Por Aníbal Feymen

Hace una semana se conmemoró el 128 aniversario del natalicio del militante comunista italiano Antonio Gramsci y no quise dejar de escribir sobre una parte fundamental de su importante obra teórica que, a pesar de los años, mantiene una enorme vigencia: el concepto de  Hegemonía.

La obra de Antonio Gramsci, considerado como uno de los pensadores marxistas más importantes del siglo XX, es fundamental para entender el concepto de hegemonía en sus múltiples determinaciones. El desarrollo del concepto que realiza el marxista italiano está influido por dos acontecimientos históricos fundamentales: la experiencia del consejismo obrero durante el Biennio rosso  y el surgimiento del fascismo.

Su reflexión parte de la acción política comunista fundamental que debe desarrollar el partido revolucionario de corte leninista –o, según los términos de Gramsci, el príncipe moderno  en clara alusión a la influyente obra de Maquiavelo–: la búsqueda de la formación de una nueva voluntad colectiva popular-nacional  que garantice la hegemonía del proletariado (hegemonía como dirección político ideológica).

Ya en su trascendental obra escrita en las mazmorras fascistas, los Cuadernos de la Cárcel, Gramsci amplía el concepto al estudiarlo como un problema indisolublemente ligado a la dominación de clase, abarcando con ello el fenómeno de la dominación política en general (hegemonía como dominación política). Con esta nueva reflexión, el revolucionario italiano supera cualitativamente su noción referida exclusivamente al proletariado en sus tareas de dirigir políticamente a las clases subordinadas en torno a un proceso revolucionario. De allí que concluya que la supremacía social se manifiesta de dos formas: como dominio  y como dirección moral e intelectual de la sociedad. Así, el concepto hegemonía está íntimamente ligado a la función dirigente como la capacidad que tiene una clase social, que pretenda ser hegemónica, de armonizar sus intereses y aspiraciones con los intereses y aspiraciones de los otros grupos y clases sociales.

“La hegemonía –dice Gramsci– presupone indudablemente que se tienen en cuenta los intereses y las tendencias de los grupos sobre los cuales se ejerce la dominación, que se forme un cierto equilibrio de compromisos, es decir, que el grupo dirigente haga sacrificios de orden económico-corporativo, pero es también indudable que tales sacrificios y tal compromiso no pueden concernir en lo esencial, ya que si la hegemonía es ético-política no puede dejar de ser también económica, no puede menos que estar basada en la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo rector de la actividad económica”.

El concepto hegemonía es enriquecido por Gramsci con otros dos elementos. El primero, vinculado a la función social dirigente, se refiere al consenso entendido como la capacidad de persuadir a los “dirigidos” sobre la viabilidad del proyecto histórico de la clase social que detenta el poder político y económico. El segundo es el de la dominación que se manifiesta por medio de la fuerza represiva, o sea la coerción. No está demás insistir en que para Gramsci la hegemonía funciona cuando predomina el consenso sobre la coerción. Cuando sucede lo contrario se ejerce una dictadura sin hegemonía, es decir una clase constituida en Estado pero sin hegemonía, sin capacidad de dirigir, reflexión que le dejó el ascenso del fascismo en Italia.

Para que la hegemonía exista es necesario que el bloque dominante asegure el soporte de las clases dominadas, de sectores sociales y de fuerzas sociales importantes. Tal soporte no brota sólo de la “falsa conciencia”, sino que está enraizado en la incorporación de ciertos intereses y aspiraciones del pueblo en la ideología dominante. La habilidad del bloque en el poder para conservar su hegemonía depende de su éxito de articular las luchas popular-democráticas con una ideología que sustente el poder de las clases y fracciones dominantes. En este sentido, si la clase obrera debe establecer su hegemonía contrarrestante sobre el pueblo y de esta manera aislar el bloque de poder, es esencial que ella integre las luchas popular-democráticas en un movimiento de masas conducido por un partido político que esté orgánicamente conectado con el pueblo. Y esta organización es el partido leninista llamado por Gramsci el Moderno Príncipe, el intelectual colectivo.

El concepto hegemonía en Gramsci no sólo se mantiene al nivel de análisis político; entenderlo así es limitar y parcializar su concepción. Por el contrario, alcanza su máxima expresión en el terreno de la lucha política y en su ubicación en una estrategia para la implantación de un Estado cualitativamente distinto al actual: proletario, de acuerdo con la tradición marxista. En este sentido, el concepto tiene una conexión estrecha con el de guerra de posiciones y con las funciones del partido revolucionario. En la medida en que la preocupación central de Gramsci es la revolución, le inquieta, sin sustraerse a la experiencia leninista, desarrollar la hegemonía del proletariado. Pero este desarrollo no surge por un impulso espontaneísta de las masas; su posibilidad se ubica en la formación del Príncipe Moderno, del partido, en cuanto organismo responsable de impulsar la hegemonía.

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La impronta del Biennio Rosso en Gramsci

Todas estas definiciones teóricas se vuelven esenciales para la comprensión cabal de los fenómenos políticos, económicos y sociales actuales. La originalidad y actualidad de la concepción gramsciana de la política, a través de la óptica del concepto de hegemonía, se debe en gran medida a la posición política del comunista italiano en la historia del movimiento obrero que su país vivió entre los años 1918 y 1920 del Siglo XX: el movimiento de los consejos de fábrica en Turín y la fundación del Partido Comunista Italiano.

Es durante este periodo que el pensamiento de Gramsci se ve claramente marcado por la experiencia consejista italiana y su parecido al desarrollo de los sóviets  en Rusia durante la lucha revolucionaria de este país, y le dotan de los elementos fundamentales para la realización de una teoría de la organización de las clases sociales subordinadas y, desde luego, para la reflexión sobre la hegemonía. No debemos pasar por alto que el triunfo de la Revolución Rusa y la extensión del sistema de sóviets se da en el mismo contexto en que intensifica el empobrecimiento de la clase obrera italiana y su organización en consejos de fábrica en Turín; situaciones ambas que permiten a Gramsci entender la situación objetiva de la lucha de clases del norte italiano industrializado y dedicado a la actividad metalúrgica-automotriz principalmente, donde observa que existen condiciones para una revolución proletaria análoga a la ocurrida en Rusia.

Bajo estos hechos históricos y en la lógica de Gramsci, el elemento central para que la clase obrera pueda aspirar a superar cualitativamente la explotación capitalista es desarrollar su lucha política desde el consejo de fábrica como elemento central de la organización proletaria dirigida por el partido revolucionario leninista. Y es justamente aquí donde el contenido teórico del concepto de hegemonía adquiere toda su significación; pues será el partido, el príncipe moderno, quien tendrá que expandir su ideología a todo el proletariado organizado de forma consejista logrando con ello asegurar la conducción intelectual y moral del movimiento revolucionario emergente. Así, bajo esta óptica, Gramsci y los comunistas italianos del momento fundarán el Partido Comunista Italiano con el objetivo de subvertir el orden hegemónico capitalista.

Los estudios teóricos de Gramsci no se reducen a la compresión del fenómeno de la hegemonía, sino versan sobre una serie de fenómenos sociales que vale la pena revisar para comprender la vasta riqueza intelectual del comunista italiano. Entre otros, los temas que dominan su obra escrita son la ideología, la función de los intelectuales orgánicos en el aseguramiento de la hegemonía, la filosofía de la praxis como elemento central de la emancipación humana, el bloque histórico como referente metodológico para la comprensión de la realidad, el análisis de coyuntura, etc.

Antonio Gramsci, por sus aportaciones teóricas en favor de la organización proletaria y en contra de la dominación fascista, pasó gran parte de su vida en las crueles cárceles mussolinianas; pero aún allí su mente y su convicción revolucionaria no se detuvieron y nos legaron una colosal obra teórica escrita en 32 cuadernos que ocuparon casi tres mil páginas. Estos escritos, conocidos como los Cuadernos de la Cárcel, contienen sus reflexiones y apuntes más relevantes. Estos cuadernos fueron publicados en español por dos editoriales, Era  y Juan Pablos Editor. Editorial Era los publicó en seis tomos editados por el Instituto Gramsci a cargo de Valentino Gerratana. Por su parte, Juan Pablos Editor también los publicó en seis tomos bajo los siguientes títulos: El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce (1948), Los intelectuales y la organización de la cultura (1949), Il Risorgimento (1949), Notas sobre Maquiavelo, sobre la política y sobre el Estado moderno (1949), Literatura y vida nacional (1950) y, finalmente, Pasado y Presente (1951).

Vale la pena leer y estudiar a Gramsci para una compresión integral de la realidad; particularmente en los momentos actuales en que se desarrolla una importante emergencia de lucha proletaria en el municipio de Matamoros, Tamaulipas, donde el movimiento obrero ha logrado movilizar a miles de trabajadores por la conquista de una mejora efectiva de sus condiciones económicas y laborales; movimiento huelguístico que abordaremos en una siguiente entrega.

Que este breve texto sirva como un homenaje a un marxista íntegro y comunista consecuente que nunca abandonó su compromiso con los intereses de las clases trabajadoras; un compromiso que en estos tiempos todos deberíamos emular.

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