Cartas desde México

Por Adriana Esthela Flores / Imagen: Proceso Foto

El corazón del Palacio Legislativo de San Lázaro se cimbró con aquella escena: dos líderes de izquierda, el diputado Porfirio Muñoz Ledo y el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, estaban a punto de consumar una imagen con la que habían soñado doce años antes, cuando las elecciones fraudulentas de 2006 dieron por cuestionado ganador al panista Felipe Calderón: estaban a punto de encabezar la investidura de Presidencia para el primer gobierno de izquierda después del cardenismo.

Muñoz Ledo, adusto, extendió ante el Congreso la banda presidencial, esta vez sí, maquilada con hilo de oro. Esta vez, sí, la oficial, no la que se colocó aquel día de noviembre de 2006 cuando un indignado López Obrador se proclamó presidente legítimo de la Nación tras haber perdido los comicios presidenciales por una diferencia de 0.56 puntos.

Pero aquel coraje, aquella indignación, quedaron para la historia. Este sábado 1 de diciembre de 208, comenzó a escribir otra, la de la Cuarta Transformación. Y aunque es el mismo López Obrador, ahora el coraje que lo marcó como líder del movimiento opositor más fuerte del siglo en México, se convirtió en motor para empezar una serie de transformaciones en el poder público.

Y se notaron desde su discurso de investidura, al que le añadió dos frases  nuevas: “Honorable congreso, pueblo de México” y cuando habló del poder que el pueblo le otorgó, acotó “de manera democrática”.

No hubo nada que le impidiera la fiesta en San Lázaro. A su lado, un políticamente agónico Enrique Peña Nieto aplaudió su investidura, tal vez consciente de que ese liderazgo de AMLO ya le había arrebatado la Presidencia tiempo antes.

Ante más de 20 mandatarios internacionales, dejó claro su diagnóstico del país: “Lo digo con realismo y sin prejuicios ideológicos: la política económica neoliberal ha sido un desastre, una calamidad para la vida pública” y por ello propuso hacer un lado “la hipocresía neoliberal”.

Planteó poner punto final “a esta horrible historia” y empezar de nuevo, sin persecuciones. También enfatizó quiénes serán su prioridad –algo que seguramente desencadenará la guerra en el sector conservador del país, acostumbrado a creer que la pobreza es una cuestión de esfuerzo y actitud ante la vida y no fruto de la desigualdad-: “No se condenará a quienes nacen pobres a morir pobres. Todos los seres humanos tienen derecho a vivir y ser felices”; y reiteró la oferta de no volverse perpetuo en el poder, con la consulta para la revocación de mandato cada dos años: “Bajo ninguna circunstancia habré de reelegirme”.

Pero la promesa mayor llegó después, con su discurso en el Zócalo. Tras una comida con invitados nacionales e internacionales en Palacio Nacional –que será la nueva oficina de gobierno, en pleno corazón de la ciudad, donde muchos ciudadanos tienen acceso-, López Obrador rompió protocolos de seguridad y avanzó caminando, por un costado del lugar, entre la multitud que llegaba y salía y seguía llenando el corazón de Tenochitlan con el grito que le han dedicado desde el 2006: “¡Presidente, Presidente!”.

En comparación con días pasados de frío y llovizna, este sábado se caracterizó por un cielo despejado que enmarcaba la Plaza de la Constitución como una gran postal para la historia. En las grandes bocinas del evento, sonaban melodías indígenas y canciones clásicas de los mítines de izquierda: los del PRD, Morena, los del partido comunista o de las organizaciones de personas despojadas de esperanza, aquellas a quienes el sistema les quitó familiares o casas, futuro. El sonido propio de esos mítines de esquinas o salones cerrados, resonaba fuerte ahora que la izquierda ya no está en los márgenes sino en el centro del poder.

“Hemos ganado, hemos ganado el pueblo. Con el pueblo se gana, todo, sin él pueblo no se gana nada”, me dice llorando Felipe Rendón, un adulto mayor del Estado de México quien cree en AMLO desde que el sistema intentó, en abril de 2005, echarlo de la carrera presidencial a través de un juicio de desafuero.

Felipe observó cómo representantes de pueblos indígenas iniciaron un ritual de humo de copal y cuando el médico indígena se arrodilló frente al presidente para obsequiarle el bastón de mando a lo que aquel respondió con un gesto que sorprendió a todos: arrodillándose frente al hombre que hablaba llorando. Luego, el presidente le habló al pueblo ahí, desde la plaza, a pie de calle, no en mensaje por cadena nacional que caracterizaron a los seis presidentes de la era neoliberal. Y empezó con su mayor promesa: “No mentir, no robar y no traicionar al pueblo”.

Después, delineó los 100 puntos de su gobierno, entre los que resaltó atención a los pueblos indígenas de México; beca de 2400 pesos mensuales (unos 120 dólares) para 300 mil estudiantes pobres; cien universidades públicas, medicinas gratuitas, reducción de sueldos de altos funcionarios, aumento de pensiones a adultos mayores y apoyo a discapacitados pobres, créditos a la palabra, no aumentar precios de la gasolina, respetar la autonomía del Banco de México, austeridad republicana, castigo a la corrupción como delito grave,  no privatizar el agua, reuniones diarias del gabinete de seguridad, amnistía a presos políticos, respeto a la libertad de expresión, entre otros.

Los aplausos marcaron varias de las intervenciones. Aplausos y gritos a su favor. Pero el momento cúspide llegó con aquella frase que parecía declaración de principios y que sonó similar al “Yo ya no soy yo: yo soy el pueblo” del fallecido líder venezolano Hugo Chávez Frías o al “ya no soy un ser humano: soy una idea”, del dirigente brasileño Inácio Lula da Silva.

“No me dejen solo porque sin ustedes no valgo nada, o casi nada. Yo ya no me pertenezco, yo soy de ustedes, soy del pueblo de México”.

Terminó el discurso pero la música, el baile y las sonrisas continuaban. Y aquella noche del primero de diciembre de 2018 en la Ciudad de México sabía a esperanza.

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