Arturo Rodríguez García / Imagen: Proceso Foto

Un paraíso empresarial se ha extendido desde hace unas tres décadas en  la franja fronteriza: la maquila.

A través de los años, los inversionistas –mayoritariamente extranjeros– encontraron al objeto de su explotación en la necesidad de empleo tanto en la pobreza arraigada como en las masas de los desplazados por la pobreza que llegó de lejos; tienen la estabilidad laboral garantizada por la expresión más ruin del sindicalismo corporativo; son beneficiarios de la competencia gubernamental por ofrecer las mejores condiciones para su establecimiento.

Lo lograron, primero, por la persistencia de gobernantes de distinto signo que promovieron su llegada en los años ochenta, ofreciendo exenciones fiscales, servicios gratuitos y a veces, hasta los terrenos.

Ahí, donde el estancamiento de las migraciones nacionales que no pudieron pasar la frontera alimentaron su esperanza en una oferta de trabajo con precariedad laboral y pésima remuneración, se sumaron al conjunto de mano de obra local dispuesta a todo por ganarse la vida de manera honrada, gobiernos y capitalistas aprovecharon para establecer el imperio de un nuevo modelo de esclavitud.

Prestos, los históricos corporativos sindicales, particularmente la CTM, acapararon los contratos colectivos, contribuyeron convirtiéndose en “asesores”, figura esta que evitó la sindicalización libre pero manteniendo el reclamo de cuotas, a cambio de ceder derechos laborales fundamentales cuya defensa se supondría su razón de ser.

En conjunto, la amalgama de abominaciones que es la maquila, ha utilizado el chantaje para mantener las condiciones de opresión: todo movimiento, paro, reclamo, o inclusive, un atisbo de inconformidad, es descalificado en la opinión pública con el argumento de “preservar la fuente de empleo”. Porque si de algo hay experiencias es de su desaparición, la extinción que de esa actividad fabril muchas veces establecida para lo temporal, que desaparece en el “paro técnico” o el supuesto asueto por “mantenimiento”, sin cumplir con obligaciones por extinción laboral. Son la expresión más descarnada de aquello que se ha dado en llamar “capitales golondrinos”.

Pagar poco y producir más es el objetivo empresarial. No hay retribución ni siquiera comunitaria que, ahí donde las naves industriales se extienden como una mancha sobre las desérticas tierras del norte, el desarrollo no se expresa en los servicios básicos. Son ciudades en las que prevalece la brecha sin pavimentar entre los caseríos de la escases, para los que otros chantajes como el clientelista político electoral, condicionan la regularidad de la luz, el agua o el drenaje.

Sin proponérselo, el gobierno que inicia, autonombrado “de la Cuarta Transformación”, puso en la maquila el detonante del estallido obrero, con un movimiento laboral que en el último reducto del país, Matamoros Tamaulipas, paraliza operaciones y mantiene en vilo la vieja complicidad del poder político, económico y de la representación como pocas veces se ha visto en la franja fronteriza.

Al menos 45 maquiladoras podrían irse a la huelga hoy, pues los patrones se han negado a acatar una disposición federal, oferta de campaña impuesta ya por decreto, que consiste en aumentar no lo justo pero si un poco más de lo que había, el salario mínimo fronterizo.

Lo que en Matamoros ha iniciado ya provocó procesos reflexivos en otras ciudades fronterizas donde la experiencia de la explotación laboral maquiladora acumula los mismos agravios, aunque no necesariamente la negativa patronal a cumplir con el nuevo rango salarial, que no puede condenarse a la invisibilidad nacional porque, ahí donde la impunidad campea, la suma de intereses de los poderosos locales, tiene por riesgo que se ponga en marcha un proceso represivo.

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