Opinología para precoces

Por Antonio Reyes Pompeyo

La precocidad puede ser una cualidad que, bien empleada, nos advierte de la aparición de un genio o de una figura a la que la posteridad le rendirá culto.

Asomarnos a los anales del pasado es con frecuencia un delicioso engaño en el que los buenos siempre fueron buenos, los malos siempre negros y los genios siempre relumbraron gloriosamente; la ausencia de matices puede confundir a los más despistados y diferir, de quien encandila con tres o cuatro pases mágicos, se vuelve una tarea imposible o un pecado al seno de la grey.

Así es la comunidad: monumental, repentina, errónea, incuestionable, intempestiva. Hinchada de sí misma en cada una de sus partes, le queman los dedos frente a la pantalla, encima de la red social y su perenne invitación a decir qué piensas (¿qué, piensas?) y a indicar qué está pasando aunque todo pase y todo quede y al final no haya pasado nada.

“Opinología de ocasión invita”

Y la andanada de opiniones revienta el ciberespacio; nubes de metadatos configurando la miseria racional, la pobreza argumentativa. La falta del sonrojo que detiene al pendejo a decir pendejadas; vergüenza, le dicen los desterrados.

Opinar es la prerrogativa del plan de datos en la telefonía móvil; pero habría que hacerlo a partir del mediodía, después de un minuto de silencio y de recogimiento, sin precocidad, la otra precocidad, esa que hace al opinador echar las palabras antes de hablar.

 

Autor: Arturo Rodriguez García

Creador del proyecto Notas Sin Pauta. Es además, reportero en el Semanario Proceso; realiza cápsulas de opinión en Grupo Fórmula y es podcaster en Convoy Network. Autor de los libros NL. Los traficantes del poder (Oficio EdicionEs. 2009), El regreso autoritario del PRI (Grigalbo. 2015) y Ecos del 68 (Proceso Ediciones. 2018).