Antonio Reyes Pompeyo / Imagen: pipa oculta entre gallinazo

El siempre bullicioso y agitado ecosistema mexicano es fuente inagotable de inspiración y fantasía; al mismo tiempo constituye, en sus personajes, una trabada alegoría de cuyas imágenes es imposible sustraerse.

Hoy, cuando el discurso ha tomado un orden específico para la sospechosa (en alguna entrega hablaré de la mexicanísima figurita del sospechosista) justificación de una guerra inminente con un enemigo incuestionable y un aparato legal bien lubricado, queda claro quién es el enemigo.

Antes era el sedicioso, después fue el guerrillero, luego el contrabandista, seguido por el narco, así, el mal siempre ha estado convenientemente bien delimitado, con él no hay ambigüedades ni zonas grises, el malo es malo, culero, matón, peligroso, pernicioso, excepcional, anómalo y hoy, el malo es el huachicolero.

Y con él va a dar resultado el negocio de la guerra y la expoliación legal, pero injusta. Este espécimen, salido de las entrañas de la pobreza y la marginación, aprendió rápidamente a servirse de lo que circulaba ahí debajo de sus terrenos: ríos de hidrocarburos disponibles para el tanque de la gasolinera chueca, de la empresa abusiva, de la flotilla del narco, de la coca que hay que lavar, del incauto que se cree bien vergas por comprar barato.

El huachicolero escarba al amparo de la madrugada, a la hora del lobo perfora, drena y hace pasar por suyo lo que era de otros. Huachicolero de abajo, le dice el presidente que sabe que también hay huachicoleros de arriba que lo mueven sin tocarlo desde el buque hasta los mismos incautos clientes.

En la filosofía, parada obligada en esta serie de entregas irregulares e indisciplinadas, también hay huachicoleo, pero no es propio de un personaje específico, lamentablemente, también es un crimen que ha requerido de la organización paciente y tesonuda de filósofos de arriba y filósofos de abajo.

Huachicoleo filosófico arriba y huachicoleo filosófico abajo. Humanos que escarban, generalmente al amparo de la noche y de la hora del lobo, en las obras y en las sobras de los ductos para extraer, almacenar y luego vender como suyo lo que en realidad le pertenece a otros.

El estrepitoso fárrago de citas y referencias con que se adorna la producción académica es del mismo orden maligno y criminal que el del tristemente célebre triángulo rojo. Leer un documento académico o hablar con un estudiante de filosofía es exponerse al aburrido y soberbio huachicoleo; cita tras cita, se va uno dando cuenta que en la mayoría de los casos el huachicol está también rebajado y amenaza con descomponer el motor.

Urge, en esta alegoría, apretar los tornillos para una guerra contra el robo de combustible ajeno, comprar legalmente el mínimo y aprender a andar uno mismo sobre sus pies, soberano  de sus propias pendejadas o de sus propias genialidades.

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