Por Antonio Reyes Pompeyo

La precocidad puede ser una cualidad que, bien empleada, nos advierte de la aparición de un genio o de una figura a la que la posteridad le rendirá culto.

Asomarnos a los anales del pasado es con frecuencia un delicioso engaño en el que los buenos siempre fueron buenos, los malos siempre negros y los genios siempre relumbraron gloriosamente; la ausencia de matices puede confundir a los más despistados y diferir, de quien encandila con tres o cuatro pases mágicos, se vuelve una tarea imposible o un pecado al seno de la grey.

Así es la comunidad: monumental, repentina, errónea, incuestionable, intempestiva. Hinchada de sí misma en cada una de sus partes, le queman los dedos frente a la pantalla, encima de la red social y su perenne invitación a decir qué piensas (¿qué, piensas?) y a indicar qué está pasando aunque todo pase y todo quede y al final no haya pasado nada.

“Opinología de ocasión invita”

Y la andanada de opiniones revienta el ciberespacio; nubes de metadatos configurando la miseria racional, la pobreza argumentativa. La falta del sonrojo que detiene al pendejo a decir pendejadas; vergüenza, le dicen los desterrados.

Opinar es la prerrogativa del plan de datos en la telefonía móvil; pero habría que hacerlo a partir del mediodía, después de un minuto de silencio y de recogimiento, sin precocidad, la otra precocidad, esa que hace al opinador echar las palabras antes de hablar.

 

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