Por Afonso Brevedades

Una rara enfermedad en sus ojos hace que mi mejor amigo, en sus peores momentos, no pueda asomarse a la calle durante el día. Cuando los síntomas ceden a la crisis, su empleo consiste en pasar varias horas frente a la pantalla de una computadora. Su salario le permite pagar un espacio de dormir de menos de diez metros cuadrados, comer, vestir, comprarse sus medicamentos y, como no, gastarse al menos una ronda de cervezas en el centro histórico algunos sábados después de sus clases de posgrado que, haciendo malabares, también se está pagando. El cuidado de sí mismo es imprescindible, no hay seguridad social, así que toca andar en puntillas para no avivar los síntomas y tener que gastarse la colegiatura o la renta en una emergencia médica, como ha sucedido recientemente.

Como él supongo que hay miles en la misma situación. La precariedad apareció y tomó por sorpresa desde hace varias décadas a los jóvenes y no tan jóvenes. Al segundo grupo pertenezco yo, que con un posgrado y ciertas habilidades literarias he logrado mantener en pie un departamento de cincuenta metros cuadrados, cubrir mis necesidades básicas y, como no, pagar al menos una ronda algún sábado en compañía de mi mejor amigo que padece una rara enfermedad en sus ojos.

Pertenecemos a dos generaciones distintas, pero estamos en la misma franja precaria: la incertidumbre laboral. Así que hacemos cuentas, ahorramos tanto como podemos, y de pronto el craccotidiano. Me he enterado que lo mismo sucede con algunos colegas con los que estudié la universidad, aunque también es verdad que a los menos les ha tocado mejores circunstancias económicas, pero a la mayoría aún le da por colgarse del péndulo de la buena suerte y la adaptación voraz al “mercado laboral”, que diciéndolo lentamente suena a “hacer magia para poder sobrevivir”.

A botepronto, parece que el trabajo consiste en una serie de actividades humanas que nos ayuda a satisfacer ciertas necesidades básicas y, con suficiente optimismo o ingenuidad, a cumplir los sueños de cuando estudiábamos la carrera. Dentro de una empresa hay puestos de trabajo que están determinados por una jornada de horas, y lo que alguien hace durante esas horas es precisamente lo que se llama empleo, es decir, la ocupación por parte del trabajador para hacer efectiva la producción en dicho puesto de trabajo. La cosa es que el sistema económico es el encargado de generar esas horas, y esto último, según nos han dicho, no está en nuestras manos.

A uno por ir a trabajar le pagan un salario, después lo gasta —claro, en el mejor de los casos— en lo que más convenga a su vida cotidiana que puede o no estar relacionada con un proyecto futuro —aquí está el sentido político del trabajo—. La cosa es que la vida cotidiana toma la forma del salario del empleado, pues los límites aparentes están ahí: uno hace intercambios con su dinero para llegar a fin de mes más o menos en las mismas condiciones de las que partió y continuar con el ciclo aparentemente estable. Pero si alguien no puede participar de manera suficiente y segura de esta relación humana por cualquier circunstancia —y son muchos a decir de las estadísticas—, entonces la precariedad ha llamado a su puerta, y no hay escapatoria, la tumbará y se echará en el sofá más cómodo que encuentre.

Nos dieron una suerte de solución: la competitividad. “Ahí están los puestos de trabajo, como pueden ver son pocos, así que a ver quién se queda con ellos” nos dicen y ahí vamos, a pasar sobre el otro. Este es uno de los principios del mercado, que se ha colado a todos los ámbitos de la vida de las personas, desde lo económico hasta lo amoroso. Ahora quien se gana un puesto de trabajo será el único responsable en caso de que llegue a perderlo, porque ¿quién no ama lo que hace en una oficina durante más de diez horas, seis días de la semana y con plena disposición de responder los correos o las llamadas del jefe los domingos por la mañana?: “Amar el trabajo es amarse a sí mismo”, porque “esta empresa también es de ustedes”.

Guy Standing dice que somos un incipiente ejército político que poco a poco está dando con su sentido gregario, y ¡ay de aquel partido político que se quiera aprovechar del caso! Si hay razón en esta hipótesis, pues seguramente saldremos a los barrios a echar la bronca—una vez más y otra vez— con todo el poder al estilo Sidney Tarrow y nos daremos a la tarea de convertir nuestra molestar en acción política en el formato que describió Fillieule para “tomar primero las calles y después las instituciones”. Seguramente buscaremos un líder que haga de representante, porque eso de que nosotros gobernemos no será una opción, seguiremos la consigna que la APPO pintó en una de las paredes tomadas en Oaxaca en aquel ya lejano 2006: “no vamos a caer en esa provocación”.

Hay dos mercados cercanos al edifico donde tengo mi aparta-estudio, los visito al menos un par de veces por quincena: tomates, pimiento, queso, leche, tortillas y media pechuga. Fritar hoy y mañana, beber agua de limón con un poco de azúcar y hacer ejercicio. Comer poco para comer al otro día y los demás días, y no es que se padezca en muchos casos, es que así es y se normaliza el escenario que de pronto se percibe imposible de abandonar. Mientras tanto en la universidad sigo discutiendo —seguimos discutiendo— con colegas que pasan por lo mismo pero que el pudor hace que cierren puertas y ventanas: la precariedad a veces da vergüenza.

Un paseo por las causas de esta condición social devela a los responsables, y las charlas de café de glorieta terminan, invariablemente, en las víctimas que ingenuamente siguen —seguimos— buscando empleos que, por ahora, no existen. “Están así porque quieren” me dice un respetable amigo, “porque yo me metería a UBER o a repartir comida por internet, pero de hambre no me muero” agrega y supongo que tiene razón. Lo que quizá mi amigo no sabe es que el empleo precario no tiene nada que ver con el sentido político del trabajo, y al precariado le indigna lo segundo, y mientras se organiza, por supuesto que se ha sacado la licencia de manejo y se ha endeudado con un nuevo celular para descargar la aplicación y recibir las notificaciones de envío.

Si es que somos una nueva clase social, como algunos teóricos han señalado, entonces hemos aprendido a convivir con las otras con mejor suerte monetaria. Es más, seguramente hasta le sacamos provecho y ahí vamos tirando día por día. Y quizá aquí aterricemos en forma de conclusión: nos están minando la dignidad laboral y antes de la protesta quizá sea mejor completar para la pensión. Es buena la estrategia, aunque también perversa. Con las recientes protestas estudiantiles en Bogotá, un señor al volante dijo lo siguiente a un periodista que lo vio en el atasco: “¡Es una vagancia!” externó molesto y continuó: “Yo de padre los cogía a ‘fuete’, porque yo estudié y nunca le pedí al Estado un solo centavo para mi educación”. Pero no fue todo lo que dijo, además agregó el punto exacto de la discusión: “Yo soy economista y tengo dos posgrados… ¡y manejo un taxi!”. Sí, hay que creerle cada una de sus palabras.

 

 

 

 

 

 

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