Cartas desde México

Por Adriana Esthela Flores

Lleva años aquí pero no la queremos ver. Nos lastima y hiere una y otra vez y grita su presencia y nos rehusamos a ver. La violencia y la descomposición social que genera son el gran elefante rojo en la habitación que es la Ciudad de México. Un elefante que se convirtió en un monstruo. Y nos resistimos a ver.

El modismo inglés “elephant in the room” (“elefante en la habitación”) se refiere a un problema de magnitud tal que es imposible de ignorar pero los habitantes de ese lugar deciden hacerlo para no enfrentar las consecuencias de abordarlo. Con la delincuencia en la Ciudad de México ocurre algo similar.

La manera en que el crimen organizado ha tejido sus redes tanto en las calles como en oficinas gubernamentales hacen recordar el génesis de la violencia que vivimos hace poco más de once años en ciudades como Monterrey, Nuevo León, por ejemplo. Miles de muertos y desapariciones después nos propinaron una serie de heridas que siguen abiertas. Y tal parece que la sociedad de la capital mexicana, acostumbrada a ser epicentro político del país, pensó que eso le daría una suerte de protección, de ser una burbuja inmune a la expansión del lamento que el hampa iba dejando en sus vecinos Morelos, Estado de México y Guerrero.

Pero los diablos llegaron aquí y nos han tomado por asalto. Se nota en el alza en homicidios dolosos que volvieron a este 2019 el más violento en los últimos años en la ciudad. Se nota en las 20 mujeres que desaparecen a diario en la ciudad (según estimaciones de activistas y académicas de UAM, UNAM, UACM, Ibero, que están estudiando esta pesadilla); se nota en el aumento en circulación de armas y la actuación cada vez más cruel de la delincuencia que, en muchos casos, rompe las llamadas “reglas” de su actividad ilícita, al asesinar a sangre fría a usuarios de transporte público, matar por la espalda o asesinar a víctimas de secuestro por quienes ya se pagó rescate (como el caso del estudiante Norberto).

Pero uno de estos asaltos del elefante que me preocupa y corresponde, como periodista, es el de la narrativa mediática de la violencia y donde constato que no hemos aprendido del dolor experimentado en los estados.

La prensa chilanga, creo, vio cómo el terror fue creciendo en otros lugares donde perseguían, secuestraban y mataban periodistas y creyó que aquí sería el eterno refugio, la ciudad santuario contra la violencia, la urbe donde los colegas sí podíamos hablar y marchar por los crímenes contra periodistas y donde les grandes editorialistas podían hablar sin miedo sobre los Zetas, el Cártel de Sinaloa, el Jalisco Nueva Generación.

Y constato que la experiencia no fue aprendida. Que seguimos narrando como si fuéramos novelistas del narco, hablando de “disputa de plazas” cuando se trata de nuestra casa y nuestra ciudad; de enfrentamientos “entre bandas rivales” como si la muerte de uno y otro lado fuera algo merecido bajo la no escrita “ley del hampa” y como si no hubiera terceros muertos, heridos, afectados; hablamos de La Unión y la AntiUnión como si fueran pandillas y no grupos que crecieron al amparo de estructuras de poder que siguen ahí.

Y que seguimos entusiasmándonos con los relatos de personajes que se nombran “sicarios o asesinos” y enmudecemos la voz de las víctimas (acaso tal vez porque son tantas y porque todas exigen la mínima obligación del Estado para con ellas: justicia). Y que algunos colegas piensan que llegar a una muerte antes que otros medios no es ganar uns exclusiva, sino empezar el camino a ser mensajero del crimen.

Nos toca a les periodistas no solo hablar del elefante rojo (en términos no entusiastas respecto al crimen) sino prepararnos para la tormenta que se avecina, pues justo el carácter eminentemente político de la ciudad hará que los monstruos se entremezclen y el hampa se combine en varios delitos.

Y tener claro que esta ciudad generosa (la gran habitación) no es, en absoluto, una plaza.

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