Aníbal Feymen

  1. La crisis y los patrones de acumulación

En el año 2008 el mundo enfrentó una crisis financiera sin precedentes que inició en los Estados Unidos resultando en una severa recesión económica en todo el planeta. A partir de un comportamiento menor en el mercado de créditos inmobiliarios estadounidenses se desembocó en una crisis general de liquidez que amenazó a la totalidad del sistema financiero mundial convirtiéndose en una depresión general del modo de producción que se extendió a la economía realy al mundo entero. En efecto, ninguna otra crisis financiera desde la Gran Depresión había tenido un carácter mundial como lo tuvo la crisis financiera de los préstamos subprime.

Las hipotecas de alto riesgo, conocidas en Estados Unidos como crédito subprime, fueron un tipo especial de hipoteca, preferentemente utilizado para la adquisición de vivienda, y orientada a clientes con escasa solvencia, y por tanto con un nivel de riesgo de impago superior a la media del resto de créditos. Su tipo de interés era más elevado que en los préstamos personales, y las comisiones bancarias resultaban más gravosas. La crisis surgió cuando las entidades financieras o inversores hicieron caso omiso del enorme riesgo que representaba otorgar masivamente este tipo de créditos. En una economía globalizada, en la que los capitales financieros circulan a gran velocidad y cambian de manos con frecuencia y que ofrece productos financieros altamente sofisticados y automatizados, no todos los inversores conocen la naturaleza última de la operación contratada.

La crisis hipotecaria de 2007 se desató en el momento en que los inversores percibieron señales de alarma. La elevación progresiva de los tipos de interés por parte de la Reserva Federal, así como el incremento natural de las cuotas de esta clase de créditos hicieron aumentar la tasa de morosidad y el nivel de ejecuciones, también llamados embargos, y no sólo en las hipotecas de alto riesgo. La evidencia de que importantes entidades bancarias y grandes fondos de inversión tenían comprometidos sus activos en hipotecas de alto riesgo provocó una repentina contracción del crédito y una enorme volatilidad de los valores bursátiles, generándose una espiral de desconfianza y pánico inversionista, y una repentina caída de las bolsas de valores de todo el mundo, debido, especialmente, a la falta de liquidez. La crisis financiera-bursátil se convirtió rápidamente en crisis real, y en este caso el sistema bancario actuó como punto de contacto entre ambas esferas. En la misma medida en que los grandes bancos perdieron masivamente la capacidad de cobrar sus deudas gigantescas, las mismas que se destruyeron con la caída bursátil, comenzó el efecto dominó.

La crisis de 2008 dio muestras del agotamiento del patrón de acumulación monetarista o también denominado neoliberal. A pesar que desde su instauración, a inicio de los años ochenta, el neoliberalismo se presentó como el modelo definitivopara la estabilidad capitalista, la realidad se presentó cruenta denunciado al neoliberalismo como un patrón de acumulación que exacerbó el carácter deshumanizante, agresivo y depredador del capitalismo.

Mediante un férreo control y una política criminal de despojo sobre países con economías dependientes, el imperialismo a través de su modelo neoliberal ha incrementado exponencialmente la desigualdad social, ha provocado severos desequilibrios ecológicos que resultan en la devastación de la naturaleza y ha condenado a la miseria a millones de seres humanos quienes, paradógicamente, crean la riqueza social a través de la intensa explotación a la que es sometida su fuerza de trabajo.

Los pueblos de los países que integran América Latina han sido los principales afectados por los ajustes neoliberales que se han concretado mediante reformas estructurales, recorte al gasto social y al sector público, privatizaciones, despojo, violencia, guerra, precarización laboral y superexplotación del trabajo.

Desde luego que estas agresivas políticas de ajuste neoliberal han generado la emergencia de movimientos sociales y políticos anticapitalistas y antiimperialistas opuestos a la violencia económica y al terrorismo de Estado que ha caracterizado al capitalismo actual a través de su modelo neoliberal. Sin embargo, la represión y la criminalización con que ha respondido el Estado contra estas luchas legítimas de los pueblos en resistencia ha dejado deleznables saldos de encarcelamientos, asesinatos políticos de luchadores sociales y desapariciones forzadas. La represión y el autoritarismo como sellos de la imposición neoliberal.

Sin embargo, en un sentido distinto al de los movimientos populares anticapitalistas e independientes, también han surgido proyectos antineoliberales –aunque de ninguna manera anticapitalistas– que buscan, desde las esferas del poder, la reconversión del patrón de acumulación.

En otras ocasiones hemos insistido que la reproducción ampliada del capital no es una consecuencia de la interacción armónica entre individuos y empresas autónomas que actúan en función de una naturaleza humana que busca la satisfacción del propio interés ante el surgimiento de oportunidades de mercado, más bien los patrones de reproducciónde las relaciones sociales son siempre específicos, conflictivos y transitorios. Surgen de la explotación de los trabajadores y de la competencia por la obtención de valor en la producción y a través de la lucha competitiva entre capitales particularespor la realización y distribución del valor en circulación. Esta competencia lleva a una continua revolución en las fuerzas productivas y en la circulación de capital. Entonces, bajo esta lógica, la reproducción ampliada del capital debe lograr cierta coherencia y materialización en tiempo y espacio para que el capital se valorice a sí mismo y acumule. Pero el espacio del capital se altera permanentemente, alternando procesos productivos y buscando incesantemente nuevos mercados lo que estimula el surgimiento de obstáculos a los procesos de valorización y acumulación capitalista; obstáculos que no se pueden eliminar con el simple ajuste técnico-económico del movimiento cíclico actual. Dicho de otro modo, la restauración de la dinámica de los procesos de valorización y acumulación capitalistas obliga a modificar algunos de los parámetros claves del sistema. Así, bajo esta lógica, cuando el capitalismo se encuentra ante una crisis estructural –como lo ha sido la recesión provocada por los créditos subprime– se inaugura un periodo de transición hacia un nuevo patrón de acumulación que se encargue de resolver las contradicciones que provoca el colapso del patrón antiguo.

Entonces, bajo esta óptica, tenemos que a partir del agotamiento del patrón neoliberal, las pugnas inter-burguesas a nivel mundial se intensifican confrontando a quienes pugnan por conservar el neoliberalismo como modelo de acumulación contra quienes intentan modificarlo mediante premisas económicas diferentes. Esta pugna la podemos verificar históricamente; por ejemplo, durante la reconversión keynesiana de los años 40 y 50 del siglo XX, o en el ascenso neoliberal treinta años después.

Hechos tales como la disputa política que en los Estados Unidos sostienen los Halcones neoliberales y los proteccionistas encabezados por Donald Trump; las duras fricciones en Gran Bretaña por el Brexit; la estrategia geopolítica sino-rusa concretada en el impulso a los BRICS, o el surgimiento de los gobiernos “progresistas” en América Latina y sus sucesiones de derecha –como en Brasil– son muestra de la confrontación burguesa en comento.

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  1. Insurrecciones neoliberales en América Latina

La llegada al poder político de los denominados “gobiernos progresistas” en América Latina fue posible debido al desgaste y a la crisis de los regímenes políticos de corte neoliberal que se caracterizaron por la corrupción, el despojo, la opresión y la explotación de sus pueblos. Para el capitalismo, como modo de producción mundial, esta maniobra política tendría implicaciones estructurales en la base económica donde lo fundamental era mantener “aceptables” los precios internacionales de las materias primas y expandir los mercados internos para la elevación del consumo y, en el plano político, lograr la recomposición de la gobernabilidad perdida.

Antes del ascenso de los gobiernos “progresistas”, en muchos de los países de América del Sur la gran oligarquía imperialista se enfrentó a dos problemas fundamentales que los aparatos de Estado fueron incapaces de resolver: por un lado la imposibilidad de las castas políticas tecnocráticas neoliberales para asegurar la gobernabilidad colapsada o altamente deteriorada; y, por otra parte, el ascenso del descontento popular que se traducía en procesos organizativos de lucha que si bien fueron impotentes para lograr cambios revolucionarios, mantenían la lucha de clases en ascenso.

Así, los discursos en apariencia revolucionarios de los ascendentes gobiernos de insurrección antineoliberal anunciaron grandes transformaciones políticas, económicas, sociales y culturales que, finalmente, se enfrentaron a una serie de autosabotajes y otros artificios que contenían cualquier expresión que significara ir más allá del capitalismo. Mediante políticas asistencialistas y clientelares, así como con formas corporativas de organización social, los regímenes “progresistas” desvirtuaron, criminalizaron y subordinaron a movimientos populares radicales que expresaban su profunda convicción revolucionaria. Evidentemente, esto ha posibilitado la recomposición de las derechas tecnocráticas neoliberales y la reproducción a nivel del aparato de Estado de grandes actos de corrupción que prometieron combatir. Hoy, las partidarios de las políticas neoliberales recuperan las posiciones perdidas y consolidan las aseguradas desde tiempo atrás. Las regresiones gubernamentales en Argentina y Brasil, así como los estancamientos en Venezuela y Bolivia dan muestra de esta pugna inter-burguesa en el cono sur americano.

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III. México: AMLO y el neoliberalismo

El pasado 1 de diciembre, Andrés Manuel López Obrador rindió protesta como presidente constitucional de México en el Congreso de la Unión. Allí expresó un discurso mediante el cual decidió acometer directamente contra el neoliberalismo.

AMLO sostuvo que México ha vivido desde 1983 bajo un modelo económico neoliberal que no ha dado resultados ni siquiera a nivel cualitativo, pues la economía ha crecido un 2% en promedio anual:  “la economía neoliberal ha sido un desastre, una calamidad para la vida pública del país”, aseguró. Igualmente, responsabilizó a ese modelo económico de que el país sea un destacado importador de maíz y de que benefició la corrupción.

Desde nuestra óptica, el embate del novel presidente de México al neoliberalismo fue lo más relevante del vehemente montaje que representó la toma de posesión presidencial. Con su discurso, AMLO expresa claramente dónde se alineará nuestro país en el concierto geopolítico que construyen las potencias imperialistas y sus pugnas regionales. En este sentido, es evidente que los anteriores regímenes panistas y priistas llevaron la gobernabilidad de nuestro país a un colapso evidente y sumergieron a México en una de las más terribles crisis en la historia de nuestro país. Estas administraciones tecnocráticas-neoliberales no podían seguir sosteniéndose en el poder político sin intensificar las luchas y resistencias populares ante los proyectos de muerte, explotación y opresión. En México el consenso generado por el Estado entre la población se fisuró y, con ello, se experimentó una etapa de represión extraordinaria. La política de terrorismo de Estado con cientos de presos por motivos políticos, decenas de asesinados políticos y miles de desaparecidos se convirtió en la fórmula para mantener en control los movimientos de oposición a las políticas de despojo y a las organizaciones de lucha social bajo la mirada vigilante y coercitiva de la militarización en México.

El régimen se mostró impotente para resolver la grave crisis social y de gobierno que le asolaba y sólo una salida se hizo totalmente viable: comenzar a desmantelar las políticas propias del patrón de acumulación neoliberal y realizar la reconversión capitalista vía la consolidación de un nuevo patrón de acumulación cercano a las posiciones del Estado benefactor propio del modelo keynesiano. Y la medida implementada en México por la oligarquía imperialista funcionó; más de treinta millones de votos así lo demuestran.

Durante la jornada electoral de julio lo votantes emitieron sus sufragios no para elegir una opción netamente popular, sino para ratificar la decisión que las cúpulas oligárquicas han diseñado en un mundo confrontado entre intereses imperialistas del cual México, como país dependiente, se va alineando de acuerdo a la zonas de influencia que el imperialismo hegemoniza en sus pugnas por la repartición del mundo.

AMLO representa en México a un nuevo patrón de acumulación de capital ascendente en la escena internacional en sustitución del agotado modelo neoliberal; es por ello que sus simpatizantes lo ubican cercano a los denominados “progresismos” antineoliberales y sus adversarios como encarnación autoritaria de regímenes totalitarios. Sin embargo, lo único esclarecedor es que gracias a este nuevo régimen la burguesía ha logrado recomponer la gobernabilidad y el consenso en nuestro país.

Las medidas asistencialistas del nuevo “Estado benefactor” mexicano seguramente traerán un nuevo dinamismo a la economía nacional. Una serie de políticas cosméticas que garantizarán la estabilidad política del régimen pero que, en el fondo, no detendrá la política imperialista de subordinación, despojo y opresión que el capitalismo requiere para expandir dominación hegemónica. Por esto es que el discurso antineoliberal obradorista resulta tan relevante, y nos permite entender, a la luz del desenvolvimiento del capitalismo monopolista, qué escenario le espera a nuestro pueblo.

La esperanza de cambio y humanización que ha despertado el nuevo régimen, la promesa de “reformas profundas” dentro de los marcos impuestos por el poder económico intocado, tarde o temprano llevará a nuestro pueblo a la decepción. Pero ésta no debe representar otra cosa que una reflexión honda y crítica sobre los elementos de la dominación política e ideológica, sobre diversos tópicos de nuestra realidad como el carácter de clase del Estado y del poder político, sobre la opresión mediática, sobre la represión y la opresión, sobre el carácter parasitario y explotador de la burguesía y su poder económico, y sobre la farsa electoral que legitima el estado de cosas imperante. Así, la desilusión hacia el “progresismo” tendrá que transformarse, menesterosamente, en claridad revolucionaria que detenga de raíz la degradación a la que ha sido conducido nuestro pueblo.

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