Arturo Rodríguez García

Los primeros días de 2012, un mensaje apelaba al estímulo motivacional, era proclama contra el desánimo, admisión implícita de la derrota histórica –en un país de pobres, desaparecidos, muertos y cuerpos humanos desmembrados– que intentaba sobreponerse –importada de la pasión futbolística– a base de mensajes televisivos y en toda publicidad oficial: ¿si se puede o no se puede?

Las respuestas se daban en la imagen del desaliño clasemediero que declaraba: hay pobres pero gran fuerza de trabajo; los estudiantes califican por debajo de otros países pero hay mexicanos premios Nobel; perdemos en penales pero somos campeones olímpicos; construimos una de las ciudades más grandes del mundo sobre el agua. Entonces, decía el actor, “sí se puede”.

Un segundo spot, presentaba a practicantes de parkour, acróbatas que superaban cualquier obstáculo urbano en traje impecable, como representación de una clase gobernante que llegaba para “Mover a México”.

Notable la renuncia al enredo conceptual, sin asideros en teoría del Estado, sin referentes históricos, consabida ignorancia desde el enredo en Guadalajara sobre tres libros imposibles de citar. Y, sin embargo, ya en el discurso, reeditaba la jerigonza de legitimación, daba formalidad a la vida pública en traje impecable y rebosante nudo Windsor de la festiva corbata roja (verde si jugaba la Selección), retorno de la demagogia caída en desuso durante los gobiernos panistas caracterizados por su chabacanería. Era el discurso presidencial que retomaba el buen decir, pero no por amplio dominio de la palabra y sí por efecto de la lectura en pantalla disimulada: la retórica de telepromter.

Y estaban su actos, parafernalia inspirada en los sets de televisión, escenario de potentados y antiguos emisarios del autoritarismo hegemónico capaces de fundirse –como siempre, inclusive hoy—en sus formas, maneras, lenguajes, gestos, tonos. Renacían lo vocablos, palabras del pasado transmutadas en invocaciones del futuro: institucionalidad, unidad nacional, principios revolucionarios, democracia, justicia social.

Ellos y la farándula de cuerpos y rostros cultivados. Efigies de la frivolidad, voces que se acumulaban por imposición cultural en las horas, tristes, felices u orgiásticas de millones, con su técnica actoral de apuntadores y diálogos  insustanciales. Político y farándula, dos mundos de vieja proximidad que finalmente sellaban, por la vía nupcial, su alianza.

Su frivolidad fue su perdición en la percepción pública que nunca como en la mayor parte del sexenio registró menos del 20% de aprobación: presumir la mansión en una revista del corazón dio origen al reportaje que marcó al presidente y su esposa, “La casa blanca de Peña Nieto”, como también a la onerosa remodelación, opaca por cierto, de la residencia oficial. Pero la familia, hasta el último momento, mantuvo como afición constante su aparición en portadas para el lucimiento, ofensivo por lo opulento en un país de mayoría pobre, degradante para las protagonistas, inconscientes quizás, de su papel deplorable.

Cada respuesta a las crisis se daba desde el Estado de México, reducto de clientelismo exfoliador de la pobreza, nada más para el autoengaño: protestaba el magisterio y el gobierno llenaba el Zócalo con acarreados del Estado de México; dio respuesta a Ayotzinapa, en el Estado de México, donde también respondió por la casa blanca, a la descalificación de los organismos internacionales, a Nochixtlán, a las críticas por invitar a Donald Trump… En la bancarrota política y moral, Peña Nieto procuraba aplausos comprados para el consuelo, fallido intento de manipulación, como en televisión hay risas grabadas.

Enrique Peña Nieto, por fin se va. Tanto que hizo por las apariencias, y sólo para acabar en las sombras, borrado de la escena pública, con spots de anodina justificación, agradecido por una promesa de perdón, condenado a la irrelevancia y al desprecio que, paradójicamente consiguió en parte, por la fallida construcción de culto a la personalidad.

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