Por Arantxa De Haro

Guanajuato es el único estado en el que ganó Anaya, el bastión del Yunque, profundamente conservador. Vengo de una familia en cuyas raíces se asoman antepasados cristeros, y en cuyas conversaciones de mesa se asoman los temas del “correcto comportamiento de una señorita”, de la “importancia de ir todos los domingos a misa”, y más recientemente “de lo malo que se veía que eran las sectas como las de la luz del mundo”. Aunque en mi infancia mis padres me proveían de libros y de acceso a internet, mi mundo era pequeño. Por esos golpes de suerte, terminé aprendiendo “un idioma que no sirve para nada”. El japonés fue mi pasatiempo, y ahora es mi sustento. Todo lo que sé (mucho o poco), lo aprendí en México.

Casi sin notarlo, con el paso de los años, llegaron muchos japoneses al Bajío. Letreros y señalizaciones estaban siendo adaptadas para mostrarlas en el idioma de sus nuevos residentes (no exentas de errores de traducción), como para mostrar la calidez de los mexicanos hacia los extranjeros. Se publicaba en los periódicos de la derrama económica y los miles de empleos que se iban a crear. El racismo hacia los asiáticos que se había gestado por la caída de la industria del calzado debido a la introducción del producto chino a la zona, se fue aminorando (porque hasta antes de la llegada de la industria automotriz, para la mayoría de la gente un chino y un japonés eran lo mismo). Puntualmente, en la región, nos habíamos familiarizado con el término “arancel”, pues era “lo que nos protegía contra la competencia desleal”.

Ya en mi etapa de profesionista, venía de regreso desde Japón vía Dallas. Pisé Estados Unidos justo el 7 de noviembre de 2016, justo en el cierre de campañas. Los ánimos estaban completamente caldeados, y se podía ver proyectados en las pantallas de las salas de espera la cara de Hillary Clinton, de Barack Obama y de Donald Trump dando sus últimos discursos. Me acompañaban dos muchachos francocanadienses que me hacían compañía después de conocernos en el aeropuerto de Narita. Los dos hablaban pestes de Donald Trump mientras pasábamos los filtros de seguridad de Dallas. Hablaban demasiado alto, hasta hicieron que varios viajeros europeos asintieran con la cabeza a todo lo que ellos decían. Sin embargo, yo siendo mexicana, sabía que me encontraba en desventaja. Yo intentaba no opinar nada, sonreír y acceder a lo que me dijeran los oficiales, pues justo unos momentos antes había visto como cambiaba el trato hacia mi sólo por mostrar mi pasaporte mexicano.

Meses más tarde me preguntaron en entrevista de trabajo en una empresa japonesa “¿Qué opinas del efecto Trump?”. Siendo tan complejo el tema, expresé lo que sabía y lo que estimaba que fuera a suceder con el limitado conocimiento que tenía (porque ver Stephen Colbert o Trevor Noah todo el tiempo en Youtube no te hacen docto en el tema); así mismo intenté articular lo que decía en el mejor japonés que me fue posible (el cual aún considero en “vías de desarrollo”). Aunque había una cordialidad hacia mí, se leía en el ambiente un nerviosismo de parte de los directivos, al tocar el tema. Me preguntaron acerca del TLCAN y de los posibles cambios sobre que pudiera sufrir la automotriz de ganar dicho candidato. En ese momento no creía que fuera a afectarnos tan directamente a nosotros.

La vida siguió después de eso. Algunos de mis amigos formaron parejas biculturales, se casaron y tuvieron hijos mitad mexicanos, mitad japoneses. Aparecieron festivales y celebración de la unión de las culturas. En los periódicos salían noticias que hacían notar la diferencia de cultura entre ambos y animaban a los mexicanos a “adoptar las buenas costumbres de nuestros nuevos vecinos”, como cuando después de un partido del León, quienes terminaron limpiando el estadio fueron los hinchas nipones. Fue tema de nota periodística.

El inicio de este sexenio he visto lo frágil que es el sueño japonés que se vive en esta zona. La escasez de gasolina nos obligó a pensar en el clúster automotriz, a ver alternativas de no parar nuestras líneas de producción para no detener a las armadoras, pues sabíamos que tan sólo una hora de paro tendría efectos catastróficos. Escuchábamos rumores de que plantas se habían visto obligadas a dejar de producir, y uno sudaba frío. Francamente pensé que si seguía la situación así muchos nos quedaríamos sin empleo. Afortunadamente pasó la crisis y todo pareció volver a la normalidad.

Hace sólo unos días atrás, se escuchaba con mis conocidos, amigos y colegas japoneses, la latente preocupación de la aplicación de los aranceles. Tenía algunos meses alejada de las noticias. Me preocuparon los comentarios y volví a retomar mis lecturas matutinas. Se leían varias notas. Entre la calificación otorgada a PEMEX como “bonos basura”, y de las señales de una recesión económica. El subsecuente aumento del precio de la Premium, naturalmente, las negociaciones de la cancillería mexicana con Donald Trump para evitar que se aplicaran los aranceles. En las últimas horas del viernes 7 de junio, Marcelo Ebrard y su equipo lograron detener “indefinidamente” (trago saliva) estas medidas. Una aparente victoria para la 4T queda en entredicho. Trump nos terminó agarrando la medida. Fue una negociación de rehenes y a quienes terminamos entregando fueron a los migrantes. A la par, el peso se recuperó un poquito contra el dólar, y quedamos en un estado de aparente calma. Entre nosotros de esta parte del Bajío, la palabra “arancel” también se resignificó como una amenaza.

Sin embargo, la inestabilidad persiste. Calderón anunció su propuesta de negociación de aplicarle aranceles selectivos (“imposición de medidas retaliatorias” como lo expresa la persona en cuestión) sobre ciertos productos que afecten a estados republicanos (misma estrategia que aplicó durante su sexenio y parece haber surtido efecto). Sin embargo, hay que considerar que Trump no es un “típico presidente norteamericano”. Aunque la estrategia propuesta por Calderón pudiera funcionar, tendrían que hacérseles algunas modificaciones para que se pudiera lograr una contramedida efectiva. Lo que le queda al gobierno es estar alertas. Trump ya amenazó desde su Twitter que pudiera reconsiderar aplicar dichas medidas.

En cuanto a mí, un ciudadano de a pie, no me queda más que intentar ser lo más crítico posible de la situación, y evitar polarizar el ambiente. Cada quien tiene derecho a expresar su opinión, ciertamente, pero parecen asomarse tiempos difíciles. Independientemente de nuestras afiliaciones políticas y religiosas, en estos tiempos tormentosos como mexicanos hay que permanecer unidos. Hay que ser inteligentes y prudentes. Estamos jugando una partida de ajedrez con el vecino del norte, y hay bastante en riesgo.

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