Por Antonio Reyes Pompeyo

El fraile Guillermo de Ockham, célebre por su afición a no tener ninguna, montó una de las primeras barberías de la historia, novedosa tanto por la calidad de sus clientes como por la herramienta con la que les tusaba los pelos que les colgaban del mentón.

Por la austera silla de sus cavilaciones pasó lista a las posturas de Platón y, según sus nervios, no había más que sacar una navaja para cortar, de un tajo y llanamente, por lo más simple. Como si el mundo, su viejo y oscuro mundo, como si el nuestro, podrido y bullicioso, estuviera listo para soluciones pálidas.

Su postura era muy sencilla: legislar a favor de la más simple solución cuando esta tuviera las mismas condiciones que las otras. Ley de economía que supone una realidad insípida y sin aderezos; ley de parsimonia que el barbero de Ockham heredó al barbero del Usumacinta.

AMLO, el presidente de las soluciones simples, ha decidido adoptar la austeridad franciscana (que nunca republicana) y evitar el trabajoso empleo de la burocracia a su alcance.

Sus diagnósticos superficiales y de botepronto, cimentados en la comparsa de la opinión pública más lánguida y desprovista de esfuerzo, han dado al traste con el mismo método del navajazo a diestra y siniestra: si había organizaciones sociales abusivas, pues chíngatelas a todas, si había huachicoleros ordeñando buques, pues ciérrales todos los ductos, si había guarderías irregulares, pues ábrelas todas todas al carajo, si había programas operando en lo oscuro, pues quítalos todos de una vez.

Y así, con el principio de economía franciscana disfrazado de empatía popular, el gobernante en turno ha tasajeado en lo general lo que estaba comprometido a defender en lo particular, pasándose por las tabasqueñas partes el pasmo de la sociedad que se organizó después del temblor del 85 y un sinfín más de complejidades que Dios nos libre de estudiar porque hay prisa y porque hay que hacer de todo para que al final no pase nada.

La corrupción que el discurso pretende desterrar a golpe de mañaneras no va a desaparecer nunca mientras el verdadero dolor de huevos de nuestra sociedad, la impunidad, siga saliendo airosa en una batalla que los más desorientados están destinados a perder. Son los daños colaterales de un barbero franciscano y sus ganas de colgar el trabajo de a deveras en la hamaca de nuestro presidente.

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