Aníbal Feymen

Nota del autor: En esta entrega no analizaré algún tema político como semanalmente lo hago. Hoy quiero compartir en este espacio un cuento de mi autoría. Espero sea del agrado del lector.

 

PEDRO, EL DIGNO TRABAJADOR

Pedro se encontraba frente al televisor, con esa enorme barriga que le había crecido tanto por su trabajo sedentario y por las cervezas domingueras. Miraba una imagen con total desenfado, la imagen de una mujer humillada, a los pies de su amante quien, harto de ella, le despreciaba con enorme intensidad; no obstante, ella le suplicaba, imploraba que no le dejara, que haría lo que fuera para que él le siguiera amando. Un apagón terminó de golpe con esa escena de lamento conyugal. Y Pedro quedó inmóvil en el desvencijado sillón, sudaba copiosamente en esa calurosa noche. Escuchaba los ronquidos de su mujer tendida en el viejo sofá y la buscaba entre la oscuridad pero no podía distinguirla; solo un bulto; veía un bulto enorme y grotesco. Pensó Pedro en ella, en su mujer abnegada y triste, ignorante y sumisa… su esclava. Un profundo sentimiento de ira lo invadió, quería levantarse de golpe y despertarla de un chingadazo, que dejara de roncar, que se apartara de su vista… que abriera las piernas. De pronto, un horrible alarido interrumpió las ideas de violentas de Pedro. El llanto intolerable de un niño, o quizá una niña, quién sabe, había cinco chiquillos amontonados en dos catres desvencijados. ¡Cinco escuincles harapientos y malcomidos, cualquiera podría ser!

 La gorda mujer se levantó somnolienta, tropezándose con todo, en una carrera desenfrenada por mitigar el dolor de quien, triste y hacinado, berreaba sin parar. “¡Fíjate, pendeja!”protestó Pedro encolerizado por un pisotón que le propinó su apurada esposa. Los berridos no se detenían, Pedro se alteraba sin mover un solo dedo de su sillón, estaba a punto de enloquecer cuando de pronto el chamaco dejó de llorar. El silencio de nuevo…

En la oscuridad Pedro se tranquilizó. Comenzó a llenarse de recuerdos gratos, sueños futboleros donde el Cruz Azul sería campeón. ¡Cómo le hubiese gustado ser como el goleador ese al que tanto admira!, su torpe emulación llegaba los domingos en el deportivo cuando lograba correr, aunque fuera ahogándose, de la media cancha hacia adelante. Pensaba que hubiese tenido futuro. Sus sueños de triunfo deportivo se esfumaron de pronto cuando regresó la luz. En el televisor ya no había programación, en su vida ya no había motivación. Se levantó a apagar la tele y miró su casa diminuta, mugrosa, pestilente, miserable… habría que dormir mejor.

* * *

El supervisor no dejaba de vigilar ni un minuto a Pedro; lo traía en la mira. “¡Ese cabrón huevón no trabaja rápido! Detesto a esos desgraciados que cobran por no hacer nada”, se decía con odio al observar cómo Pedro era cada más lento en su desempeño laboral. El supervisor visiblemente enfadado fue a gritarle a Pedro. Lo insultó, lo denigró y el trabajador sólo acertó a bajar la cabeza y tragarse su odio. Quería voltear y golpearlo, hundir sus poderosas manos en ese rostro pálido y mórbido. Pero un temor extraordinario evitaba que se le fuera encima. Y ¿cómo podría ser de otro modo? Perdería su trabajo, quedaría en la miseria (aunque no se daba cuenta que su vida era de por sí miserable), no tendría que darle de comer a su mujer e hijos (aunque era horrible la alimentación de ellos), dejaría de ser el hombre responsable y trabajador que, según su madre, no tiene cabida en este mundo. Desde niño le enseñaron –sus padres, en la escuela primaria, etc. – que debía ser responsable, trabajador, decente, respetar a sus superiores, mostrar disposición al trabajo, ser servicial… ahora despreciaba todos esos códigos de conducta que facilitaban a sus “superiores” lacerarlo y humillarlo.

Pero bueno, finalmente se sentía agradecido por tener un trabajo, comedor y seguro social; él era afortunado, no como otros que ya ni eso tenían; así que habría que mantener su empleo a como diera lugar, “aunque tenga que ser servil” se decía Pedro recordando  cuando denunció a su amigo José con el patrón porque andaba de revoltoso. Se sentía satisfecho, había cumplido con su deber, tenía la camiseta bien puesta.

José era el modelo del contestatario, de ese que nunca está de acuerdo con nada, que se pone al tú por tú con sus superiores ¡Qué malagradecido! Todavía que el patrón le hace el favor de darle trabajo y él buscando cómo fastidiarlo. Cuando José decidió organizar un sindicato y agitaba a sus compañeros, Pedro le miraba con recelo y admiración. Nunca creyó en realidad que pudiera ganarle al patrón; pero le gustaba escucharlo, le gustaba soñar con sus palabras de un mundo mejor, de una mejora efectiva en sus ingresos… en fin, de sentirse un poco digno. Sin embargo, cuando el movimiento creció más y afinaban algunos detalles para hacer un paro, Pedro no dudó en quedar bien con sus superioresy vender el movimiento.

Los revoltosos fueron despedidos; se hizo más cruel el reglamento interior de trabajo, los nuevos trabajadores ahora firmarían contrato cada mes. ¿Cuál fue el pago que recibió Pedro? Desde luego que tiempo extra, permisos, y una que otra comidilla a cuenta de la empresa; empero, esas prebendas sólo duraron poco tiempo. Ahora la ira de sus superiores se desataba contra él, contra ese leal escudero del patrón… pero ¿por qué? ¡qué injusto era todo aquello!…

 Pedro, el buen Pedro, responsable y formal, abnegado trabajador que se aferraba con todas sus fuerzas a un empleo que le garantizaba algo de dignidad, una dignidad que costaba… 102 pesos diarios.

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