Por Antonio Reyes Pompeyo / Imagen: Proceso Foto

En 1862 Victor Hugo describió en Los miserables la tragedia de Jean Valjean, un personaje acosado por las peores condiciones y circunstancias que se ve orillado a robar unos panes para alimentar a sus pequeños sobrinos. Valjean es descubierto, enjuiciado y encarcelado. En el presidio, lejos de encontrar el entorno adecuado para sobreponerse a su miserable condición de miserable, se hunde más en ella y termina por escapar y ser perseguido por el irreductible inspector Javert.

La novela de Hugo, amén de ser la novela total, expone, en primer término y haciendo honor a su título general, la vida de esa miasma que el capitalismo fue tirando a la vera del trabajo.

Hoy, ahogados en la pobreza, calcinados con gasolina sobre un campo de alfalfa, en un país que se queja por las filas para cargar combustible, esos mismos miserables son el epicentro de nuestras afrentas más urgentes. Esas decenas de cuerpos chamuscados nos están enfrentando a la realidad que nos viene saliendo al paso y que hemos ignorado por décadas por temor a volvernos locos o mínimamente coherentes.

Tlalhuelilpan es un municipio de cagada en un estado de cagada, en un país de cagada, en un mundo de cagada, en el que nadie es mejor que el de al lado pero cada uno se satisface con la credulidad de estar en las alturas morales adecuadas.

La altura moral es la cosa mejor repartida entre los seres humanos, (parafraseando al filósofo), porque todos creen estar suficientemente bien provistos de ella.

Convenientemente, la altura moral no nos alcanza para identificar la incoherente situación en que nos encontramos todos. Si jalas la cobija del lado de los derechos la desacomodas del lado de las obligaciones; si pontificas por el veganismo descuidas el desarrollo, y si le das por el lado del humanismo ya te chingaste a los antípodas más insospechados.

La quemazón de miserables no sólo dejó el repugnante olor a grasa humana y combustible, también dejó una humareda de estupideces que entre más se discuten más nos alejan de lo que deberíamos estar preguntándonos: ¿Se puede más o ya le paramos?

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