Otros, como David, subieron a la plataforma de un tráiler y recorrieron así, protegidos solo por su equilibrio y su esperanza, el camino hasta el siguiente punto de la ruta. En la carretera, hubo decenas de automovilistas que les sonaban el claxon y les decían adiós y trabajadores de la construcción les mostraban su pulgar en alto en símbolo de solidaridad.

Aun les faltan más de 2 mil kilómetros para llegar a la ciudad norteña de Tijuana, Baja California. Tienen dos rutas: para entrar a Estados Unidos: Tijuana y Monterrey, aunque algunos quieren llegar por Tamaulipas, la más corta y la más peligrosa porque ahí operan los cárteles del Golfo y los Zetas, éstos últimos autores de la matanza de los 72 migrantes de San Fernando en 2011.

Sobre esta caravana pesa la orden del presidente estadunidense, Donald Trump, de prohibir las solicitudes de asilo durante 90 días para quienes entren sin documentos al país, el peligro del crimen organizado y la xenofobia. Pero esto no frena ni a Dania ni a sus compañeros: “Con todo lo que estamos haciendo mostramos el sacrificio que estamos dispuestos a hacer con tal de trabajar”.

La tierra es de todos.

Nos vemos el próximo domingo, con café y cigarrito.

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